Bebé demonio

Extra 2

La primera vez que pude regresar al mundo humano, fue una sensación extraña; era nostalgia combinada con sorpresa. Tan solo esperé seis meses para volver, pero para ellos fueron más de cinco años los que estuve ausente.

El mundo que alguna vez fue mi hogar había cambiado.

Nuestro reencuentro fue un momento bastante esperado: de mis amigos, quienes nunca perdieron la esperanza de volverme a ver. Y por la mía, que observé con conmoción el incesante avance del tiempo en sus figuras, las cuales reflejaban claramente todos los años que habían pasado.

Desde aquel momento, cada año aparecía ante ellos durante ciertos meses. Me había desligado incluso del cuerpo mortal que ocupé aquí, pero jamás podría olvidar mi origen, ni a los humanos que considero valiosos, tan importantes como mi propia familia

Así que cada vez que llegaba al mundo humano, yo también lo era, solo una simple humana.

Y hoy era el séptimo año que venía aquí. El primer día del primer mes que comenzaba, esta vez mi hijo Arthur y mi esposo también me acompañaban, camuflados bajo una apariencia humana ante la vista de todos.

Aunque la mía era particularmente difícil de ocultar. El elixir de Azhyra provocó que mis ojos adquirieran un tono más intenso y ahora realmente parecían dorados. Sin embargo, dado que no era un demonio, modificar mis facciones era imposible. Y aún conservaba las marcas de las cicatrices en mi rostro, aunque, para mi sorpresa, estas se estaban regenerando muy lentamente. Por suerte, aquella característica tan llamativa podía pasar por unos lentes de contacto de un estilo excéntrico para los humanos.

Además, mi familia también era bastante vistosa, incluso con una apariencia humana. Era fácil captar la atención de las personas que nos veían caminar.

Si debía hablar de nuestro amado hijo, era evidente que el tiempo no había pasado en vano para él. A sus siete años, ya me llegaba un poco más arriba de la cintura. Aunque, bajo su apariencia humana, apenas alcanzaba la mitad de mi estatura. Por decisión propia, la apariencia que adoptaba solo ocultaba sus rasgos demoníacos y adaptaba el resto de su aspecto al mío. No era algo difícil de conseguir, ya que ahora era imposible ignorar lo mucho que se parecía a mí. De hecho, cualquiera podría decir que era mi viva imagen.

En cuanto a su personalidad, mi pequeño se convirtió en un niño tranquilo, muy parecido a como yo era a su edad, aunque también podía mostrarse bastante feroz cuando se enfadaba, al igual que su padre. Claro que parte de ese temperamento también lo había heredado de mí.
Sin embargo, aquella actitud no era frecuente. A pesar de ser solo un niño, su madurez y su inteligencia se habían desarrollado notablemente, quizá por cargar desde tan temprana edad con el peso de convertirse en el próximo heredero de la corona del rey del Inframundo. Aun así, en secreto, me encantaba verlo comportarse como un niño de su edad cuando estaba junto a su padre y a mí.

Al igual que en este momento, donde, en medio de la calle, su expresión relajada al caminar entre nosotros y su sonrisa espontánea lo hacían ver como un niño normal y alegre.

Arthur sabía de su origen, siempre lo supo y jamás intenté ocultárselo. Y dado que era un niño comprensivo, nunca cuestionó mi pasado. De hecho, se sentía agradecido, ya que pudo nacer gracias a la Lilian del pasado. Él siempre tuvo presente que tenía dos madres, aunque solo quede yo, una versión diferente. Tal vez su educación no fue basada en una moral humana, dado que, de ser así, le sería difícil sobrevivir en un mundo tan hostil como lo es el Inframundo. Pero, a través de mí, comprendía a los humanos y no era hostil con ellos cuando venía a mi mundo.

Claro que incluso el príncipe del Inframundo tenía sus límites.

Como si todo hubiera sido premeditado, mi hombro derecho fue chocado de forma brusca por un hombre alto apenas pasaba por un pasaje. Algo que provocó que casi tropezara por la fuerza ejercida, y me agarró del brazo para evitar que cayera. Esto podría ser visto como una escena desafortunada, pero yo sabía que no lo era.

—Por suerte estás a salvo —susurró con una voz ronca y desagradable—. Preciosa, ¿no estás soltera para mí...? Eres muy...

En cuestión de segundos, aquel hombre salió disparado de mi vista. Aunque para cualquiera habría parecido que simplemente caminó demasiado rápido, lo cierto es que literalmente salió volando ante los ojos de todos.
Estuvo a punto de caer a una especie de sótano bastante profundo, donde fácilmente habría muerto por la caída.
Sin embargo, antes de hacerlo, su cuerpo se detuvo en seco y terminó estrellándose contra el suelo con tal brusquedad que quedó inconsciente por el impacto.

Fue una escena demasiado confusa y escandalosa, pero, de alguna manera, las personas llegaron a la conclusión de que se trataba de un borracho que había protagonizado una escena vergonzosa en público. A veces era bueno que los humanos encontraran una explicación lógica para todo.

Acomodé mi ropa y suspiré con una sonrisa antes de dirigir la mirada hacia mi costado.

—Se los agradezco mucho. Pero no olviden que están en el mundo humano.

Arthur fue el primero en contestar:

—Lo siento, mamá. Solo quería deshacerme del obstáculo que se interpuso en nuestro camino.

De inmediato, Alterium intervino:

—Hijo, solo debes medirte. ¿No es suficiente con que no esté muerto? Fuimos demasiado suaves con él —su mirada se desvió hacia mí sin mostrar el más mínimo grado de arrepentimiento—. De lo contrario, habría dejado que Arthur lo arrojara al vacío.

Mi esposo sí que sabe perfectamente cómo excusarse con absoluta naturalidad.

—Cualquier humano que no te respete no merece nuestro respeto. Pero te haré caso, no seré tan impulsivo —agregó Arthur.

Alterium solo sonrió orgulloso ante la afirmación de su hijo.

Mi pequeño sí que ha aprendido muchas cosas de su padre; también sabe cómo salirse con la suya.




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