Beauty and the four (alma gemela)

Uno (2)

Semanas enteras se habían estirado como sombras lúgubres desde que las vacaciones dieron comienzo, y mi mundo, antes vibrante y caótico, se había visto reducido drásticamente al brillo gélido de una pantalla que se negaba a encenderse. Me encontraba atrapada en una vigilia constante, esperando sus mensajes con una ansiedad que me apretaba el pecho como un nudo corredizo que se ajustaba con cada hora de silencio. Cuanto más pasaba el tiempo y las manecillas del reloj avanzaban con su paso imperturbable, más sentía cómo se evaporaban las últimas esperanzas de que su nombre iluminara mis notificaciones. Era una agonía silenciosa, una espera que me consumía por dentro mientras el resto del mundo parecía seguir su curso natural.

​Por fortuna, el mutismo de mi habitación estaba a punto de romperse esta tarde. El silencio se resquebrajaría gracias a que Arie, Sofía y yo habíamos quedado en vernos para escapar, aunque fuera por unas horas, de la pesadez de mis pensamientos. Además, la atmósfera en casa había dado un giro inesperado: la relación con mi madre había experimentado una mejoría abrupta y sorprendente en estas últimas semanas. Tenerla presente en casa, compartiendo el mismo aire bajo el mismo techo, me brindaba una tranquilidad que no sabía que necesitaba con tanta urgencia, como un bálsamo para mis nervios constantemente tensos.

​De pronto, el sonido del mundo exterior se filtró en mi refugio. El crujir inconfundible de neumáticos sobre la grava y un pitido agudo y decidido me hicieron saltar de la cama de un solo movimiento. Era Nour. Habíamos acordado que él pasaría a recogerme para que, juntos, fuéramos a buscar a los hermanos y nos dirigiéramos hacia el zoológico. Con un movimiento rápido y nervioso, me acomodé la falda de tablones con la punta de los dedos, alisando cualquier arruga invisible, y me revisé el cabello frente al espejo. Las ondas caían perfectas sobre mis hombros, resaltando esos mechones castaños que ahora, bajo la luz tamizada y fría del invierno, se veían más oscuros, profundos y llenos de matices.

​Fui al pequeño cuarto de baño y me acerqué al cristal del espejo. Ajusté mis pestañas, que por alguna razón lucían un poco decaídas, reflejando quizás mi estado de ánimo, y me obligué a proyectar una sonrisa. Necesitaba, de manera imperativa, borrar cualquier rastro de los malos augurios que me había traído aquel día que todavía me pesaba recordar; ese día que se sentía como una herida que no terminaba de cerrar. Eran vacaciones, el tiempo de la libertad, y no iba a permitirme desaprovechar la oportunidad de disfrutar de mi vida ahora que todo, por fin, parecía estar en proceso de sanación.

​Salí de la habitación cerrando la puerta con un clic cuidadoso y deliberado. Mis botas empezaron a marcar un ritmo constante y firme contra las escaleras de mármol, cuyo frío parecía emanar de la piedra misma. El gélido viento invernal se colaba por los pasillos de la mansión, resultando súbitamente refrescante contra mis mejillas calientes. Menos mal que había sido precavida en mi elección de vestuario: me había colocado unas medias térmicas bajo un pantalón sumamente abrigado para mantener la temperatura de mis piernas a raya. El viento gélido me habría atrapado sin piedad de no haber sido por esa armadura textil. El eco de mis pasos resonaba con una fuerza inusual en la amplitud de la mansión, llenando el vacío de los espacios deshabitados.

​Al bajar al vestíbulo, vi a Nour esperando junto a la entrada con una sonrisa que lograba iluminar su rostro habitualmente serio. Aunque técnicamente estábamos de vacaciones y yo solía ser una persona que odiaba los lugares nuevos y las multitudes, últimamente me encantaba salir con ellos; se habían convertido en mi ancla. Me acerqué a la puerta y, justo antes de que él pudiera extender la mano para cumplir con su labor, mi mano se cerró con determinación sobre la fría manecilla de roble.

​—Yo puedo hacerlo —dije, reafirmando mi voz.

​—Sabe que yo debo hacerlo, señorita —insistió él, manteniendo ese profesionalismo impecable que lo caracterizaba.

​—Pero tengo que hacerlo —le devolví la sonrisa con una chispa de travesura—. Soy independiente, Nour. Quiero serlo y hoy puedo hacerlo.

​Él me miró fijamente durante un segundo eterno, evaluando mi determinación, antes de ceder finalmente y alejar su mano de la puerta. Abrí la manecilla sintiéndome triunfante y el aire helado del exterior me golpeó el rostro como una bofetada revitalizante mientras bajábamos las pequeñas escaleras de la entrada. Allí, estacionado bajo el pálido sol invernal, vi un coche nuevo. Era un vehículo tan brillante y pulido que los destellos de la luz reflejada en la pintura me lastimaban los ojos, obligándome a parpadear.

​Nour se adelantó a mis pasos, casi trotando con una energía que resultaba contagiosa. Movía las piernas con agilidad, manteniendo los brazos listos como si estuviera a punto de emprender una carrera de atletismo. Al llegar al costado del coche, me señaló el increíble objeto con un gesto dramático y teatral, como si estuviera presentando una obra de arte.

​—Es un modelo nuevo —anunció con orgullo mientras abría la puerta trasera con una elegancia que solo él poseía, invitándome a entrar.

​Le devolví la sonrisa, agradecida por el detalle, aunque no pude evitar notar el color blanco inmaculado de las llantas. Me generó una punzada de incomodidad casi física imaginar lo sucias que llegarían al final del día tras recorrer los caminos, pero sacudí ese pensamiento intrusivo y entré en el habitáculo. En cuanto Nour cerró la puerta tras de mí, me hundí en la comodidad del asiento.




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