Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas

CAPÍTULO 18: DEATH BAT ALLEY

I.

Tres noches antes de la final, Rez y Leilani estaban en las hamacas de siempre.

Era una de esas noches de Bucoco Island donde el calor del día se quedaba en el aire hasta tarde y el mar tenía esa luminosidad particular que a veces tiene de noche cuando la luna está en el ángulo correcto. El gato naranja había migrado de los escalones a una silla de la terraza y dormía con la dignidad de algo que ha tomado la mejor decisión posible sobre dónde estar.

Habían estado en silencio un rato, que era una de las maneras en que pasaban el tiempo que era cómoda de la manera que ya conocían, cuando Rez preguntó algo que llevaba tiempo queriendo preguntar.

—Como coordinadora —dijo—. En todo el tiempo que llevas aquí. ¿Ha habido pilotos que se hayan ido sin terminar la temporada?

Leilani lo miró de reojo.

—¿A qué te refieres con ido?

—Desaparecido. Que estaban y luego no estaban y nadie explicó bien qué pasó.

Leilani miró el mar.

—La Liga tiene una política de privacidad sobre los pilotos que salen de la competencia —dijo, con ese tono suyo que era honesto dentro de sus límites—. No todo se explica públicamente.

—¿Y en privado?

Una pausa.

—Algunos salen por lesiones —dijo—. Algunos por decisión propia. Algunos por razones que la empresa describe como ajuste de plantilla, que es la manera en que las empresas dicen cosas que no quieren explicar.

—¿Y alguno que no tuviera explicación ninguna?

Leilani estuvo en silencio un momento.

—Cuando yo llegué a la Liga —dijo finalmente—, había un piloto que ya estaba aquí desde antes. No mucho antes, solo una temporada. —Una pausa—. Se llamaba El Señor Feliz.

Rez la miró.

—¿El Señor Feliz?

—Era su nombre de corredor. —Algo en la voz de Leilani cambió de tono, no mucho, lo suficiente para que Rez lo notara—. Era de piel trigueña, muy alto, con una manera de reírse que uno recordaba aunque no quisiera recordarla. Era de esas risas que se meten en algún lugar y no salen. —Una pausa—. Le gustaban las calabazas. Lo decía como si fuera la cosa más normal del mundo: me gustan las calabazas. Y nadie le preguntaba más porque su manera de decirlo hacía que pareciera suficiente explicación.

—¿Y la máscara?

Leilani lo miró.

—¿Cómo sabes que tenía máscara?

—Lo imaginé —dijo Rez, que era parcialmente verdad.

Leilani lo miró un momento más con esa expresión evaluadora. Luego volvió al mar.

—Una calavera con carita feliz —dijo—. Tallada en madera oscura. La usaba en todas las carreras y también fuera de ellas, que era algo que sorprendía al principio y que después de un tiempo parecía simplemente parte de quién era. —Una pausa—. Era muy bueno. No del nivel de los mejores, pero sí bueno. Y era tan genuinamente amistoso que uno tardaba en darse cuenta de que también era un competidor serio porque la amabilidad lo hacía parecer despreocupado aunque no lo fuera.

—¿Qué pasó con él?

Leilani tardó.

—Una mañana no estaba —dijo—. Su habitación estaba vacía. Su buggy seguía en el taller pero él no. La Liga dijo que había decidido retirarse voluntariamente. —Una pausa—. Yo llevaba dos semanas en la competencia cuando pasó. No tenía suficiente conocimiento del lugar para saber si creerlo o no.

—¿Y ahora?

Leilani miró el mar.

—Ahora llevo más tiempo —dijo—. Y sé más sobre cómo funciona este lugar. —Una pausa—. Y hay cosas de la desaparición de El Señor Feliz que no cuadran con una retirada voluntaria.

—¿Cómo qué?

—Como que la noche antes de que desapareciera había ganado la carrera más importante de esa temporada —dijo Leilani—. Y que alguien que acaba de ganar la carrera más importante de una temporada no se retira al día siguiente a las seis de la mañana sin decirle nada a nadie.

El mar hizo su ruido.

—¿Lo buscaste? —preguntó Rez.

—Intenté buscarlo —dijo Leilani—. No encontré nada que la empresa no hubiera decidido que yo encontrara.

Rez procesó eso en silencio.

Pensó en la pared de la cueva de Shipwreck Reef. La isla recuerda a todos los que han corrido en ella. Incluso a los que fueron obligados a desaparecer.

Pensó en McSkelly diciendo los que ya no están también.

—El Señor Feliz —dijo Rez en voz baja, casi para sí mismo.

—Sí —dijo Leilani.

—¿Recuerdas su risa?

Leilani tardó un momento.

—Sí —dijo—. Es de las que uno recuerda aunque no quiera.

El gato naranja se movió en la silla con la autoridad de quien reposiciona algo importante. Las luces del pueblo se reflejaban en el agua. El mar seguía siendo el mar.

Rez no dijo más sobre El Señor Feliz esa noche.

Pero lo escribió en el cuaderno antes de dormir, con todo el detalle que Leilani le había dado, y debajo escribió:

Otro que desapareció después de ganar algo importante.

El CEO no solo desapareció a los que sabían demasiado.

También desapareció a los que ganaban demasiado.

Cerró el cuaderno.

Miró el techo.

Mañana pasado mañana es la final.

Voy a ganar de todas formas.

II.

La mañana de la final amaneció con un cielo que no había visto antes sobre Mystery Island: completamente despejado, de un azul que no tenía la calidez habitual del arco de las islas sino algo más frío y más claro, como si el cielo mismo supiera que hoy era diferente y hubiera decidido estar más atento.

Rez se levantó antes del amanecer.

Se duchó. Se vistió con el atuendo de carrera completo: la chaqueta roja con detalles negros, los guantes negros, las zapatillas blancas. Se miró en el espejo del baño pequeño del hotel.

Las mechas rojas en el cabello negro habían crecido con los meses y ahora eran más largas, menos nítidas en sus bordes, más integradas con el resto del cabello de una manera que ya no parecía un cambio deliberado sino simplemente parte de cómo era.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.