Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas

CAPÍTULO 13: GHOST RIDE

I.

Rez no le dijo a nadie.

No porque hubiera decidido activamente no decirlo sino porque algo en el papel pequeño con la instrucción ven solo tenía el peso de una condición que no era negociable, y en este lugar Rez había aprendido que las condiciones que parecían no negociables generalmente no lo eran.

Guardó la moneda en el bolsillo del pantalón y el papel en el cuaderno junto a la carta sin firma, y pasó la tarde del día siguiente con la normalidad deliberada de alguien que no tiene planes para la noche.

Comió en uno de los restaurantes de Fiesta Village con Disco Jimmy, que estaba procesando la derrota del campeonato con música de los ochenta y una cantidad de comida que era su versión personal del duelo, y que habló durante casi toda la comida sobre estrategias para el próximo campeonato con un entusiasmo que Rez encontró admirable dado que el campeonato había terminado hacía menos de veinticuatro horas.

—El Tornado fue injusto —dijo Disco Jimmy, señalando a Rez con el tenedor.

—Era un power-up válido —dijo Rez.

—Levantar a alguien en su propia pista es... es personal, Rez.

—¿Más personal que la Fiebre del Baile que me hizo ir contra la pared tres veces?

Disco Jimmy lo consideró.

—Eso es diferente —dijo.

—¿Por qué?

—Porque la Fiebre del Baile es estilo. El Tornado es solo física.

Rez no tenía respuesta para esa distinción, que era probablemente la respuesta correcta.

Después de cenar volvió al hotel, esperó a que el sol bajara del todo, se puso una chaqueta porque las noches de Mystery Island tenían un frío diferente al del día, agarró el casco, y salió.

El camino a Spooky Shores desde Fiesta Village era corto pero cambiaba de carácter rápidamente: las calles coloridas del puerto terminaban en un punto donde el pavimento se volvía más irregular y las casas se espaciaban y la música que era el fondo constante de Fiesta Village se iba apagando, no de golpe sino gradualmente, como una canción que termina sin que uno note exactamente cuándo terminó.

Y luego estaba Spooky Shores.

De noche era diferente a como era de día, que de día ya era suficientemente diferente a cualquier otra cosa. De noche la neblina tenía más presencia, más densidad, más voluntad propia, y las casas abandonadas tenían esa calidad de los lugares donde nadie vive pero que no están del todo vacíos.

Rez lo notó cuando entró al pueblo y lo notó de una manera que no era miedo exactamente sino algo más parecido al reconocimiento de que este lugar tenía reglas que no estaban escritas en ningún manual de la Liga.

Las antorchas tiki estaban encendidas.

No eran las lámparas de la Liga que iluminaban los circuitos en las carreras oficiales: eran antorchas reales, de madera y fuego, clavadas en el suelo a los lados de lo que reconoció como el trazado del circuito de Spooky Shores. No había suficientes para iluminar todo con claridad, que era probablemente la idea: iluminaban lo suficiente para ver hacia adelante pero creaban sombras a los lados que la neblina ocupaba con eficiencia.

El circuito de Spooky Shores iluminado solo por antorchas tiki de noche era, pensó Rez, la imagen más inquietante y más hermosa que había visto desde que llegó a las islas.

Y en la línea de salida, junto a un buggy que Rez nunca había visto en ninguna carrera de la Liga pero que reconoció de inmediato, estaba McSkelly.

II.

El buggy de McSkelly era un Grim Rod.

No como el Grim Rod de Benny, que tenía ese color indefinido entre negro y gris de las cosas que llevan mucho tiempo sin decidir qué color son: el de McSkelly era negro directamente, con detalles dorados que en la luz de las antorchas tiki brillaban con una calidez que no correspondía para nada con el resto del vehículo. Tenía algo en los laterales que de cerca resultó ser grabado, no pintado: calaveras y anclas y olas estilizadas en el metal, el tipo de decoración que alguien hace cuando tiene mucho tiempo y nada más urgente que hacer.

McSkelly mismo era exactamente lo que su nombre prometía: un esqueleto. No un disfraz, no una representación: era un esqueleto real, con esa calidad de presencia que tienen los fantasmas en los lugares donde pertenecen, que en Spooky Shores resultaba ser completamente natural de una manera que en cualquier otro contexto hubiera sido imposible de procesar.

Llevaba ropa de pirata, vieja y bien llevada, con un sombrero que había visto mejores siglos y que usaba con la dignidad de quien no considera que el tiempo sea una razón para cambiar de estilo.

Cuando Rez llegó, McSkelly lo miró con las cuencas de sus ojos vacías, que sin embargo transmitían algo que era inequívocamente evaluación.

—Rez —dijo McSkelly. Su voz era lo más sorprendente de él: no era el sonido que uno esperaría de un esqueleto, sino algo más parecido a una voz normal con una resonancia adicional, como si hablara desde varios siglos al mismo tiempo.

—McSkelly —dijo Rez.

—Viniste solo.

—La nota decía que viniera solo.

—Sí. —McSkelly miró el circuito iluminado por antorchas—. Muchos leen esa instrucción y traen a alguien de todas formas.

—Yo leo las instrucciones.

McSkelly hizo algo que podría ser una sonrisa aunque en un esqueleto la expresión no cambiaba de maneras convencionales.

—Tu madre también leía las instrucciones —dijo.

Rez se detuvo.

No en sentido figurado. Se detuvo literalmente, con el pie que iba a dar el siguiente paso suspendido en el aire por un segundo antes de apoyarse en el suelo.

—¿Conocías a mi madre? —dijo.

—Conozco a todos los que corren en estas islas —dijo McSkelly, con la tranquilidad de quien dice algo que para él es un hecho del mundo—. Los que están y los que estuvieron.

—¿Y los que...?

—Los que ya no están —dijo McSkelly—. También.

Rez lo miró durante varios segundos en los que el crujido de las antorchas tiki y la neblina de Spooky Shores eran las únicas cosas que se movían.




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