Cuando el fuego se disipó, como si me hubiera liberado de un amargo encierro, mis pasos fueron dudosos desde el momento en que empecé a acercarme a Balhed, siempre amenazada por el rastro de fuego que aún podía sentir detrás de mí. Mis brazos se aferraron al pequeño Arthur en un intento desesperado de sentirlo cerca antes de que me fuera arrebatado, mientras aún escuchaba los gritos de Alterium resonar. Cuando me detuve muy cerca de él, no pude verlo a los ojos al no alzar la vista, pero su mirada intimidante calaba hasta mis huesos.
Desde el instante en que comencé a liberar el primer enganche del canguro portabebé, el sonido bajo de una sonrisa satisfecha perturbó mi audición. Sin demorar demasiado, este al fin cedió; se soltó como si hubiera esperado el momento perfecto para hacerlo. Los ojos del pequeño Arthur me miraron con tristeza al sentir que se separaba de mí, algo que provocó un dolor agudo en mi corazón.
—No retrases lo inevitable, Lilian, o me arrepentiré de nuestro trato.
Agaché mi cabeza, apoyando su delicada frente contra la mía, y susurré palabras inaudibles para Balhed. Fue entonces cuando mi brazo izquierdo lo cubrió con fuerza, mientras liberaba el último enganche. Apenas pude tocarlo cuando, con la fuerza y habilidad abrumadora del príncipe, fuimos lanzados directamente contra el pecho de Balhed, visto por él como un simple accionar inesperado. Pero antes de que pudiera reaccionar y apartarnos de esa posición, mi mano derecha se apretó en un puño con fuerza sobre su pecho, mientras un elegante mango sobresalía entre mis dedos, hundido hasta el límite. La sangre caliente comenzó a brotar, espesa y oscura, deslizándose entre mis nudillos y cubriendo mi piel con un calor viscoso que ni por un instante logró hacerme dudar.
Fue un apuñalamiento preciso y directo, surgido de una única oportunidad que no podía permitirme perder.
La primera reacción de Balhed no fue apartarnos. Estaba tan desconcertado por lo ocurrido que bajó la mirada, sintiendo el desprecio y la burla en sus palabras:
—Así que todavía tenías un poco de valor. Lástima que hiciste una acción inútil. ¿Acaso quieres que finja dolor para no hacerte sentir mal? Solo tiemblas y lloras como un pequeño animal.
—No...
Mi cabeza inclinada se alzó poco a poco, revelando ante él una sonrisa satisfecha que se dibujó en mis labios y perturbó su tranquilidad de inmediato.
Vi con claridad el instante en que esa confianza molesta se quebró.
—Tú... —su voz tembló.
—¿No deseabas ver a una humana débil y rota frente a ti? —Mis ojos sostuvieron su mirada sin inmutarme, mientras apretaba con más fuerza el filo de mi cuchillo—. ¿Por qué ahora eres tú el que tiembla?
—Tú no... tú no estabas llorando. No es posible. Cualquier humano se rompería al escuchar algo así.
Mi voluntad se sostenía por las insaciables ganas de verlo desaparecer y proteger lo que más me importaba, así que mi respuesta fue directa:
—Claro que sí lo estaba. Me duele tanto el corazón que creí que iba a romperse en cualquier momento al saber la verdad. Pero si no te matamos, este preciado presente que tanto Alterium se esmeró en proteger se desmoronará ante mis ojos.
—¿Cómo te atreves? ¿Usaste tu dolor para engañarme y acercarte a mí? ¡Estás más desquiciada de lo que imaginé! ¿Qué clase de humana eres?
—Una cuyo único objetivo es matarte.
Se oyó un gruñido feroz. Su enojo escaló y luego se rio de forma retorcida y desenfrenada.
—¿De verdad Alterium no te dijo que un simple humano no puede matar a un demonio? Aprovechaste mal tu golpe de suerte. Qué ingenua... humana estúpida.
Mi expresión se tornó sorprendida por unos segundos, hasta que una leve risa se escapó de mis labios. Aquello destrozó su gesto de triunfo, sobre todo cuando comprendió que no tenía la fuerza suficiente para apartarnos. Y, entre ambos, el pequeño Arthur reveló su verdadera forma demoníaca. Un gruñido leve brotó de su garganta, una advertencia clara, como si la sola presencia de aquel demonio le resultara insoportable.
—Si es así, entonces trata de quemarme o de moverte. Mi pequeño Arthur también está ansioso porque lo intentes. Hizo un gran esfuerzo para lanzarme contra ti. ¿Acaso creíste que fue un inesperado golpe de suerte?
—¿Qué... mierda? —Su cuerpo tembló.
—Cierto, ten la amabilidad de devolverme el cuchillo. —Arranqué el arma de su pecho sin titubear. Y sin poder evitarlo, su sangre salpicó en mi ropa y mis dedos—. Gracias, eres muy considerado.
—¿Por qué mi vitalidad está desapareciendo? No es posible... ¡es imposible! No puedo moverme. —Su mirada desesperada se dirigió a la figura de Alterium, tan serena y fría que solo entonces comprendió su realidad—. ¿Esto no es... la habilidad de Alterium? Ese cuchillo tiene su sangre... Malditos desgraciados, ¡me engañaron!
—Sé que solo soy una humana débil frente a tus ojos. Pero te olvidaste de algo importante; qué tanto una madre está dispuesta a arriesgar por proteger a su hijo. ¿Entregarte a mi pequeño? Ni siquiera muerta te lo daría, ni en el futuro ni ahora.
Su mirada desquiciada solo crecía conforme más me escuchaba.
—Debo matarte... tengo que matarte. ¡Sabía que debía desaparecerte! No... torturarte sería lo mejor.
Mis pasos retrocedieron de a poco. Agité el cuchillo para limpiar parte de la sangre y luego lo retraí en su mango. En un instante, ajusté el portabebé de nuevo y solté un suspiro desinteresado ante sus palabras.
—Tienes el ego elevado. Hablas demasiado de tus debilidades y, más importante aún, tu exceso de confianza te hizo atacar sin conocer al enemigo. No sirves como líder; llevaste a la ruina a tus propios aliados. Te di lo que querías, ya disfrutaste suficiente. —Mi mano se estiró en dirección al rey del Inframundo—. Es el turno de Alterium.
—Así que esta es tu verdadera personalidad. Ahora entiendo por qué a Alterium le gustas tanto. Mierda... debí encontrarte primero.