I.
El pueblo no tenía nombre en los mapas grandes.
Aparecía en los regionales con una letra pequeña y tímida, casi avergonzada de ocupar espacio entre las ciudades que sí importaban. Pero para quienes vivían ahí, el pueblo era el centro exacto del mundo: tenía su plaza, su mercado de los jueves, su iglesia con la campana que sonaba torcida desde el temblor del noventa y cuatro, y sus calles de adoquín color ladrillo que bajaban en pendiente hacia la playa como si el mar las estuviera jalando desde siempre.
Era un lugar donde todo el mundo conocía el nombre de todo el mundo, y también el nombre de sus perros, y el de sus perros anteriores.
Alex Thyer Crewn Velázquez tenía diez años la primera vez que sintió lo que él llamaría, muchos años después, el sabor del viento.
No lo podría explicar bien. No era exactamente un sabor. Era más bien una sensación que empezaba en el pecho, como cuando subes demasiado rápido por unas escaleras y el corazón se adelanta un paso, y luego se extendía por los brazos hasta las yemas de los dedos. Era algo que le pasaba únicamente cuando algo se movía muy rápido frente a él.
Esa tarde de octubre, dos motos de carreras habían cruzado la calle principal del pueblo en un parpadeo, levantando una nube de polvo caliente y el aullido de sus motores, y Alex se había quedado paralizado en la acera con una bolsa de pedidos en la mano y los ojos completamente abiertos, mirando el punto del horizonte donde las motos habían desaparecido.
—¿Alex? —Su amigo Juan Carlos lo sacudió del brazo. —Oye. Alex. Que se van a enfriar los tamales.
—¿Viste eso? —murmuró Alex, todavía sin mover la mirada.
—Sí, dos locos en moto. Ándale, que tu tía nos va a regañar.
Alex parpadeó. Recogió la bolsa del suelo, que había soltado sin darse cuenta, y siguió caminando. Pero algo había quedado guardado en algún lugar dentro de él, como una semilla plantada en tierra que todavía no sabe que va a crecer.
La casa de los Velázquez no era grande, pero tampoco era pequeña. Era de esas casas que con el tiempo van sumando cuartos según la familia va creciendo, así que tenía una arquitectura un poco improvisada: la cocina había sido ampliada dos veces, el corredor de la entrada tenía el techo más alto que el del resto de la casa, y había una escalera de madera que crujía en el tercer escalón siempre, sin importar con cuánto cuidado la pisaras.
Vivían ahí la abuela Consuelo, que era la madre del padre de Alex y que gobernaba la casa con una autoridad tranquila e inapelable. Vivía también la tía Marisol, hermana de la mamá de Alex, con su esposo Rodrigo y sus dos hijos: Camila de ocho años y Toño de doce, que era la persona más ruidosa que Alex había conocido en su vida. Y vivía la tía Patricia, hermana del padre, que era soltera y bordaba como nadie en el pueblo y que tenía la costumbre de hablar sola mientras trabajaba.
Los bordados eran el negocio de la familia. Manteles, servilletas, caminos de mesa, cojines, blusas regionales: la tía Patricia diseñaba, la abuela Consuelo supervisaba, la tía Marisol organizaba los pedidos, y Alex los repartía. Era su trabajo desde los nueve años, recorrer el pueblo en su bicicleta con la canasta de la parte delantera llena de paquetes envueltos en papel de china de colores.
Le gustaba repartir. Le gustaba la velocidad de bajar las cuestas, el viento contra la cara, el momento en que las ruedas de la bici dejaban casi de tocar el suelo en las bajadas más pronunciadas.
El sabor del viento, otra vez.
De su papá, Alex sabía tres cosas con certeza.
La primera: se llamaba Andriu Crewn Veen, era de New Jersey, y había sido empresario y revolucionario de tecnología automotriz. La abuela Consuelo lo decía con una mezcla de orgullo y algo más difícil de nombrar, algo parecido a la resignación de quien admira a alguien que ya no puede admirar en persona.
La segunda: había desaparecido cuando Alex era muy pequeño, tan pequeño que no guardaba ningún recuerdo concreto de él. Solo una sensación vaga, como el eco de una voz grave que le cantaba algo antes de dormir. Podía ser un sueño inventado. No lo sabía.
La tercera: su mamá decía que era un buen padre y que iban a regresar juntos.
No regresaron.
Su mamá, María Nancy Velázquez Serra, había desaparecido unos años después que su esposo. Alex tenía seis años. Guardaba de ella recuerdos más nítidos: el olor de su cabello, que era negro y largo y que siempre lo llevaba atado hacia atrás con descuido. La forma en que se reía, que era una risa un poco escandalosa para alguien que parecía tan serena. Sus gafas oscuras que nunca se ponía en los ojos sino sobre la cabeza, como si fueran una diadema. Y la promesa, repetida tantas veces que Alex ya no sabía si la recordaba de verdad o si la había construido poco a poco con los pedazos que le contaban los demás: Voy a regresar. Espérame.
La tía Marisol decía que su mamá era una mujer extraordinaria. La abuela Consuelo decía que era terquísima. La tía Patricia no decía nada, pero a veces, cuando creía que nadie la veía, miraba la foto de la repisa de la sala con una expresión que Alex no sabía leer.
La foto era lo único que tenía de ella con certeza absoluta.
Era una fotografía tomada en una playa que Alex no reconocía. Su mamá estaba de pie frente a un buggy, uno de esos autos pequeños y descubiertos de playa, verde con detalles azules y toques de rojo. Llevaba ropa casual, no deportiva, no de paseo, algo intermedio: una camiseta suelta, pantalones ligeros. Las gafas sobre la cabeza. El pelo atado. Y en una mano sostenía algo, un objeto que Alex había intentado identificar mil veces sin éxito porque la imagen estaba un poco movida en ese detalle, como si ella hubiera girado la mano justo cuando tomaron la foto.
Sonreía.
Era una sonrisa de las que no se fabrican para las fotos. Era la sonrisa de alguien que estaba exactamente donde quería estar.