I.
Alex no durmió bien.
No era nerviosismo exactamente, o no solo eso. Era más bien esa condición particular de la víspera de algo importante: el cuerpo sabe que mañana pasa algo y se niega a apagarse del todo, se queda en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia donde los pensamientos tienen la textura de los sueños pero la lógica del estado despierto.
Pensó en la mansión de la colina. Pensó en la frase de Leilani: más seguro. Pensó en el hombre del barco con las gafas de sol y la mirada de un segundo que no había durado nada y sin embargo no se iba. Pensó en su mamá frente al buggy verde en la foto de la repisa, con esa sonrisa que no se fabrica para las cámaras.
Se levantó antes de que sonara la alarma que había puesto.
Se duchó. Se miró en el espejo del baño pequeño del hotel: las mechas rojas en el cabello negro, los ojos que no habían dormido suficiente pero estaban despiertos de esa manera eléctrica que produce la anticipación. Se puso unos jeans azules que había comprado antes de salir del pueblo, una camisa blanca, y encima una chaqueta roja con detalles negros que había encontrado en una tienda del mercado y que combinaba con las mechas de una manera que Juan Carlos habría aprobado ruidosamente.
Guantes negros. Zapatillas blancas.
Se miró de nuevo.
No era el Alex que repartía pedidos de bordados en bicicleta por las cuestas del pueblo. Era algo diferente. No completamente diferente, porque ese Alex también estaba ahí, en la forma de pararse, en los ojos, en las manos. Pero había algo encima que era nuevo.
Rez, pensó.
Le seguía gustando.
Recogió el casco con la calcomanía de llamas, bajó las escaleras, y salió al amanecer de Bucoco Island.
II.
Leilani ya estaba en el punto de encuentro cuando Alex llegó.
Era un tramo de calle ancha que bordeaba la playa de Buccaneer Bay, despejada a esa hora de la mañana de tráfico y curiosos. Llevaba su atuendo hawaiano de flores, fresco y liviano como si la temperatura siempre fuera exactamente la correcta para él, y estaba mirando su tablet con esa concentración suya que convertía cualquier pantalla en el único objeto importante del universo.
No levantó la vista cuando Alex se acercó.
—Llegas puntual —dijo.
—Dijiste temprano.
—La mayoría interpreta temprano como diez minutos tarde. —Ahora sí levantó la vista. Lo miró un momento con esa expresión evaluadora, recorriendo el atuendo de arriba abajo—. Bien —dijo, con una neutralidad que podría ser aprobación o simplemente observación. Con Leilani era difícil saberlo.
Alex miró hacia la calle despejada. Había algo diferente esta mañana que no había estado el día anterior: una línea de meta flotante, cinta de tela blanca con negro sostenida en el aire por globos a los lados, que se mecía suavemente con la brisa del mar. Y más adelante, alineados junto a la acera como si hubieran crecido ahí durante la noche, varios buggies.
Pero uno en particular estaba separado de los demás.
Era rojo. No el rojo desgastado y café de Rojillo el buggy del claro del bosque: era un rojo limpio, brillante, con rayos de color amarillo en los laterales que captaban la luz de la mañana de una manera que hacía que el ojo fuera directo hacia él. Era más pequeño que los buggies de la clasificación, más compacto, con algo en su diseño que sugería velocidad incluso parado.
Alex lo miró.
Algo en su pecho hizo un movimiento que no era exactamente el sabor del viento pero estaba en la misma familia.
—Es tuyo —dijo Leilani, sin ceremonias—. El más básico de la flota, pero funciona. Si quieres algo mejor tendrás que ganarlo con el dinero de las carreras oficiales.
Alex no respondió. Se acercó al buggy despacio, como uno se acerca a algo que no quiere asustar aunque sea un objeto inanimado. Pasó la mano por el capó. El metal estaba tibio por el sol de la mañana.
Era familiar de una manera que no tenía explicación lógica. No era idéntico al buggy verde de la foto de su mamá, pero había algo en la proporción, en la forma general, que resonaba con esa imagen que había mirado cada mañana durante diez años.
—¿Te parece conocido? —dijo Leilani desde atrás.
Alex se giró. Ella lo miraba con una expresión que no era del todo neutral esta vez.
—Un poco —dijo Alex.
Leilani asintió despacio. No explicó nada más. Bajó la vista a su tablet.
—Las llaves —dijo, y se las extendió.
Alex las tomó.
III.
Antes de que Alex subiera al buggy, Leilani le explicó tres cosas.
La primera: el sistema de adhesión. Le explicó, con la misma voz directa y práctica de siempre, que los buggies de la Liga usaban una tecnología avanzada de vinculación entre piloto y vehículo. Que esto significaba que en caso de accidente, caída, o cualquier separación física entre el piloto y su buggy, el sistema garantizaba el retorno. El cuerpo volvía al auto. Siempre.
—¿Cómo? —preguntó Alex.
—Tecnología avanzada —dijo Leilani.
—Eso no explica el cómo.
—No, no lo explica. —Una pausa breve—. Hay cosas que son más fáciles de ver que de explicar. Ya lo verás.
Alex la miró un momento. Ella sostuvo la mirada con tranquilidad.
Guardó la pregunta sin respuesta junto a las otras que ya tenía acumuladas.
La segunda cosa: los power-ups. Le explicó que en las pistas oficiales de la Liga había puntos de recolección, burbujas de color que flotaban en el camino y que al contacto con el buggy cargaban uno de los dos espacios disponibles en el panel del vehículo. Cada espacio tenía una pantalla pequeña que mostraba el ícono del power-up cargado. Se activaban con los botones correspondientes.
—¿Qué tipo de power-ups? —preguntó Alex.
—Dependiendo de la pista, distintos. Los más comunes son el turbo, el escudo, y los misiles. —Una pausa—. Y el tuyo.
—¿El mío?