Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas

CAPÍTULO 19: EL FINAL DE LAS ISLAS

I.

La ceremonia de premiación de la Beach Buggy Racing League no fue en Death Bat Alley.

Era difícil hacer una ceremonia en el interior de un volcán, por razones prácticas que el organizador del chaleco naranja no necesitó explicar a nadie. Se hizo en Fiesta Village, que era el lugar natural para que ocurrieran las cosas importantes en las islas: el puerto principal, el punto de llegada y de partida, el lugar donde la isla se encontraba con el mundo exterior con la mayor amabilidad posible.

La plaza central de Fiesta Village se preparó durante los dos días que siguieron a la final con una energía que Rez observó desde la ventana de su hotel con algo parecido al asombro tranquilo de quien ve que algo grande está ocurriendo y todavía está procesando que le ocurre a él.

Había gente que no había visto antes en las islas: personal de la Liga llegado específicamente para la ceremonia, algunos representantes de los patrocinadores entre los que Rez miró con atención sin saber exactamente qué buscaba, técnicos con equipos de iluminación y sonido, vecinos de Fiesta Village que llevaban días decorando el puerto con una alegría que no necesitaba que la ocasión fuera suya para ser real.

Y entre los representantes de los patrocinadores, sin que nadie lo anunciara de manera especial, personas con el logo discreto de Perspective Group en sus credenciales.

Rez los miró.

Los miró con los ojos de alguien que no sabe todavía qué significa ese logo pero que ha aprendido en meses de isla a guardar lo que no entiende todavía para entenderlo después.

Lo guardó.

La noche antes de la ceremonia, Leilani tocó la puerta de la habitación de Rez.

Rez abrió.

Ella tenía su tablet, que era lo habitual, pero esta vez la tablet estaba apagada, que no lo era.

—Hay cosas que pasan mañana en la ceremonia que necesitas saber antes de que pasen —dijo Leilani, con esa manera suya de entrar directo sin preámbulo.

Rez se hizo a un lado para dejarla entrar.

Se sentaron: Leilani en la silla junto a la ventana, Rez en el borde de la cama con el cuaderno en la mano aunque no lo había abierto.

—La empresa —dijo Leilani—. La Beach Buggy Racing League.

—¿Qué pasa con ella?

—Ha sido vendida —dijo Leilani—. Lo anuncian mañana oficialmente en la ceremonia.

Rez la miró.

—¿A quién?

—A Perspective Group —dijo Leilani—. Uno de los patrocinadores de la Liga.

Rez miró el logo que había visto en las credenciales del personal nuevo. El logo discreto. La empresa que había estado ahí como patrocinadora desde antes de que él llegara y que había estado, según todo lo que había aprendido, mucho más presente en la historia de estas islas de lo que su rol de patrocinadora sugería.

—¿Sabes quién está detrás de Perspective Group? —preguntó Rez.

Leilani lo miró.

—No con certeza —dijo—. Solo sé lo que la empresa dice de sí misma, que es lo mínimo necesario para que parezca real. —Una pausa—. Pero hay algo en cómo se mueven las personas con ese logo mañana que sugiere que llevan tiempo esperando este momento.

Rez asintió.

Pensó en BaeSoft. En el nombre que no sabía todavía que existía. En la mujer de pelo negro en una oficina fuera de las islas revisando reportes de carreras con una atención que no era casual.

No tenía esas piezas todavía. Las tendría después.

Por ahora tenía el logo de Perspective Group y la certeza de que algo había cambiado en la estructura de las islas de una manera que todavía no podía leer completamente.

—¿Y tú? —dijo Rez—. ¿Qué pasa contigo en todo esto?

Leilani miró la tablet apagada en su mano.

—Yo no formo parte de Perspective Group —dijo—. Nunca quise formar parte de ninguna empresa más de lo necesario. Vine aquí por las carreras y por el dinero que necesitaba mi familia y que esta competencia ofrecía. —Una pausa—. Los dos objetivos están cumplidos.

—¿Entonces?

—Entonces mañana también anuncio que dejo la Liga —dijo Leilani, con la misma tranquilidad con que decía todo, pero debajo de esa tranquilidad había algo que Rez reconoció como el peso de una decisión que se lleva tiempo tomando y que cuando finalmente se dice en voz alta tiene un peso diferente a cuando solo existe como pensamiento.

Rez la miró.

—¿Adónde vas? —preguntó.

Leilani lo miró.

—Eso —dijo— depende de algunas conversaciones que todavía no hemos tenido.

El mar de Mystery Island sonaba afuera con su ruido de siempre. Las luces de Fiesta Village se reflejaban en el agua del puerto.

Rez abrió el cuaderno en la última página que tenía notas y miró la línea que había escrito la noche antes de la final:

Mañana pasado mañana es la final. Voy a ganar de todas formas.

Había ganado.

Cerró el cuaderno.

—Las conversaciones que no hemos tenido —dijo Rez.

—Sí —dijo Leilani.

—¿Podemos tenerlas ahora?

Leilani lo miró con esa expresión que era la más difícil de leer de todas las que tenía y que Rez había aprendido en meses de isla a recibir sin necesitar traducirla completamente pero que esta vez, esta noche específica, tradujo de todas formas porque había cosas que a veces uno elige traducir aunque no sea necesario.

—Podemos —dijo Leilani.

Y las tuvieron.

No es necesario escribir aquí de qué hablaron exactamente porque algunas conversaciones pertenecen a las personas que las tienen y no a nadie más. Lo que sí puede decirse es que duraron hasta tarde, y que cuando Leilani se fue de vuelta a su habitación el cielo afuera de la ventana de Rez tenía esa calidad del momento antes del amanecer donde la oscuridad empieza a ceder sin que todavía sea luz.

Y que Rez se quedó mirando ese cielo durante un rato antes de que llegara el sueño, con el cuaderno en el pecho y la moneda de McSkelly en la mano, pensando en que algunos lugares te cambian de maneras que no se terminan de entender hasta mucho después de haberlos dejado.




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