Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas

CAPÍTULO 2: EL CLARO DEL BOSQUE

I.

El vivero de don Aurelio quedaba al final de la calle más larga del pueblo, donde el adoquín se terminaba y empezaba la tierra apisonada que después se convertía en camino de monte. Don Aurelio tenía setenta y tres años, vendía plantas de ornato y hierbas medicinales, y era tan sordo que podías pasar gritando frente a su puerta sin que se inmutara.

Eso lo hacía el vecino perfecto para lo que Alex tenía en mente.

El bosque detrás del vivero no era exactamente un bosque imponente. Era más bien una acumulación generosa de árboles que habían crecido sin que nadie los organizara: encinos torcidos, algunos pinos jóvenes, arbustos que se metían en el camino con descaro. Pero al fondo, después de unos doscientos metros de avanzar entre ramas bajas y raíces traidoras, el terreno se abría de repente en un claro amplio, casi circular, cubierto de pasto corto y tierra compacta.

Era, pensó Alex la primera vez que lo vio en serio, exactamente lo que necesitaba.

—Cabe perfectamente una pista básica —dijo Mable, caminando el perímetro con pasos contados y una libreta en la mano donde iba anotando cosas—. Si ponemos las curvas aquí y aquí, y la recta principal por este lado donde el terreno está más nivelado, tendríamos unos ciento veinte metros de circuito.

—¿Ciento veinte metros? —dijo Juan Carlos—. Las pistas de verdad son kilómetros.

—Las pistas de verdad tienen autos de verdad —respondió Mable sin levantar la vista—. Empezamos con lo que tenemos.

Juan Carlos no tenía respuesta para eso, así que se quedó callado y pateó una piedra.

Alex miraba el claro. Calculaba. Imaginaba.

—Está bien —dijo—. Este es el lugar.

Lo que siguió fue un proceso que Alex recordaría después con una mezcla de orgullo y vergüenza, porque en retrospectiva era bastante ridículo y bastante glorioso al mismo tiempo.

El primer mes practicaron sin auto.

Eso era lo que había: sin auto. Alex corría el perímetro del claro, tomaba las curvas marcadas con piedras que Juan Carlos había acomodado, intentaba entender con su propio cuerpo lo que significaba acelerar y frenar y calcular distancias. Mable cronometraba con el reloj de su teléfono y apuntaba todo. Juan Carlos gritaba instrucciones que había sacado de videos de internet y que no siempre tenían sentido en un contexto sin vehículo.

—¡Más cerrado en la curva! ¡El ángulo de entrada es fundamental!

—¡Juan Carlos, estoy corriendo a pie!

—¡El principio es el mismo!

No era el mismo. Pero Alex corría de todas formas, porque correr era lo único que podía hacer, y hacerlo le daba la sensación de que estaba avanzando aunque fuera en círculos literales.

Llegaban al claro tres veces por semana después del colegio, caminando los doscientos metros de monte con sus mochilas todavía al hombro porque pasaban directo desde las clases. Hacían las tareas primero, sentados en el pasto bajo el árbol más grande del claro, con los cuadernos abiertos sobre las rodillas, porque los tres habían acordado desde el principio que eso no se negociaba: las calificaciones primero. No por los maestros ni por sus familias, sino porque Alex había calculado que si bajaba el rendimiento en el colegio, su familia tendría un argumento más para cerrarle la puerta del campeonato.

Así que primero las tareas. Luego el entrenamiento.

Fue Mable quien propuso también algo que a Alex le pareció extraño al principio: estudiar las carreras de su mamá.

—Si ella era tan buena —dijo Mable una tarde, organizando sus notas con esa meticulosidad suya—, significa que hay algo que se puede aprender de cómo manejaba. Técnica, estrategia. No importa que sean videos borrosos.

Alex no respondió de inmediato.

—No hay muchos videos —dijo después.

—Los que hay.

Así que los buscaron. Reunieron todo lo que existía en internet sobre Coco Tanaka: cuatro videos de competencia, tres fotos de carrera, siete menciones en foros de fanáticos, y un artículo viejo en un sitio web casi abandonado que describía su estilo como agresivo pero calculado, como si pudiera leer la pista antes de llegar a ella.

Alex leyó esa frase tres veces.

Esa noche, en su cuarto, la miró a ella en la foto de la repisa. Las gafas sobre la cabeza. La mano con el objeto que no se podía ver bien. La sonrisa.

Agresivo pero calculado, pensó.

Guardó eso también, junto con todas las demás cosas que guardaba de ella.

II.

El tema del auto tardó más.

No era un asunto sencillo. Un buggy de segunda mano, incluso en las peores condiciones, costaba más dinero del que Alex podía juntar con lo que le pagaban por las entregas de bordados. Así que hubo un período, que duró varios meses, de estrategia financiera que Mable supervisaba con una seriedad que francamente impresionaba para ser una chica de catorce años.

Alex entregaba pedidos. Juan Carlos había empezado a ayudar a su tío los fines de semana en su puesto del mercado. Mable diseñaba flyers en la computadora de la biblioteca del colegio para ofrecerle a los vecinos del pueblo servicios de limpieza de jardines, lavado de autos, y cosas por el estilo.

Juntaban. Separaban. Contaban.

La abuela Consuelo, que tenía ojos para todo aunque no dijera nada, observaba a Alex entregarle los billetes de sus ganancias a Mable para que los guardara en la caja de lata que habían designado como fondo del proyecto. Nunca preguntó qué era el fondo del proyecto. Pero una tarde, sin ningún comentario previo ni posterior, dejó sobre la mesa de la cocina un sobre con dinero que Alex abrió mientras ella ya estaba de regreso en su sillón.

Era una cantidad considerable para los estándares de lo que habían juntado hasta entonces.

Alex se quedó parado en la cocina con el sobre en la mano, mirando la espalda de su abuela.

—Abuela—

—Ya cené —dijo ella, sin girarse, como si hubieran estado hablando de la cena—. Recoge los trastos cuando termines.




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