Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas 2

CAPÍTULO 10: COCO TANAKA

I.

La noticia de que Rez había estado en la mansión llegó a Home Hud antes de que Rez llegara, que era lo que ocurría siempre en los lugares pequeños donde la información viajaba más rápido que las personas que la producían.

No como chisme ni como especulación: llegó porque Leilani lo supo cuando Rez le escribió de vuelta y porque Leilani era Leilani, que no divulgaba lo que no debía divulgarse pero que tampoco guardaba cosas que no eran suyas guardar. Los que preguntaron recibieron lo mínimo: que Rez había tenido una reunión importante. Los que no preguntaron no recibieron nada.

Beach Bro no preguntó. Pero cuando Rez llegó al muelle de Home Hud esa tarde, Beach Bro estaba ahí con esa calma de siempre y lo miró con algo en la expresión que era reconocimiento de que algo había cambiado de la manera específica en que cambian las cosas que estaban destinadas a cambiar.

—¿Bien? —dijo Beach Bro.

—Bien —dijo Rez.

Y eso fue suficiente.

Rez fue a su habitación, puso la mochila en la cama, y se sentó junto a la ventana con el cuaderno.

No escribió nada durante un rato.

Algunas conversaciones necesitan tiempo antes de convertirse en palabras escritas porque mientras todavía están en el estado de haber ocurrido recientemente son demasiado completas para reducirlas a anotaciones. El cuaderno era para las observaciones y los análisis y las notas de pista, que eran tipos de pensamiento que se beneficiaban de la escritura inmediata. Pero lo que había ocurrido esa tarde en la terraza de la mansión era de otro tipo: era el tipo de cosa que uno lleva consigo durante un tiempo antes de poder escribirla sin perder algo en el proceso.

Así que Rez lo llevó.

Y miró el mar de Home Hud por la ventana hasta que las estrellas aparecieron.

Tres días después, en una mañana sin cartelera, Rez y su madre corrieron juntos.

No en Dino Jungle ni en ninguna de las pistas oficiales de la Liga: en el circuito de práctica de Bucoco Island, que la nueva administración había construido específicamente para los entrenamientos y que tenía esa calidad de los circuitos que no son el destino sino el camino hacia él: suficientemente exigentes para que el entrenamiento sea real, suficientemente libres de las condiciones de competencia para que uno pueda explorar sin las consecuencias de la carrera oficial.

Su madre llegó con un buggy que no era ninguno de los de la flota estándar de la Liga: era un Baja Bug verde con detalles azules y toques de rojo que Rez reconoció antes de que ella llegara, antes de que bajara del vehículo, antes de que dijera nada, porque era el auto de la foto de la repisa de la cocina de su abuela con una exactitud que no era coincidencia sino deliberación.

—Es el mismo —dijo Rez.

—Es el mismo —confirmó su madre—. Lo guardé. Durante todos estos años. No sé exactamente por qué excepto que hay cosas que uno guarda porque sabe que tienen que seguir existiendo aunque uno no sepa todavía para qué.

Rez miró el buggy verde azul y rojo.

Pensó en años de mirar la foto en la repisa cada mañana al bajar las escaleras. En la cara de su madre frente a ese auto con esa sonrisa que no se fabrica para las cámaras. En la mano con el objeto que resultó ser una moneda de oro.

—¿Lista? —dijo Rez.

Su madre se puso las gafas oscuras sobre los ojos, no sobre la cabeza, que era la diferencia entre estar mirando algo y estar dispuesta a hacer algo.

—Lista —dijo.

Arrancaron.

II.

Correr junto a su madre fue diferente a todo lo que Rez había anticipado y exactamente lo que hubiera anticipado si hubiera sabido anticiparlo, que era la paradoja de las cosas que uno no puede prepararse para recibir aunque las haya esperado durante mucho tiempo.

En el circuito de práctica de Bucoco Island, sin potenciadores ni habilidades especiales ni el sistema de cartelera de la Liga observando: solo dos buggies, un rojo con rayos amarillos y un verde con azul y rojo, en una pista que tenía las curvas suficientes para ser interesante y la longitud suficiente para que la lectura importara.

Su madre conducía diferente a todos los pilotos que Rez había corrido en las dos temporadas.

No era más rápida que Leilani ni más técnica que El Zipo ni más física que Clutch. Era algo que Rez tardó varias vueltas en nombrar porque no tenía nombre exacto en el vocabulario de las carreras que había desarrollado: su madre corría como alguien que tiene una conversación con la pista en lugar de una competencia contra ella. Cada curva era respondida en lugar de atacada. Cada recta era leída en lugar de ejecutada. La diferencia era sutil pero era total: era la diferencia entre alguien que corre bien y alguien que corre en paz.

Agresivo pero calculado, había dicho el artículo del foro de la primera temporada.

Rez lo entendió ahora de manera diferente: la agresión no era contra la pista sino dentro de ella, una agresión de precisión que no necesitaba esfuerzo visible porque había sido tan completamente integrada que ya era simplemente la manera de moverse.

Rez trató de hacer lo mismo.

No lo logró completamente. Pero en algunas curvas del circuito de práctica, en algunos momentos donde la lectura y el movimiento coincidían sin el pensamiento intermedio, lo rozó.

Y en esos momentos el circuito de práctica de Bucoco Island se sentía diferente: más grande, más lleno, como si el espacio respondiera a la manera en que uno lo recorría.

Después de varias vueltas se detuvieron en la línea de práctica, los dos buggies uno al lado del otro.

Su madre se bajó.

Rez se bajó.

Se miraron con esa calma de después de las carreras que es específica de ese momento: el pulso todavía alto pero la cabeza ya transitando hacia el análisis.

—La curva tres —dijo su madre.

—¿Sí?

—La tomaste dos veces demasiado ancha. —No era crítica sino observación, del tipo que hace alguien que sabe que la diferencia entre ambas es importante—. En la curva tres el radio exterior tiene piedra suelta. Si vas por ahí pierdes tracción en la salida.



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En el texto hay: beach buggy racing, bbr2, rez

Editado: 11.09.2026

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