Muchos tienen adicciones en algo en específico, cuando el alma se encuentra vacía. Eso sentí el día en que perdí a mi familia. Apenas había cumplido dieciocho años. Viví sola por mucho tiempo y me aislé de todos: de los vecinos, que solo me dieron un fugaz pesar, y de mis amigos, que de un momento a otro no estuvieron y me alejaron cuando más los necesité.
Ver películas de distintos géneros se hizo mi adicción favorita para distraer mi mente, y también leer muchos libros variados. Aunque para muchos es solo un pasatiempo, para mí no lo fue. Casi un año entero me tomó aceptar que estaría sola de ahora en adelante y que no los volvería a ver. Esto último fue lo que más me dolió.
Sobreviví un tiempo con los ahorros que mis padres me habían dejado. Sin embargo, todavía tenía consciencia de mí misma. No podía estar ahogada en el dolor para siempre. Y saqué de dentro de mí el poco valor que quedaba en mi corazón, gracias a una persona especial que me ayudó a volver a sentirme viva.
Cuando tenía diecinueve años, fui por un año a psicoterapia, lo cual me ayudó mucho a estar más estable emocionalmente en mi momento más crítico. Pero no era simple olvidar. Aún no podía dejar esta casa, porque sería como abandonar un recuerdo valioso.
Me pregunto si esa fue la razón por la que los acepté, a pesar de mi miedo y desconfianza en un principio. Tal vez, dentro de mí, quería que esta vacía casa ya no lo estuviera por un tiempo. Aunque mi cerebro me indicaba: «Peligro, sujeto y bebé de origen peligroso.» «Lilian, tú nunca aceptarías a un desconocido en tu casa.» Mi corazón dejó de sentir miedo en el momento en que me acerqué a ellos, algo demasiado incongruente a simple vista. Y rara vez puedo sentir confianza con alguien que acabo de conocer.
Es a lo que se llama: «El sexto sentido de los seres humanos.» Aunque lo mío es algo que solo yo puedo comprender.
Me di cuenta de que ya había amanecido, no por el sonido de mi celular, sino porque uno de los gallos de mi vecina dio su potente cantar para media cuadra, mientras yo seguía estática en mi cama al no haber podido dormir bien.
Es muy probable que ahora mis ojeras tengan una medida considerable. No oír ningún llanto me hizo sentir más preocupada. ¿Debía suponer que un bebé demonio duerme más que un bebé humano?
Tal vez era hora de ir a verlos.
Subí las escaleras con cautela y no quise tocar la puerta por miedo a despertarlos, pero para mi sorpresa, estaba entreabierta. Asomé medio cuerpo por curiosidad, solo para notar una escena muy peculiar:
Un papá demonio con un pañal en una mano y un paño húmedo en la otra. Probablemente era la situación más seria a la que Alterium se había enfrentado.
El bebé estaba recostado en la cama, esperando a ser cambiado, con su aspecto original de un pequeño demonio.
Ahora que lo observo con claridad, sus diminutos cuernos de apenas dos centímetros resultan realmente adorables. Y su papá ya había logrado quitarle el pañal mojado con éxito. Ha hecho un gran progreso solo con mirar un poco.
Con un suspiro, Alterium prosiguió a limpiar la parte sucia con un paño húmedo. Y sucedió lo que a muchos padres les pasa con un bebé varoncito, siendo evidente que pertenecer a otra especie no era la excepción.
Arthur le orinó encima de la ropa.
Para ser sincera, pudo haber sido mucho peor si se hubiera acercado más al rostro del bebé. La mirada de confusión de Alterium fue toda una odisea; se quedó estático, sin saber qué hacer. Era evidente que no estaba preparado para tal sorpresa. Y yo me sentí muy malvada al no poder contener mi risa, a pesar de que tapé mi boca para no ser escuchada. Por esta acción, Alterium de inmediato se dio cuenta de mi presencia, y yo no tuve otra opción que entrar.
—Perdón por espiar... —dije avergonzada.
Él me miró con una expresión serena. Su actitud seguía siendo la misma de siempre, sin mostrar incomodidad por lo sucedido. Tras un breve suspiro, me habló de forma amigable:
—Al parecer, aún me falta practicar.
Acomodando mi voz, respondí de inmediato:
—No mucho, créeme que hiciste un gran trabajo. Envolviste su pañal sucio de manera correcta. —Saludé al bebé con una mano—. No te preocupes, terminaré de cambiarlo.
—Me siento mejor al oír eso —sonrió satisfecho—. La próxima vez lo lograré.
Contesté de manera positiva:
—Vamos por buen camino.
Al terminar de cambiar el pañal, volteé hacia él para decirle qué hacer con su ropa manchada. Para mi sorpresa, Alterium ya se había quitado esa casaca larga y oscura de cuero que siempre usaba, quedando con una cafarena negra y ceñida que marcaba con claridad la forma de sus músculos definidos. Debajo llevaba un pantalón del mismo color, sencillo pero firme, que completaba su aspecto imponente. No pude evitar sentirme un poco incómoda y nerviosa al ver tal escena. Un cuerpo así solo lo había visto en películas, nunca tan de cerca. Siempre había estado rodeada de compañeros de trabajo de mediana edad. Ahora, en cambio, me encontraba frente a un hombre de apariencia casi irreal, y eso me ponía inquieta sin que yo misma pudiera evitarlo.
—Creo que solo esta parte se ensució. Es una suerte —expresó aliviado, alzando su abrigo con cuidado.
Despejé mi mente y me di una cachetada mental, volviendo al asunto inicial.
—Me olvidé decirte que tengas cuidado al cambiarlo por esta razón, pero siempre hay una primera vez. También me pasó. —Terminé de cambiar al bebé, acomodando su pañal de forma correcta—. Espera un momento, me encargaré de tu ropa, ya acabé de cambiarlo.
Cuando, de manera inconsciente, traté de cargar al bebé, me detuve de inmediato y giré hacia Alterium. Nunca había oído que me diera permiso para cargarlo, y no sabía qué tan protector era con su hijo. No conocía nada de él, más allá de su apariencia. Igual que los humanos, supuse que los demonios también podían ocultar sus pensamientos. Tal vez no presentía malas intenciones, pero era mejor asegurarme que lamentarlo después.