Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas

CAPÍTULO 3: LA FASE DE CLASIFICACIÓN

I.

Los detalles llegaron cinco días después, en otro correo igual de breve y directo que el primero.

La fase de clasificación constaba de cuatro pruebas regionales eliminatorias. No eran carreras de velocidad pura: la Liga evaluaba también manejo en condiciones variables, toma de decisiones bajo presión, y lo que el documento llamaba, con una vaguedad que Alex encontró interesante, capacidad de adaptación al entorno. No habría público televisivo. No habría transmisión oficial. Las pruebas eran semiprivadas, con asistentes de la Liga como únicos observadores autorizados.

Cada prueba se realizaría en un lugar distinto. El primero: la plaza de un pueblo costero a cuatro horas de distancia, en un circuito improvisado entre sus calles. El segundo: un terreno de tierra roja en el interior, accidentado y sin pavimento. El tercero: las afueras de una ciudad mediana, con tráfico controlado y obstáculos variables. El cuarto, la semifinal: un circuito nocturno en una pista semi-profesional a la que asistirían todos los clasificados de la región.

Al ganador de la semifinal se le garantizaba un lugar en la competencia oficial de la Liga.

Alex leyó el correo tres veces con Mable y Juan Carlos a los lados.

—Cuatro horas en camión —dijo Juan Carlos—. ¿Llevas el buggy?

—El buggy de aquí no es el que se usa en la competencia oficial —dijo Mable, que había investigado—. La Liga provee los vehículos en las pruebas clasificatorias. Son buggies estándar de la organización para que todos salgan de la misma base.

—¿Entonces toda la práctica con Rojillo—?

—No se llama Rojillo.

—¿Toda la práctica con el buggy fue para nada?

—Fue para aprender a manejar —dijo Alex—. El auto cambia. El instinto no.

Juan Carlos consideró esto.

—Muy profundo —dijo—. ¿Tú solo o con ayuda?

—Lo dije yo solo.

—Impresionante.

La primera prueba fue en un pueblo que se llamaba San Cristóbal del Mar, y que era exactamente lo que su nombre prometía: una plaza central de piedra blanca, calles que bajaban al puerto en pendiente, y el mar al fondo de todo como un telón azul que nadie había pedido pero que mejoraba cualquier escena.

Alex llegó en autobús con una mochila pequeña y el casco que le había dado el señor de la papelería, al que había puesto una calcomanía de llamas en el lateral porque Juan Carlos insistió y él terminó cediendo porque en el fondo le gustaba.

Había otros doce participantes en esa primera prueba. La mayoría eran mayores que él: jóvenes de veinte, veintiún años con cara de haber hecho esto antes, que llegaron en grupos y se conocían entre ellos y hablaban con esa soltura de quien ya tiene experiencia. Había dos o tres de su edad aproximada. Y había uno de no más de quince años, un chico delgado con el pelo largo recogido y una chaqueta demasiado grande para él que miraba a todos los demás con una expresión entre asustada y furiosa, como si no hubiera decidido todavía cuál de las dos sentir.

Alex reconoció esa expresión. Era la misma que él tenía por dentro, aunque intentara no mostrarla.

Los buggies de la Liga estaban alineados en la plaza cuando llegaron: diez vehículos idénticos, de un blanco neutro sin decoración, más modernos y más potentes que el buggy de práctica que Alex había manejado en el claro del bosque. Los miró con respeto y con algo de cautela.

Un auto diferente, pensó. Pero el instinto no cambia.

Se lo repitió como si fuera un mantra, porque lo necesitaba.

El asistente de la Liga que dirigía la prueba era una mujer joven de voz seca y eficiente que se presentó solo como Coordinadora Vega y que explicó las reglas sin rodeos: tres vueltas al circuito marcado en las calles del pueblo, que incluía cuatro curvas cerradas, dos zonas de pendiente y una recta larga frente al puerto. Clasificaban los cuatro primeros en tiempo. Sin contacto físico entre vehículos. Sin salirse de las zonas marcadas. Descalificación inmediata ante cualquier infracción.

—¿Preguntas? —dijo la Coordinadora Vega.

Nadie preguntó nada, porque en ese tipo de situaciones nadie quiere ser el que pregunta.

Alex se subió al buggy blanco de la Liga y pasó dos minutos en silencio antes de arrancar. Tocó el volante. Probó los pedales con suavidad. Escuchó el motor al encender.

Era diferente al de Rojillo. Más suave. Más rápido en la respuesta.

Bien, pensó. Más rápido está bien.

II.

La primera vuelta la usó para leer la pista.

Era algo que Esperanza, la mecánica de la playa, le había enseñado sin saberlo cuando le dijo que leía demasiado el camino y muy poco a los demás pilotos: el equilibrio era leer ambos al mismo tiempo, en paralelo, como dos conversaciones distintas que el cerebro podía sostener si uno practicaba suficiente.

La primera curva era más cerrada de lo que parecía desde fuera. La anotó mentalmente. La pendiente del puerto jalaba el auto más de lo esperado en el descenso: también anotada. La recta larga tenía un bache a dos tercios del recorrido, justo donde uno se tentaba a acelerar al máximo.

Primera vuelta: quinto lugar. Conservador. Calculado.

Segunda vuelta: aplicó lo que había leído. Entró a la primera curva con el ángulo correcto esta vez, sin perder velocidad. Anticipó la pendiente. Esquivó el bache sin bajar el ritmo. Pasó a dos pilotos que habían entrado fuerte desde el inicio y ya empezaban a cometer pequeños errores de fatiga.

Tercero.

Tercera vuelta: había un piloto delante de él que manejaba bien pero que tenía un hábito: frenaba una fracción de segundo antes de lo necesario en cada curva. Era un hábito pequeño. Innecesario. Pero en tres vueltas de circuito equivalía a tiempo acumulado.

Alex esperó la segunda curva y al entrar no frenó cuando el otro lo hizo. Calculó, apretó, giró.

Segundo.

El primero era el chico de la chaqueta grande, que resultó ser más rápido de lo que su expresión asustada-furiosa prometía.




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