I.
La Liga tenía días libres.
No como excepción ni como error del calendario sino como política deliberada de la nueva administración: entre bloques de carreras había intervalos de uno o dos días donde la cartelera de la app no actualizaba ningún evento y los pilotos disponían de su tiempo según su criterio.
Era una diferencia real respecto a la primera temporada, donde los intervalos entre carreras existían pero no tenían ese carácter oficial de tiempo propio. Aquí la empresa era explícita: días sin cartelera. El tiempo es suyo.
Rez leyó eso en la notificación de la app el primer día libre de la temporada y lo guardó como información sobre la empresa que decía algo sobre cómo la empresa pensaba, que era diferente a cómo la empresa anterior había pensado.
Luego salió a explorar.
Home Hud tenía más de lo que se veía desde el muelle.
La isla era pequeña en términos absolutos pero tenía suficiente variedad para que explorarla tomara tiempo: además de la choza principal con sus patios y sus tiendas y sus espacios de reunión, había un gimnasio en un edificio separado que tenía todo lo que un gimnasio necesita y nada de lo que no necesita, una pista de entrenamiento corta en el extremo norte de la isla donde se podía practicar sin las condiciones de carrera oficial, y una zona de playa en el lado este donde la arena era especialmente suave y el agua llegaba a una temperatura que en esas latitudes era sorprendentemente agradable.
También había una tienda donde se podían comprar cosas básicas con los créditos de la Liga: no un supermercado sino el tipo de establecimiento que existe en las islas pequeñas donde hay lo necesario y uno aprende a valorar lo necesario.
Y había el mar. Que en Home Hud era siempre azul clarito y siempre tranquilo y siempre olía exactamente a lo que debía oler.
El primer día libre, Rez fue al gimnasio por la mañana.
Encontró a El Zipo ahí, que no era sorprendente: El Zipo en el gimnasio era El Zipo en su elemento, con esa concentración total que ponía en los movimientos que hacía y que hacía que los demás en el mismo espacio sintieran que estaban en un lugar diferente aunque estuvieran en el mismo lugar.
Roxie también estaba, en la zona de los sacos de boxeo, con una intensidad que era completamente la suya y que Rez reconoció inmediatamente como la versión de entrenamiento de la misma energía que llevaba a las carreras.
Clutch estaba en una esquina haciendo algo con su brazo protésico que parecía mantenimiento técnico más que ejercicio, con una concentración de quien hace algo que requiere precisión.
Rez usó los equipos durante un rato, luego fue a la pista de entrenamiento norte, luego al borde del mar.
Se sentó en la arena con el cuaderno.
Escribió: Días libres. La empresa los llama tiempo propio. La empresa anterior no hacía eso.
Debajo: Lo que la empresa hace con el tiempo de las personas dice algo sobre lo que piensa de las personas.
Y debajo: BaeSoft piensa que los pilotos son personas. No solo recursos.
Lo cerró y miró el mar.
II.
Leilani apareció en la playa a media mañana con sus sandalias en la mano y los pies en la arena, que era una versión de Leilani que Rez no había visto muchas veces: sin la tablet, sin el teléfono visible, sin ninguno de los instrumentos de trabajo que normalmente formaban parte de su presencia.
Solo Leilani en la playa de Home Hud con los pies en la arena.
Se sentó a su lado.
—¿Escribiendo? —dijo.
—Observando —dijo Rez.
—¿Y escribiendo lo que observas.
—Sí.
Leilani miró el mar durante un momento.
—En Escocia —dijo— también hay mar. Pero es diferente.
—¿Cómo diferente?
—Más gris. Más serio. —Una pausa—. Más honesto, quizás. Como si no intentara parecer atractivo.
—¿Y este?
—Este también es honesto —dijo Leilani—. Solo que su honestidad es diferente.
Rez miró el agua azul clarita de Home Hud.
—Cuéntame de Escocia —dijo—. De verdad. No la versión que le contaste a mi familia en la cena.
Leilani lo miró.
—¿Cuál es la diferencia?
—La versión de la cena tiene los bordes suavizados —dijo Rez—. Para que encaje con el ambiente. Lo haces siempre. No es deshonestidad, es calibración.
Leilani lo miró durante un segundo con esa expresión de quien acaba de recibir una observación precisa sobre sí mismo y está decidiendo si responder con honestidad o con evasión.
Eligió la honestidad. Que con Leilani era siempre la elección, pero a veces tardaba más en llegar.
—Escocia es verde —dijo—. Más verde de lo que la gente imagina cuando piensa en Escocia, que generalmente imagina gris y lluvia. También hay gris y lluvia pero el verde es más real. —Una pausa—. Mi familia vive en una ciudad mediana. No tan pequeña como tu pueblo pero no una ciudad grande. Mi madre trabaja en diseño. Mi padre en algo relacionado con los barcos, reparación y logística. —Otra pausa—. Son personas tranquilas. No del tipo de tranquilas que es porque no hay nada dentro, sino del tipo que tienen mucho dentro y no sienten la necesidad de mostrarlo constantemente.
—Como tú —dijo Rez.
—Supongo —dijo Leilani, como si nunca lo hubiera pensado en esos términos aunque claramente lo hubiera pensado.
—¿Te extrañan?
—Sí. —Sin pausa, directamente—. Y yo los extraño a ellos. —Una pausa más corta—. Pero hay cosas que hago mejor estando aquí de lo que las haría estando allá. Y eso no lo dice nadie en mi familia en voz alta pero todos lo entienden.
Rez asintió.
—El dinero que mencionaste una vez —dijo—. Para tu familia.
—Ya no es solo eso —dijo Leilani—. Fue parte de la razón al principio. Ahora es también las carreras. Y la isla. Y... —Se detuvo.
—¿Y?
Leilani miró el mar.
—Y otras cosas —dijo.
Rez no preguntó cuáles porque sabía cuáles y porque Leilani sabía que él sabía y porque en ese tipo de conversaciones la explicitación a veces arruina lo que la presencia ya ha dicho suficientemente claro.