I.
El barco tardó muchos días en llegar.
No era un barco pequeño. Era uno de esos cruceros de carga convertidos en transporte de lujo que la Liga usaba para mover a sus participantes desde distintos puntos del continente hasta las islas, y que tenía camarotes razonables, un comedor con horarios fijos, y una cubierta superior donde uno podía pararse a mirar el mar durante horas si tenía la inclinación.
Alex tenía la inclinación.
Pasó buena parte de la travesía en la cubierta, apoyado en la baranda con el viento contra la cara, mirando el agua que cambiaba de color según la hora del día: verde turbio cerca de la costa, azul profundo en alta mar, casi negro en las noches sin luna. Era el mar más grande que había visto en su vida, y tenía esa cualidad de las cosas verdaderamente grandes de hacerle sentir a uno pequeño de una manera que no era desagradable sino más bien honesta.
Había otros pasajeros en el barco. Algunos eran participantes del campeonato como él, aunque era difícil saberlo con certeza porque nadie llevaba ninguna identificación visible y la gente tendía a mantenerse en grupos pequeños o sola. Alex observó sin acercarse demasiado: un grupo de cuatro que jugaban cartas en el comedor con una intensidad competitiva que claramente traían de antes de embarcarse, una chica que leía en la cubierta con audífonos y una expresión que advertía claramente que no quería ser interrumpida, un hombre mayor que resultó ser el mecánico oficial de la Liga asignado al barco y que pasaba sus horas revisando documentos técnicos.
También había personal de la empresa: personas con uniformes discretos que atendían el barco y que respondían preguntas con amabilidad pero sin dar información más allá de lo necesario.
Alex intentó preguntar a uno de ellos sobre la isla.
—¿Cómo es Mystery Island?
—Hermosa —dijo el hombre del uniforme, con una sonrisa que era perfecta y completamente vacía de información adicional.
—¿Y peligrosa?
—La Liga garantiza la seguridad de todos sus participantes —dijo el hombre, con exactamente el mismo tono y exactamente la misma sonrisa.
Alex asintió y no preguntó más.
Las paradas fueron tres antes del destino final: un puerto industrial donde subieron suministros, una isla pequeña con una bahía tranquila donde el barco ancló una noche y algunos pasajeros bajaron a caminar por el muelle, y otro punto de embarque donde subieron cuatro personas más con el mismo tipo de mochila y el mismo tipo de mirada de quien llega a algo desconocido intentando parecer que no le preocupa.
En esa última parada subió también un hombre de unos cincuenta años que no parecía participante ni personal de la Liga: vestía con ropa cara y casual al mismo tiempo, llevaba gafas de sol aunque estaban en cubierta y ya había anochecido, y caminaba por el barco con la soltura de quien está en un lugar que conoce bien o en cualquier lugar del mundo, que en ciertos tipos de personas es lo mismo.
Alex lo notó porque el hombre lo miró. No fue una mirada larga ni llamativa. Fue solo un instante de contacto visual antes de que el hombre siguiera su camino hacia el interior del barco. Pero había algo en esa mirada que Alex no supo clasificar en el momento y que quedó guardada en algún lugar de su cabeza como una nota sin título.
No lo volvió a ver en el resto del viaje.
II.
Bucoco Island apareció en el horizonte una mañana temprana, cuando el sol todavía estaba bajo y pintaba el cielo de un naranja que parecía deliberado.
Alex estaba en cubierta cuando la vio surgir del agua: primero una línea oscura, luego una silueta de colinas verdes, luego el detalle gradual de sus costas, sus playas claras, sus casas de colores que se amontonaban amistosamente en las laderas mirando al mar.
Era bonita. Era más bonita de lo que el comercial había sugerido, y el comercial había sugerido bastante.
El puerto de Bucoco era activo y ordenado: barcos de pesca, embarcaciones de turismo, un muelle largo con grúas en un extremo y restaurantes de mariscos en el otro. La ciudad que subía desde el puerto era de ese tipo que crece hacia arriba por falta de espacio horizontal, con calles estrechas y casas de dos y tres pisos pintadas en colores que en cualquier otro contexto parecerían exagerados y aquí resultaban exactamente correctos.
El barco atracó con la precisión lenta de los barcos grandes. Las grúas del muelle operaban en el extremo de carga. En el lado de pasajeros, había un pequeño grupo esperando en el muelle.
Alex contó tres personas desde la cubierta mientras el barco terminaba de atracar.
Tres personas para recibir a un barco con participantes del campeonato más importante de la Liga.
Pensó en los comerciales, en las imágenes de multitudes y celebración y confeti que la publicidad prometía. Pensó en la Coordinadora Vega con su tableta seca y eficiente. Pensó en el hombre del uniforme con su sonrisa perfectamente vacía.
La Liga no es lo que anuncia ser, pensó. No con alarma. Solo como observación.
Lo guardó.
Bajó por la pasarela con su mochila al hombro y el casco bajo el brazo, porque no sabía exactamente qué traer al bajar y prefirió traer todo.
De las tres personas en el muelle, dos eran personal de la empresa: hombres jóvenes con los uniformes discretos de siempre, que se ocuparon de coordinar el desembarco de equipaje sin mirar demasiado a los pasajeros.
La tercera era una chica.
Era de su edad aproximadamente, o tal vez un poco mayor, con el cabello oscuro recogido y ropa que mezclaba lo deportivo con lo tropical: shorts de colores, una camiseta con flores, zapatillas que habían visto claramente más de una playa. Tenía tatuajes en los brazos, no muchos pero visibles, y estaba de pie con los brazos cruzados y una expresión que Alex no supo leer de inmediato.
No era hostil, exactamente. Era evaluadora. Era la expresión de alguien que mira a alguien nuevo y está calculando algo, aunque no se sabe qué.