I.
Los días que siguieron a la primera carrera oficial tuvieron una cualidad particular que Rez tardó en identificar: eran días de observación.
No de entrenamiento, no de carreras, no de movimiento. De observación.
La Liga tenía un calendario con fechas fijas para las carreras oficiales de cada serie, y entre una y otra había intervalos de varios días que los corredores usaban según su criterio: algunos mejoraban sus buggies, algunos descansaban, algunos simplemente vivían en la isla con la despreocupación de quien ya conoce el lugar y lo ha convertido en algo parecido a un hogar.
Rez usó esos días para conocer a los demás.
No lo hizo de manera sistemática ni con un plan. Lo hizo de la manera en que siempre había aprendido las cosas más importantes: moviéndose por el lugar, estando presente, dejando que las conversaciones llegaran cuando llegaban.
Y llegaron.
La primera fue con Beach Bro.
Rez lo encontró una mañana en el taller de mecánica que quedaba al final de la calle principal de Buccaneer Bay, un galpón amplio y bien iluminado con olor permanente a aceite y metal caliente donde los corredores podían llevar sus vehículos para revisiones y ajustes. Era uno de los talleres oficiales de la Liga, gestionado por técnicos contratados, pero Beach Bro estaba ahí con tanta frecuencia y con tanta familiaridad que a veces era difícil distinguirlo del personal.
Su buggy era un Rock Stomper, enorme y robusto, de un azul turquesa que era exactamente el color del mar en los días de mucho sol, con detalles blancos que completaban la imagen de algo que había salido directamente de una playa perfecta. Era el vehículo más grande de toda la flota de corredores que Rez había visto hasta entonces, y tenía esa presencia física de las cosas que no necesitan anunciarse porque ya se anuncian solas.
Beach Bro estaba recostado contra el lateral de su Rock Stomper con los brazos cruzados y una expresión de completa y genuina paz con el universo, mirando cómo uno de los técnicos revisaba algo bajo el capó con la misma tranquilidad con que uno mira el mar desde una hamaca.
Llevaba una camisa hawaiana de colores que competía en intensidad con su propio buggy.
—Tú eres el nuevo —dijo cuando Rez entró al taller, sin moverse de su postura recostada.
—Rez —dijo Rez.
—Beach Bro. —Una pausa de la duración exacta de alguien que no tiene ninguna prisa—. Vi tu carrera. Buena habilidad esa del fuego.
—Gracias.
—¿Cómo se siente usarla?
Era la misma pregunta que Leilani le había hecho dos veces. Rez la consideró de nuevo.
—Como si la pista fuera mía —dijo.
Beach Bro asintió con la solemnidad tranquila de alguien que entiende eso sin necesitar más explicación.
—Cada quien tiene la suya —dijo—. La mía es la lluvia de balones. —Señaló con la cabeza el lateral del Rock Stomper, donde había una figura pintada que Rez no había notado antes: una pelota de playa estilizada—. Hace que los otros salgan rebotando por los aires.
—¿Funciona bien?
—Siempre. —Una sonrisa tranquila—. Aunque yo no la uso tanto como podría.
—¿Por qué no?
Beach Bro lo miró con esa expresión suya de paz con el universo.
—Porque la carrera es más divertida cuando no necesitas usarla —dijo—. La habilidad es para cuando de verdad la necesitas. El resto del tiempo prefiero correr.
Rez lo miró un momento.
—¿Y ganas?
—A veces. —Una pausa—. Ya no me obsesiona tanto ganar como antes. Ahora corro porque me gusta correr. —Miró su Rock Stomper con algo parecido al afecto—. Llevo más tiempo en esto que casi todos los que están aquí. He ganado finales. He perdido finales. —Se encogió de hombros con la facilidad de quien ha hecho las paces con ambas cosas—. ¿Sabes qué es lo mismo en los dos casos?
—¿Qué?
—Que al día siguiente el mar sigue igual de azul.
Rez no respondió de inmediato. Miró por la puerta abierta del taller hacia la calle, donde efectivamente el mar al fondo de Buccaneer Bay seguía siendo exactamente el color que había sido ayer y el día anterior.
—Tu Rock Stomper —dijo finalmente—. ¿Lo elegiste tú?
—Claro. —Beach Bro lo miró con algo entre diversión y orgullo—. ¿Qué otra cosa iba a elegir? Es grande, es estable, es azul. Es exactamente lo que soy. —Una pausa—. Tú tienes el Beach Buggy rojo.
—Es el básico. El único que tenía al llegar.
—Ya. —Beach Bro lo estudió un momento—. Pero te queda bien de todas formas. Hay corredores que tienen el mejor auto de la flota y no les queda. —Se separó del lateral del Rock Stomper y le extendió la mano—. Bienvenido a la isla, Rez.
Rez se la dio.
—Gracias —dijo.
—Si necesitas algo del taller —dijo Beach Bro, volviéndose hacia su buggy con la misma calma de siempre—, los técnicos son buenos. Y si necesitas saber dónde está el mejor punto para ver el atardecer desde la playa, también te puedo ayudar con eso.
—Lo tendré en cuenta —dijo Rez.
Y lo tuvo.
II.
El Zipo fue diferente.
Lo encontró en la plaza central de Buccaneer Bay dos días después, en un espacio abierto entre las casas donde alguien había trazado un círculo en el suelo con tiza y El Zipo estaba dentro de ese círculo haciendo algo que Rez tardó un momento en identificar como entrenamiento de lucha libre, solo, sin oponente, con una concentración total que hacía que el resto de la plaza dejara de existir para él.
Era pequeño. Rez lo había notado en la carrera, donde su buggy era un Holeshot verde oscuro y compacto que manejaba con una agilidad que compensaba con creces cualquier desventaja de tamaño, pero verlo en persona confirmaba la impresión: era bajo, delgado de la manera en que son delgados los atletas que usan cada gramo de músculo sin desperdiciar nada, y tenía una energía contenida que se sentía como algo a punto de explotar en cualquier dirección.
Llevaba una máscara.