La oposición fue fuerte, sostenida por razones inútiles. Decían que era uno de los seres más débiles que existían en el Inframundo y que su apariencia era cuestionable por las marcas de su rostro, pese a su notable belleza. Alguien que solo sería capaz de engendrar a un híbrido tan débil como ella. Un ser visto como lo más bajo de todo, una afirmación que me hizo reflexionar sobre mis propias creencias. Ya que no negaré que, en otro tiempo, yo mismo pensé algo parecido.
No subestimaba a los humanos. Simplemente, para mí, eran seres que coexistían a la par de nosotros: frágiles por naturaleza, destructivos por poder. Sin embargo, con la llegada de Lilian, comprendí que esa fragilidad podía convertirse en un arma mucho más poderosa cuando alcanzaban su límite. Algo que ni cientos de libros podrían explicar; era un hecho que solo se podía comprender cuando se vive tan cerca de un humano.
Pese a todo, nuestra unión se llevó a cabo para el disgusto de muchos demonios, y no escatimé en gastos al realizar la ceremonia, muy similar a una boda humana. Desde ese momento me esforcé en ser más cuidadoso con mi trato hacia Lilian, aún más durante la primera y única noche que pasamos juntos. No pasó mucho tiempo antes de que la noticia de que Lilian esperaba al primer heredero sumiera a mi reino en un murmullo constante de incertidumbre y, en algunos, de cierta emoción, sobre todo entre quienes eran cercanos a ella. Fue una época en la que incluso Lilian bajó un poco la guardia conmigo y me permitió ver su lado más vulnerable.
Por primera vez, su historia se me fue contada en su totalidad; cada martirio que vivió en poco tiempo, una tragedia tras otra que acabó con su alma.
Todo comenzó con la pérdida de la única humana que la mantenía estable en su mundo; aún tenía su cuerpo físico, pero ¿de qué sirve si no es diferente de un cadáver?
Y en su momento más vulnerable, cuando incluso su sexto sentido fue suprimido por la tristeza, esto fue aprovechado por un despreciable humano que destruyó su cuerpo y su alma en el silencio de su hogar. Uno de los pecados más viles del ser humano se hizo realidad por obra de dos mentes siniestras que lo planearon todo.
Dejarla viva después de lo ocurrido fue peor que la muerte.
Sin pruebas, nunca hubo justicia, y los únicos humanos que les quedaban como motivo de vivir cayeron al abismo de una tragedia de la cual no pudieron levantarse, cayendo uno por uno en una vida de miseria y locura. La sonrisa y el brillo de los ojos de Lilian fueron borrados para siempre. Solo quedó su cuerpo, que clamaba justicia y venganza. Pero, por sobre todo, clamaba una oportunidad más para revertir la vida de sus amigos, aunque fuera imposible. Sin embargo, jamás fue escuchada, no hasta el día en que nos conocimos.
Escuchar todo aquel cruel relato, incluso para un demonio como yo, solo aumentó mis ganas de ejercer la justicia que tanto buscaba por mis propias manos, pero Lilian me detuvo. Ella quería revertirlo todo desde la raíz; su deseo no era acabar con lo que ya no se podía deshacer, para ella eso equivalía a destruir aún más lo que ya estaba roto. Quería comenzar de nuevo, y ya no le importaba nada más que eso.
En una noche en la que regresé muy tarde a nuestra recámara por asuntos externos, antes de abrir la puerta logré escuchar una voz melódica, el cual se envolvía en un susurro dulce. Lilian estaba cantando una canción particular. Sin interrumpirla, entreabrí la puerta para verla con claridad y la encontré sentada en uno de los sillones de color marfil, contemplando el exterior a través de la ventana, mientras ambas manos descansaban sobre su adorable vientre de siete meses. La canción que entonaba no hacía más que mostrar la profunda adoración y el inmenso cariño que sentía por nuestro hijo:
La noche brilla por las estrellas
que te vieron nacer.
Pequeño brote de alegría,
un dulce sueño te espera.
No le temas a la oscuridad,
que yo te protegeré.
Mi pequeña luz,
tu sonrisa es tan cálida.
Mirando al cielo,
siempre desearé que seas feliz.
La noche es hermosa.
Duerme, mi pequeño bebé, duerme.
Que un hermoso sueño tendrás.
Duerme, mi pequeño bebé, duerme.
Que un brillante mañana vendrá.
Aquella canción nostálgica se quedaría grabada en mi memoria por mucho tiempo.
Tal vez la clara mejoría en el ánimo de Lilian se debía al bebé que llevaba en su vientre con tanta emoción, a pesar de los cuidados extenuantes que debía tener a diario. El principal tratamiento consistía en brindarle mi propia vitalidad, para que pudiera resistir un embarazo sin riesgos. Aunque todo estaba bajo control, debí ser consciente de que un embarazo así sería demasiado complicado para un cuerpo humano, incluso tratándose de un bebé que nacería siendo mitad demonio. Y aquello hizo que creciera una culpa silenciosa, que solo aumentó con los meses.
Nuestra relación no fue más allá de la confianza mutua que habíamos construido a lo largo de todos esos años. Esto se hacía evidente con cada día que pasaba, aunque yo tratara de negarlo. Hasta que Lilian fue la primera en expresar sus más sinceros sentimientos hacia mí, dejándome conmocionado por ello, cuando no faltaba mucho para que diera a luz.
—Amar a alguien es algo que se hace sinceramente desde el corazón, y yo te he fallado, Alterium. Creí que el tiempo me haría amarte cada día más, pero solo fue el determinante para comprender que estuve equivocada.
—Hice... ¿algo mal? —pregunté, confundido.
Su respuesta fue inmediata:
—Fui yo la que hizo mal. Confundí estos sentimientos y fui muy lejos contigo. El hijo que tendremos es algo que yo decidí darte, porque necesitabas un heredero. También deseaba entregarte algo valioso después de la oportunidad que me diste de vivir otra vez.
—Aún no pude darte lo que más deseas; salvar a los humanos que quieres.