La primera vez que la conocí, sus ojos vacíos y sin brillo ni siquiera se asustaron al verme, como si aquellos ojos hubieran conocido algo más siniestro. Su alma estaba muriendo lentamente, ahogada por el dolor y la tragedia que rodeaba su existencia.
Yo... había llegado demasiado tarde a su vida.
Llegué al mundo humano por una emboscada inesperada que me hizo transportarme a este lugar como una salida rápida, de la cuál no tardaría en volver para terminar lo que ellos comenzaron. Pero acabé al frente de esa oscura casa, donde una mujer humana me miraba fijamente sin inmutarse de mi aspecto demoníaco, sentada sobre la base de la puerta como si esperara pasar la noche ahí. No lo entendía, no era la reacción normal que esperaba, después de todo sabía que los humanos eran demasiados sensibles a ver seres como nosotros. Ni siquiera me debió importar el querer saber la respuesta en la situación que estaba, pero lo hice. Me acerqué a ella, algo que me pareció una acción insignificante, pero fue algo que lo cambiaría todo.
—Humana... Me miras con duda e inquietud. ¿Acaso soy alguien a quien esperabas ver?
—¿Eres la muerte? Si lo eres, puedes llevarme de una vez —habló en tono de súplica.
—¿Deseas morir? ¿Por qué?
—Ya no lo soporto, no hay solución. Lo he intentado todo y nada ha valido la pena. La vida de mis amigos está destruida y no puedo hacer nada por ellos, por más que lo intente cambiar. —La desesperación de su voz incrementó cada vez más, sin detenerse—. Mi amada amiga ya no sé si despertará; al igual que ese hombre, yo todavía espero que despierte, pero los médicos ya se han rendido con ella. Valentina me ha alejado de su vida y sé que solo lo hizo para que ya no me preocupara por ellos, cómo podría yo... ¡me duele tanto verlos así! Mi amigo Ernesto ni siquiera puede reconocerme, no le queda nada de lucidez. Y su hijo parece un muñeco sin voluntad propia por culpa de esa maldita enfermedad y hospital negligente que no le atendieron a tiempo. La muerte es mi última esperanza para no sentir dolor, en verdad ya no puedo más. Solo quiero reunirme con mi familia. Así que... ¡Por favor, mátame!
Una súplica agonizante de un alma destrozada era tan fácil de cumplir. Sin embargo no lo hice, había algo en ella que no me permitía ignorarla, dando explicaciones cuando no estaba obligado a darlas.
—No soy la muerte, soy un demonio de alto rango. Para ser exacto, soy el rey del Inframundo.
Esperé escuchar una respuesta llena de desilusión, pero para mi sorpresa se levantó del suelo y se acercó a mí como si hubiera despertado un hilo de esperanza en ella.
—Un demonio poderoso... Entonces, si me hablaste debe ser por algo... Tú... ¿Concedes deseos? ¿Curas enfermedades?
—No poseo esa habilidad.
—... Tal vez... ¿Puedes retroceder el tiempo? Llegaste aquí de la nada.
¡Eres un rey! —Acortó cada vez más nuestra distancia—. Te daré mi alma, lo que sea, sacrificaré todo mi ser. Necesito cambiar la vida de mis amigos, daría lo que sea por volverlos a ver ser felices. Pídeme cualquier cosa a cambio, no me importa lo que me pase a mí.
—Humana, estás confundiendo mis palabras. No puedo hacer eso, tampoco tengo esa habilidad. Siento decirte que solo puedo matar, esa es la naturaleza de los demonios.
—No... puedes. ¿En verdad... no puedes?
—No tengo razón para mentirte. —Mis dedos tocaron levemente la parte inferior de su mentón y levanté su mirada hacia mis ojos con la intención de intimidarla—. Incluso sobre lo que me pides hay condiciones, y te lo diré de forma directa: ninguna alma del Inframundo puede escapar de los 7 infiernos; a menos que todavía estén vivos, hay una posibilidad de cambiar algo.
Su expresión se tornó desconcertada por un instante, pero aquella vacilación fue rápida. Sus ojos se endurecieron y se volvieron afilados, sintiendo una tensión particular. Así que solté de inmediato su mentón
—¿A qué te refieres? Ellos aún viven, si es que se puede llamar vida. Excepto... mi familia.
Aquella reacción me generó curiosidad y mencioné un dato que podría despertar algo más que simple curiosidad:
—Hay un demonio que sí puede hacerlo, el único con la habilidad de manejar el tiempo. Un ser que no ha sido visto por más de diez mil años en el Inframundo, ni siquiera yo lo conozco.
Sin preverlo, ella se quedó observándome con un brillo particular en sus ojos, los cuales parecían tener un tono cercano al dorado, como si ahora yo también formara parte de lo que podía ver.
Su voz resonó de manera firme:
—¿Qué dijiste? Existe... ¡Sí existe! Con eso me basta, debo buscarlo. Si voy a morir en cualquier momento, ¡prefiero dar mi vida buscando a ese demonio para que conceda mi deseo! Ya no me queda nada más por perder, hasta la pureza de mi cuerpo se me fue arrebatada de forma cruel, sin obtener justicia.
Esa inesperada reacción efusiva hizo que le respondiera con un grado de realidad:
—Tengo que advertirte que ahí perderás mucho más que tu vida.
Ella respondió de inmediato:
—Ni siquiera tengo más lágrimas que derramar, no importa qué tanto suplique al cielo, sé que nunca me devolverán la felicidad mis amigos. Así que, si el Inframundo puede hacerlo —su mirada se tornó fría y decidida—, daré mi cuerpo y alma para hacer realidad mi deseo.
Mi mano se alzó para tocar su mentón y elevarlo hacia mis ojos una vez más. Quería observar hasta dónde llegaba su obsesión por obtener la respuesta que anhelaba escuchar.
—¿En verdad deseas venir conmigo? ¿Acaso tú buscarás a un demonio del que nadie sabe su ubicación? El Inframundo es la bienvenida a la muerte de los humanos.
Sin dudarlo, me contestó:
—Lo haré y lo encontraré. No me diste esa información por nada; sabías que necesitaba un impulso para demostrar mi determinación. Así que llévame contigo, por favor. Enfrentaré las consecuencias. Cuando llegue al Inframundo, por fin tendré una razón más para seguir viviendo.