El camino que tomamos no era precisamente el habitual. Aquellas calles resultaban extrañas para mí, cada una tenía un aire desconocido que me hacía sentir fuera de nuestra rutina. En cambio, era evidente que Alterium ya había transitado por allí al menos una vez; su forma de caminar era segura y la manera en que reconocía cada giro que daba lo delataban. Pero de pronto sus pasos se detuvieron, y casi como un reflejo alcé la cabeza, descubriendo que habíamos llegado al lugar indicado.
—Es una tienda de antigüedades y colección. No me imaginé que sería este lugar al que me llevarías, ¿es este, verdad? —pregunté con una expresión confundida.
—Sí. En todos los lugares que visité, solo este tenía lo que quería. Espero que aún no lo haya vendido.
—Dada, drilla —balbuceó señalando la tienda.
—Así que te interesa este lugar, pequeño Arthur. Supongo que es la segunda vez que lo ves. Aquí hay mucho del color dorado que tanto te gusta; no hemos entrado pero incluso detrás del vidrio se puede observar la elegancia de sus productos.
Con un gesto de su mano me señaló la entrada.
—Pasemos. Quiero que también sea de tu gusto, así que es mejor si lo escoges tú misma.
Con solo ver lo que hay aquí, dudo que no lo sea...
La campanilla de la puerta sonó en un tintineo cuando la empujamos, y de inmediato un aire distinto nos envolvió. El lugar tenía un aroma peculiar: una mezcla de madera vieja, cuero curtido y ese leve polvo que se acumula con los años sobre llamativos objetos que definitivamente tienen una historia única. Era como si el tiempo se hubiera detenido en aquel lugar, un verdadero espectáculo visual sin lugar a dudas.
Mis ojos recorrieron con curiosidad cada rincón de la tienda. En las estanterías de roble oscuro se alineaban relojes antiguos, con agujas doradas. Cerca de una mesa de vidrio se mostraban joyas y objetos pequeños; eran demasiado llamativos a simple vista.
En cada instante que observaba más, cada objeto parecía aún más misterioso, como si hubiera ingresado a un mundo distinto.
El pequeño Arthur, con su inocente curiosidad, estiró su pequeña mano hacia una esfera de cristal que brillaba con destellos rojizos bajo la luz. Estaba demasiado emocionado como para detenerse en solo ver una reliquia brillante. Pero su padre, en cambio, parecía observar con detenimiento el lugar con otra mirada más calculadora, como si entre todos esos tesoros brillantes buscara algo específico y valioso. Hasta que se detuvo en una zona algo escondida, en donde se podían ver unas armas peculiares expuestas en una pared forrada de cuero; para ser más específica, armas blancas antiguas.
Me tomó unos segundos procesar su intención, hasta que capté con claridad lo que intentaba comprarme.
Así que un arma... ¿Quiere que utilice un arma blanca, y una antigua?
Mis ojos se dirigieron a él con sorpresa.
Y además está intentando comprar un arma así en este lugar, ya que no hay restricciones de compra si es un arma de colección y no de uso.
Al parecer, le hizo un buen uso al internet... no sé si sentirme orgullosa o preocupada.
Como si fuera un fantasma, la voz de un hombre mayor se oyó al costado de Alterium, dirigiéndose a él con familiaridad:
—Señor, qué gusto volver a verlo. Ha pasado bastante tiempo, pero tengo buena memoria. Creí que no lo volvería a ver.
—Buenos días, Carlos. Es oportuno saber que aún me recuerdas. Hoy vine con compañía, de quien será la dueña de ese objeto que vi aquel día.
—¡Cierto!, señorita, no la vi. Disculpa por no saludarte, un gusto. Soy Carlos, dueño de la tienda. Oh, ese bebé... ¿acaso ustedes son...?
Alterium respondió de inmediato:
—Ella es una persona cercana e importante. Trátala con cuidado.
—Ah, entiendo, temas privados... Por favor, pasen por aquí. Ese objeto lo guardé con mucho cuidado por usted.
—Te lo agradezco, Carlos. También estoy encantada de conocerlo. Este lugar es espléndido. Su trabajo es impecable a simple vista.
—¡Qué joven tan sincera! —Rió con regocijo—. Amo coleccionar, y mi mayor felicidad es hacerlos llegar a las manos de las personas adecuadas para que sean sus nuevos dueños. No sabes lo feliz que soy cuando elogian mi trabajo. Y Alterium tiene, particularmente, el mejor ojo de todas las personas que conocí a lo largo de mi vida. Es imposible olvidarlo. Por favor, síganme, les mostraré lo que quieren ver.
Nos adentramos en un espacio más privado, en donde, sobre una mesa de caoba, una caja pequeña de color negro con líneas doradas sobresalía sobre ella. Carlos la abrió con orgullo, mostrándonos, al parecer, una de sus mejores piezas de la tienda.
—Buscabas esto de nuevo, ¿verdad, Alterium? Tal como te lo mencioné aquel día, este cuchillo posee una rareza poco vista. Su hoja fue forjada en acero de Damasco, considerado uno de los metales más resistentes y nobles, el cual se oculta dentro de su propio mango con un mecanismo retráctil, lo que le permite resguardarse con seguridad y elegancia. Fíjense en los patrones ondulados del acero, prueba irrefutable de su calidad artesanal. El mango fue trabajado en ébano pulido, lo que asegura tanto su conservación como la seguridad al manipularlo. El diseño mantiene el equilibrio perfecto entre funcionalidad y elegancia, con la ventaja de ocultar el filo sin restarle valor a la pieza. Una total belleza que, incluso si se usara en la actualidad, no habría mucha diferencia.
—Con su detallada narración, ¿qué opinas de esta arma, Lilian? ¿La ves digna de tu colección?
Mi sonrisa se torsió un poco.
¿Colección?
Así que lo hará pasar como tal... Supongo que sabe que improvisar es lo mío, pero esto fue muy repentino.
Con una expresión firme y satisfecha, contesté con soltura:
—No solo la veo digna, es propiamente una pieza única y hermosa. Pocos objetos saben ocultar tanta fuerza bajo tanta elegancia. Tiene el valor y la calidad que busco.