Beberte

1

Alma Santamaría estaba sentada en una amplia y moderna oficina, con enormes ventanales que ofrecían una vista de la ciudad. Los ejecutivos discutían la nueva línea de producto: agua de manantial con minerales.

Su trabajo parecía sencillo a ojos de los demás: probar el agua, detectar residuos, toxinas o cualquier alteración que pudiera afectar su sabor; para ella, no todas las aguas eran iguales. Algunos elementos imperceptibles alteraban su sabor de maneras que la mayoría jamás notaría.

La marca Aqua Life se esforzaba por ofrecer un sabor único y memorable, que calmara la sed a nivel psicológico y dejara una impresión duradera. Para ello habían contratado a Alma, una mujer de 32 años, antes docente de primaria, que había decidido dar un giro radical a su vida. Con este trabajo podía ganar el doble y, finalmente, había conseguido comprar el departamento que siempre quiso.

Era alta, delgada, de contextura medida. No hablaba mucho, y su trabajo lo hacía con eficiencia silenciosa, para irse cuanto antes. Ese día vestía un vestido sencillo celeste de manga larga hasta los tobillos, y su cabello negro caía suelto sobre los hombros. Una migraña le punzaba la cabeza, amplificando cada sonido que no podía ignorar.

Bebió de la botella frente a ella, y negó con rabia.

—Está horrible —dijo con voz firme.

Los ejecutivos la probaron y se encogieron de hombros.

—Tiene un sabor raro, sí, pero no sabemos por qué —dijeron, mirando los informes de control de calidad.

—Esta agua tiene algo extraño —replicó Alma—. Deben revisar los pozos de donde proviene.

Luego de escucharlos hablar de manera interminable de calidad y procesos, por fin la reunión fue dada por terminada, se preparó para salir.

Armando su jefe la llamó a su oficina.

Ella fue obedientemente, mientras se hacia un masaje en la parte de la sien. Era el tipo de hombre que parecía tener la vida resuelta en cada gesto. Alto, imponente, con un cuerpo trabajado en el gimnasio y cuidado con precisión, se movía con la seguridad de quien nunca ha dudado de sí mismo. Su cabello castaño oscuro siempre estaba peinado a la perfección, y su traje de sastre gris, impecable, parecía hecho a medida para resaltar cada línea de su figura.

Tenía 46 años, había estudiado en las mejores universidades y heredado la empresa de sus padres, dándole un giro que la llevó al mercado global. Invirtió en lo que muchos consideraban tonterías, como el trabajo de Alma, y gracias a eso, su empresa se había convertido en el número uno en venta de agua embotellada del mundo.

Su vida era de revista, una casa de ensueño, tres hijos hermosos, una esposa que antes fue modelo, unos perritos peludos que parecían peluches andantes, muchos más carros de los que necesitaba y viajes por todo el mundo.

Sus ojos marrones jugaban a observarla con una intensidad analítica que no era ni seductora ni invasiva… pero que, de alguna manera, ponía nervioso a todo aquel que se cruzaba con él. Parecía registrar cada gesto, cada movimiento, como si descifrara un código que solo él podía entender.

—Siéntate —dijo, señalando una gran oficina que gritaba por todas partes que él era el jefe. Obedeció tratando de mantener la compostura mientras él se apoyaba en el escritorio, cruzando las manos y observándola con esa mezcla de autoridad y curiosidad contenida.

—Vamos a financiar un nuevo proyecto junto al estado —dijo él—. Una empresa extranjera quiere hacer que el agua del mar sea apta para consumo humano. Esto ayudaría a las regiones costeras, donde el agua embotellada es cara porque debe transportarse desde la capital.

Alma levantó una ceja.

—Es muy altruista de tu parte, Armando.

Este suelta una carcajada.

—Este proyecto es obligatorio. Las empresas tan grandes como esta, están obligadas a trabajar en proyectos para el Estado, a cambio de menos impuestos.

—¿Para qué me necesita? —preguntó.

— Tú serás la catadora. He trabajado en proyectos similares. Esa agua nunca es sabrosa. Pero con tu ayuda podríamos darle un sabor comercial y reducir el precio para quienes más lo necesitan. Con algo de suerte…

—Podrías comercializarla en otros países donde el agua sea cara.

La sonrisa que se dibujó en sus delgados labios le dio la razón.

Pero su expresión duró poco, un su tono de voz se tornó más serio:

—Al frente de este proyecto estará un ingeniero excepcional —dijo—. Se llama Sebastián Smith, es australiano. Un niño prodigio. Se graduó primero en todo, con honores en cada materia que tocó. Incluso tiene una medalla olímpica en natación.

Alma levantó la mirada, tratando de procesar la información.

—Todo a su alrededor debe ser perfecto —continuó su jefe—. Es meticuloso, minucioso, y se esperan grandes cosas de él. No es solo un ingeniero; es un estándar. Confío en que puedas manejarlo —dijo finalmente— No te voy a mentir, tiene fama de dictador y rudo, las personas no aguantan trabajar con él.

Alma asintió, sintiendo cómo la combinación de respeto y tensión se asentaba en su pecho. Sabía que el proyecto no sería sencillo. Era la primera vez que veía a Armando preocupado por trabajar con alguien.




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