Bebé demonio

Capítulo 5 Una tarde ajetreada

En el camino no hubo mucha interacción entre los dos; incluso el pequeño Arthur seguía cómodo, durmiendo sobre el pecho de su papá. Luego de tomar un taxi e ir a la tienda de joyería donde una vez estuve en el pasado, finalmente estábamos frente a ese lugar.

Tomé una bocanada de aire y fui la primera en hablar, para romper el silencio:

—Gracias. —Choqué ambas manos contra mis mejillas y de inmediato cambié de expresión, al ahora mostrar un rostro más animado—. Iba a ser un desastre si no me detenías. Como ves, no soy tan buena interactuando con la gente de mi entorno. Aún más en donde vivo… no tengo gratos recuerdos con ellos.

Suspiré por un momento.

A veces las personas no se dan cuenta de que las palabras de lástima pueden ser espinas que hieren. Es mucho peor cuando son conscientes de lo que dicen y aun así no se detienen.

Alterium no tardó en responder, sacándome de mis pensamientos:

—Entonces, siendo un demonio, parece que soy una excepción.

La forma calmada y a la vez animada en que me habló hizo que sonriera brevemente ante su deducción.

—Se podría decir.

Después de aquella pequeña charla y con un ambiente más ligero, entramos al lugar ante la mirada fija del guardia. Para nuestra suerte, dentro solo había tres personas observando las muestras de joyas y demás objetos de valor.

El encargado de la tienda, además de vender joyas, también las compra.

Hace cuatro años vendí aquí un collar cubierto de oro que me regaló mi padre por mi mayoría de edad. Fue una joya que me dolió vender, debido al esfuerzo que él hizo para comprarla. Aquello fue su último regalo. Tenía que solventar mis estudios y conseguir dinero a corto plazo, así que tuve que hacerlo; pero si debía conservar lo más precioso que me regaló, era la carta escrita a mano por él que venía junto con el collar. Estoy segura de que mi padre no me reprocharía de la decisión que tomé.

Una mujer joven se acercó a mí de repente, con una mirada de duda y sospecha, por la forma tan simple y desaliñada en que me había vestido. En un lugar así, no es de dudar que tener prejuicios por cómo va la gente vestida no sea algo fuera de lo común.

—¿Usted desea algo en específico? —preguntó de forma directa.

—Buenas tardes. En realidad, sí es algo específico. Vengo a vender algo de valor, no a comprar. Conozco al dueño; le vendí algo mío hace algún tiempo. Necesitamos reunirnos con él, por favor.

La mujer pareció entenderme, aunque su mirada seguía siendo incómoda.

—Entiendo. —Enderezó su postura—. Él es mi abuelo. Estás en lo correcto, él también compra joyas valiosas y en buen estado —enfatizó—. En unos minutos llegará y podrá atenderla personalmente. Pero, ¿podrían esperar afuera? No se ofendan, solo que las personas están viendo el lugar y puede ser incómodo para ustedes estar parados en un solo sitio por mucho tiempo.

Suspiré ante su respuesta, sintiéndome incómoda. Así que no dudé en ser igual de directa:

—Espero que tampoco se ofenda por mi respuesta, pero sería apropiado darse cuenta de que hay un bebé presente. Estar afuera esperando no es nada cómodo. El viento es más frío a estas horas y no es adecuado para un bebé exponerlo de esa forma. Espero que lo tenga en consideración. Después de todo, nosotros también somos clientes.

Ella no tardó en mirar hacia Alterium.

—¿En serio? Pero… si el bebé llora, podría ser una molestia...

La mujer parecía tener un conflicto interno; miraba hacia Alterium con cierto nerviosismo. Tal vez era por su ropa oscura y peculiar, o por lo llamativo de su rostro apenas cubierto.
Lo único cierto era que solo a él no se atrevía a llamarle la atención.

Cuando vi a Alterium sacarse la gorra, no dudó en pararse delante de ella.
Incluso a mí me sorprendió aquella repentina acción y sentí un leve escalofrío recorrer mi cuerpo.

—Señorita, ¿sería mucho pedir que nos dejara esperar dentro? Mi hijo aún es muy pequeño. Y venimos a vender algo realmente valioso, no somos intrusos.

Su voz no fue la usualmente calmada y amable. Era como si su forma de expresarse fuera una orden vestida de palabras corteses y suaves.
Su mirada seguía fija en ella, aunque pareciera expresar calma por fuera. Al parecer, le había incomodado el trato hacia su hijo. Y no era para menos.

No hay duda de que su hijo es su debilidad. Y también la razón por la que estaría dispuesto a no ser tan amable si alguien se mete con el pequeño Arthur.
Sí que he tenido suerte de que sea amable conmigo hasta ahora.

Noté que la mujer tragó saliva y forzó una sonrisa más amable.

—Bueno, si es así… —estiró su mano para dejarnos pasar—. Discúlpenme, está bien. Después de todo, el lugar no está tan lleno.

La boca de Alterium dibujó una sonrisa satisfecha y más amigable, respondiendo de inmediato:

—Gracias.

La mujer solo asintió ante su respuesta, dejándonos pasar, aunque la manera incómoda de mirarme no cambió.

Esa diferencia de trato sí que me dejó abrumada… Por suerte, el dueño es un hombre amable.

La espera duró unos veinte minutos en total. El dueño entró al lugar saludando a su nieta, y de inmediato ella se acercó a conversar con él de manera privada. Solo podía intuir que el tema de conversación éramos nosotros.

Poco después, el dueño nos señaló con la mano para que lo siguiéramos.

Dentro de un cuarto pulcro e iluminado por los focos, el hombre mayor nos hizo sentar en las dos sillas que se encontraban al frente de su escritorio.

—Mi nieta me dijo que una vez viniste a venderme una joya tuya.

—Sí, señor. Fue hace cinco años. Probablemente no me recuerde —sonreí, algo nerviosa—. Le vendí un collar hecho de oro. En ese tiempo tenía el cabello corto. Incluso lloré un poco cuando se lo di… —mencioné, avergonzada.

—¡Oh! Lo recuerdo, recuerdo esa parte. Te ves muy cambiada. Ahora ya eres toda una adulta y parece que hasta tienes una bonita familia.




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