I.
La segunda carrera de Easy Street la ganó Rez.
No de manera dramática ni por un margen que hiciera historia: fue una victoria de dos segundos sobre El Zipo, que había corrido su Holeshot verde oscuro con una agresividad controlada que mantuvo a Rez alerta durante las tres vueltas completas de Buccaneer Bay. Pero fue una victoria limpia, ganada con técnica y con la decisión correcta en el momento correcto, y cuando Rez cruzó la meta en primer lugar sintió algo que era diferente al segundo puesto de la primera carrera: era más quieto, más sólido, menos eléctrico pero más real.
El Zipo bajó de su Holeshot, se quitó el casco, y lo miró con esa expresión que la máscara permitía ver solo en los ojos.
—Bien —dijo. Una sola palabra. De El Zipo, equivalía a un discurso.
—Tú también —dijo Rez.
—La próxima no te dejo pasar tan fácil.
—No esperaba que lo hicieras.
El Zipo asintió y se fue a revisar su buggy con esa eficiencia suya de quien no desperdicia tiempo en ceremonias. Rez lo vio irse y pensó que era exactamente el tipo de rival que lo iba a hacer mejor: sin rencor, sin drama, solo competencia honesta y la promesa implícita de que la siguiente vez sería más difícil.
Lo que la Liga depositó en su cuenta de créditos después de esa victoria fue más de lo que había recibido por el segundo puesto. No mucho más, pero suficiente para notar la diferencia. Rez lo miró en la pantalla del panel del buggy con la misma atención con que había mirado sus ahorros en la caja de lata del fondo del proyecto, años atrás.
Cada posición cuenta, pensó. Cada crédito cuenta.
La tercera carrera la perdió.
No la perdió por poco. La perdió de una manera que fue instructiva en su fealdad: Disco Jimmy, que en la segunda carrera había corrido con su Grand Prix dorado de manera casi despreocupada, apareció en la tercera con una versión de sí mismo que Rez no había visto todavía y que resultó ser considerablemente más peligrosa que la versión relajada.
Era la versión de Disco Jimmy cuando la pista era Fiesta Village.
El Grand Prix dorado con sus luces laterales encendidas en el circuito colorido y musical de Fiesta Village era un espectáculo que distraía aunque uno supiera que era una distracción, y Disco Jimmy lo sabía y lo usaba con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo. Conocía cada curva, cada recta, cada punto de las burbujas de power-up con una familiaridad que hacía que el circuito pareciera una extensión de su propio cuerpo.
Rez terminó cuarto.
Cuarto, en una carrera de seis.
Salió del buggy con una expresión que no era de derrota sino de análisis, que era la única manera en que sabía procesar perder desde que había aprendido a procesar perder en las competencias del pueblo. Buscó qué había hecho mal, porque siempre había algo que había hecho mal cuando el resultado era ese.
Lo encontró: había subestimado la pista. Había entrado a Fiesta Village con la misma mentalidad de Buccaneer Bay y Fiesta Village no era Buccaneer Bay. Tenía más público, más ruido, más color, más variables que distraían la lectura del ambiente. Y tenía a Disco Jimmy, que en su pista favorita era un corredor diferente.
Esa noche, en el hotel de Fiesta Village donde se quedaron porque la carrera había terminado tarde, Rez escribió en el cuaderno que había comprado en el mercado de Bucoco Island tres observaciones sobre la pista que no quería olvidar.
Luego escribió una cuarta: No hay pista que no se pueda aprender. Solo pistas que no has aprendido todavía.
Era algo que podría haber dicho Beach Bro o podría haberlo dicho la abuela Consuelo o podría haberlo dicho él mismo, y no importaba mucho de dónde venía porque era verdad de todas formas.
II.
La cuarta carrera fue la más rara.
Ocurrió en Shark Harbor, en Bucoco Island, y fue rara no por lo que pasó en la pista sino por lo que pasó fuera de ella.
Rez estaba en séptimo puesto a mitad de la segunda vuelta, lo cual era técnicamente imposible porque solo había seis corredores, pero la sensación era esa: todo salía al revés. El Boost que recogió en la primera recta lo activó demasiado pronto y lo llevó a meterse en un ángulo malo en la curva siguiente. El Tiki Seeker que lanzó contra Beach Bro en la segunda vuelta falló porque Beach Bro activó su Basic Shield en el último segundo con esa calma suya de quien tiene los reflejos en orden aunque parezca que está en una hamaca. Y su habilidad especial, la Goma Quemada, se cargó en el panel izquierdo con su figura llenándose de color más despacio que de costumbre, o al menos así le pareció, como si la pista misma no estuviera de su lado ese día.
Terminó quinto.
Roxie Roller ganó esa carrera con su Rally Pro naranja y negro de una manera que era pura ella: agresiva, directa, sin elegancia particular pero con una efectividad que no necesitaba elegancia. Usó su habilidad especial, la Derrapada, en el momento más inesperado de la carrera, cuando iba tercera y nadie la esperaba todavía: salió de una curva, activó el poder, y los dos buggies delante de ella fueron directamente contra los rieles con una violencia que hizo que el público en las gradas emitiera ese sonido colectivo de quien ve algo impresionante y doloroso al mismo tiempo.
Los pilotos volvieron a sus autos, por supuesto. El sistema de retorno. Siempre.
Pero Roxie ya iba primera y no se movió de ahí.
Después de la carrera, mientras Rez revisaba su buggy con una expresión que él mismo reconocía como la de los días malos, Roxie se acercó y se sentó en el capó del Beach Buggy rojo con la desfachatez de quien no considera necesario pedir permiso para sentarse en el capó de alguien.
—Días así pasan —dijo.
—Lo sé.
—Lo que hiciste con el Boost fue el error del principiante. Lo demás estuvo bien dado el resultado.
—Terminé quinto.