I.
La noche anterior a la primera carrera oficial, Rez no intentó dormir.
No porque no pudiera, sino porque no quería. Había algo en esa noche particular, con el mar sonando afuera y las luces del pueblo reflejándose en el agua, que merecía estar despierto. Era el tipo de noche que uno recuerda mejor si no la pasa dormido.
Se sentó en el borde de la ventana abierta con los pies colgando hacia afuera, lo cual probablemente era una mala idea desde el punto de vista de la seguridad pero era el primer piso y la caída hubiera sido de metro y medio al máximo, así que lo dejó pasar.
Pensó en la serie Easy Street. Leilani le había explicado el nombre con esa ironía suya que era tan seca que a veces tardaba uno en darse cuenta de que era ironía: Easy Street era la serie de nivel inicial, la que se corría en Buccaneer Bay, la que supuestamente estaba diseñada para que los competidores nuevos encontraran su ritmo antes de enfrentarse a las pistas más exigentes. Fácil, sugería el nombre. Para empezar.
Pero los competidores que corrían en Easy Street no eran nuevos. Eran los mismos que llevaban meses o años en la Liga, con sus buggies mejorados y sus estrategias afinadas y su conocimiento de cada curva de la pista de Buccaneer Bay como quien conoce el camino a su propia casa.
Rez era el nuevo.
Lo había sido siempre, en cada cosa que había hecho: el nuevo en la competencia del pueblo, el nuevo en las pruebas de clasificación, el nuevo en el barco, el nuevo en la isla. Había aprendido a usarlo como información en lugar de como desventaja: el nuevo observa más porque no da nada por sentado.
Miró el mar negro de la noche.
Mañana dejaría de ser el nuevo en Easy Street.
O lo intentaría.
II.
La mañana de la carrera, Buccaneer Bay era diferente.
No radicalmente diferente. Era la misma playa, las mismas casas de colores, el mismo gato naranja que ahora dormía sobre los escalones del hotel con una dedicación admirable. Pero había algo en el ambiente que había cambiado de temperatura: más gente en la calle, más movimiento cerca del circuito, algunas personas con sillas plegables instalándose en los puntos con mejor visibilidad de la pista.
Y los buggies.
Estaban alineados en la salida cuando Rez llegó: cinco vehículos además del suyo, cada uno con su piloto dentro o junto a él, cada uno con una personalidad visual que el buggy blanco estándar de la clasificación no tenía. Había uno verde con detalles dorados. Uno negro con franjas moradas. Uno amarillo brillante que casi lastimaba los ojos a la luz de la mañana.
Y al frente de la fila, en el primer puesto, el buggy de Leilani.
Era hawaiano, si es que un buggy puede ser hawaiano: flores pintadas en los laterales, colores que eran exactamente los de su ropa, con una energía visual que decía claramente que su dueña sabía exactamente quién era y no necesitaba que nadie se lo confirmara.
Leilani estaba de pie junto a él, revisando algo en su tablet con esa concentración total. Cuando Rez llegó con su buggy rojo y lo estacionó en el último puesto de la fila, el sexto, levantó la vista brevemente.
—Llegas puntual —dijo.
—Es un hábito —dijo Rez.
—Bueno. Mantenlo. —Bajó la vista a la tablet—. Las reglas de la carrera oficial son las mismas que en el tutorial más una: en la pista oficial hay contacto permitido entre vehículos dentro de ciertos límites. Sin embestidas directas a alta velocidad. El resto es competencia.
—¿Cuántas vueltas?
—Tres. Misma pista que el tutorial. —Una pausa—. Pero esta vez los otros corredores no son hologramas.
Rez miró la fila de buggies. Los pilotos dentro o junto a ellos lo miraban también, con esa variedad de expresiones que tiene la gente cuando evalúa a alguien nuevo: algunos con curiosidad, algunos con indiferencia estudiada, uno con una sonrisa que podría ser amistosa o podría ser el tipo de sonrisa que uno pone antes de aplastarte en una carrera.
Rez les devolvió la mirada con calma.
Observa, se dijo. Lee. Todavía estás en la primera vuelta.
El organizador de la carrera, un hombre bajito con un chaleco naranja de la Liga y una bandera en cada mano, los reunió a todos en la línea de salida cinco minutos antes.
Dijo las reglas. Dijo los puestos. Rez era el sexto, último, que era donde ponían siempre a los nuevos porque era la política de la Liga y porque así tenían que ganarse cada posición desde abajo.
Rez lo escuchó y asintió y no dijo nada.
El hombre del chaleco naranja levantó las banderas.
Rez subió al buggy. Puso las manos en el volante. Miró el panel: a la izquierda, el botón circular de su habilidad especial, con las pequeñas llamas moviéndose en su pantalla, listo y esperando. Dos usos. A la derecha, los dos botones circulares de power-ups, apagados todavía porque no había recogido ninguno. Y la barra de posición en el borde del panel: una línea delgada que mostraba la longitud completa de la pista de Buccaneer Bay, con seis puntos de colores representando a cada piloto. El suyo, rojo, al final.
Sintió el motor bajo las palmas.
Lee la pista. Lee a los pilotos. Lee el ambiente.
Uno, dos, tres.
Las banderas bajaron.
III.
La primera vuelta fue exactamente lo que Rez esperaba y nada de lo que esperaba al mismo tiempo.
Esperaba que los otros fueran rápidos. Lo eran. El pelotón salió con una energía compacta y ruidosa que era completamente diferente a los hologramas del tutorial y a los competidores de la clasificación: eran reales, reaccionaban en tiempo real, tenían intenciones propias que Rez no podía leer de la misma manera que leía una pista porque las intenciones humanas son más impredecibles que el asfalto.
El buggy verde con dorados salió al frente inmediatamente, con una aceleración que sugería mejoras significativas bajo el capó. El negro con franjas moradas se pegó a su izquierda como si tuviera un plan que involucraba no separarse de él. El amarillo brillante frenó un segundo tarde en la primera curva y perdió dos posiciones, maldiciendo algo que Rez no escuchó pero que su expresión al volante comunicaba perfectamente.