El día en que las clases se reanudaron finalmente cayó sobre nosotros, trayendo consigo esa pesadez de la rutina que tanto temía.
Me encontraba sentada en la cafetería de la clase económica, un lugar del que había pasado una eternidad intentando escapar, luchando con todas mis fuerzas por salir de ese estrato social; sin embargo, el destino parecía tener otros planes: nunca lo conseguí. Mis pies siempre me devolvían al mismo suelo, a la misma realidad.
Frente a mí, mis amigos charlaban de forma animada, bromeando sobre lo insoportablemente pesadas que habían resultado las primeras clases de matemáticas del semestre. Se veían agotados, casi fundiéndose con los asientos en los que estaban apoyados, absorbiendo la comodidad del lugar como si fuera su único refugio.
Yo, la señorita Fortyin, me perdía en mis propios movimientos automáticos; jugueteaba con una cuchara, revolviendo un chocolate caliente que envolvía protectoramente con una de mis manos. El calor de la cerámica era intenso, casi ardiente contra mi piel, pero los pensamientos que bullían en mi mente eran todavía más fuertes y abrasadores que cualquier bebida.
Me quedé hipnotizada, observando cómo el chocolate espeso se movía en un pequeño remolino oscuro, una espiral que parecía tragarse mis esperanzas.
Levanté la cuchara, dejando que el líquido se deslizara, esperando ver cómo caía de regreso, pero el chocolate se aferraba al metal, bajando con una suavidad desesperante, casi perezosa. Desvié mi mirada hacia mis amigos, que en ese momento se golpeaban los hombros entre risas, y luego, de forma casi inevitable, mis ojos viajaron hacia las puertas principales de la cafetería.
Miraba ese umbral como si estuviera esperando un milagro. Como si esperara que aquel chico cruzara la entrada y viniera a buscarme. Porque, para mí, eso era más que un deseo; era una promesa que me había hecho a mí misma en la soledad de mi habitación.
“Solo se está recuperando... quizá solo es eso, se está recuperando”.
Eran mentiras, por supuesto. Mentiras blancas que yo misma me contaba para no romperme. En lo más profundo de mi memoria, la verdad gritaba: sabía perfectamente que aquel chico había sonreído de esa manera cruel con toda la intención. Quería que yo viera, con total claridad, que siempre había jugado conmigo. Pero aun así, entre los escombros de mi corazón, todavía queda una esperanza; una diminuta y terca fe de que, muy probablemente, él no sentía nada real por aquella otra chica.
Quería convencerme de que todo había sido una broma de mal gusto, un malentendido... pero ¿qué más podía esperar yo de la vida?
Me llevé la taza de chocolate a los labios, sintiendo cómo el líquido humeante y espeso inundaba mi boca, reconfortándome por un segundo. Entonces, reaccioné. Las puertas de la cafetería se abrieron de par en par con un sonido seco.
Mi corazón dio un vuelco. Latió tan rápido y con tanta fuerza que juraría que el eco de mis latidos era audible para todos los presentes en el salón. Esa esperanza traicionera comenzó a iluminar mi entorno de golpe, nublándome el juicio.
Coloqué la taza sobre la mesa con un movimiento brusco, apretando la manecilla con tal intensidad que mis nudillos se tornaron blancos, perdiendo todo rastro de color. De repente, sentí un frío repentino, una ráfaga de sudor helado que recorrió mi espina dorsal de arriba abajo. Me sentía expuesta; sentía que, aunque fuera invisible para el mundo, todos estaban clavados en mi figura.
Sin embargo, cuando las puertas se abrieron por completo, la persona que apareció no fue el chico que mi alma reclamaba. No era él.
Era Sthefany. Entró revoloteando su larga y gran cabellera rubia, que brillaba bajo las luces como si estuviera hecha de hilos de oro, cayendo en cascada hacia su espalda mientras ella, con una elegancia innata, se acomodaba la parte superior de su ropa. Al divisar a nuestro grupo, nos dedicó un saludo cargado de amabilidad, alzando la mano con una sonrisa suave que iluminó la mesa.
Pero no venía sola. Había alguien más a su lado. Un chico que caminaba con una actitud envidiable, totalmente despreocupado, saludando a diestra y siniestra a cada estudiante en cada mesa por la que pasaba. Sthefany le golpeaba la mano con fastidio cada vez que él se detenía a saludar a alguien, y él la fulminaba con una mirada cargada de picardía.
Aquel chico era un caos andante. Sonreía mientras se acercaba a los platos de otros estudiantes, robando descaradamente los pequeños postres que descansaban sobre los platos blancos y bien arreglados de las mesas cercanas.
Se sentó incluso en una silla que no era suya, platicando en un español rápido y fluido con un grupo de chicos que estaban con sus novias; alzaba las manos con entusiasmo, contando cualquier historia que los mantenía atentos. Estaba a punto de tomar otro bocadillo ajeno cuando Sthefany regresó por él. Se miraron mutuamente, un duelo de voluntades, hasta que él accedió a regresar con ella, caminando de mala gana hacia nosotros.
Se acercaron a nuestra mesa. Yo, por supuesto, no había sido capaz de dejar de seguirlos con la mirada ni un solo segundo. Al llegar frente a nosotros, Sthefany me saludó primero a mí. Le devolví el saludo con una sonrisa que pesaba, cargada de esa tristeza de saber que no era él quien llegaba, pero al mismo tiempo estaba feliz de verla. Siempre me había parecido una chica tan hermosa que era difícil no alegrarse con su presencia.
Editado: 10.03.2026