Beberte

2

Alma estaba sentada en la oficina de pruebas. Era un espacio amplio, lleno de mesones metálicos donde se inspeccionaba el agua a nivel técnico. Ese sería el núcleo del trabajo. Allí estaba reunido el equipo de ingenieros de Aqua Life, todos con una inquietud visible, como si el aire se hubiese vuelto más denso ante la llegada de Sebastián.

Ella no usaba uniforme. A pesar de formar parte de la empresa, tenía ciertas libertades. Ese día llevaba un vestido verde. Siempre se vestía con decoro en la oficina, sobre todo desde que la esposa de su jefe había despedido a dos mujeres por ir con escote. Alma no podía perder ese trabajo. Lo necesitaba.

La puerta se abrió de pronto.

Entró Armando, sonriente, seguido de algunos accionistas… y detrás de ellos, Sebastián.

Su primera impresión fue inmediata y desagradable: él parecía incómodo con el contacto físico de Armando, que le palmoteaba el hombro con excesiva familiaridad. Sebastián observaba el lugar con irritación abierta, como si el laboratorio fuese un error arquitectónico que alguien debía corregir cuanto antes.

Armando pidió atención y los reunió.

—Él es Sebastián Smith —anunció—, el ingeniero ambiental a cargo de este importante proyecto. Necesito que todos cooperen.

Desde la perspectiva de Alma, Sebastián era imposible de ignorar.

Era alto, delgado, pero con una contextura atlética que no necesitaba demostrarse. No había exceso en él, todo parecía calculado, contenido, como si su cuerpo obedeciera a una disciplina estricta. Sus ojos, de un marrón claro poco común, daban la sensación de estar midiendo el espacio, a las personas, los errores posibles, como si el mundo entero fuera un problema mal resuelto.

Su cabello color miel estaba cortado con precisión, sin un mechón fuera de lugar. Nada en él parecía dejado al azar. La ropa seguía la misma lógica: tonos monocromáticos, sin estampados, sin concesiones al gusto ajeno. Beige, negro, líneas limpias. Incluso sus lentes clásicos parecían una extensión de su carácter.

Tenía facciones notoriamente extranjeras. No pertenecía a ese lugar, y tampoco hacía el mínimo esfuerzo por parecerlo. Su porte era soberbio, casi hostil, como si odiara el laboratorio, la empresa y a cada persona dentro de esas paredes, y aun así se viera obligado a tolerarlos por un bien mayor: el suyo.

La mirada de Sebastián recorrió al grupo… hasta detenerse en Alma.

—¿Y ella quién es? —preguntó con desdén—. ¿Por qué es la única sin bata blanca?

Armando sonrió, como si esperara esa pregunta.

—Alma es la catadora de agua.

Sebastián esbozó una sonrisa torcida.

—¿Catadora? —repitió—. Vaya trabajo idiota. Pero supongo que cada uno paga lo que quiere.

El silencio se volvió incómodo.

—Alma tiene papilas gustativas por encima del promedio —aclaró Armando—. Puede detectar alteraciones mínimas en comida y bebida. Incluso venenos.

Sebastián alzó una ceja.

—¿Y de qué le sirve detectar veneno? Para cuando lo confirme, ya está muerta.

—No —respondió Alma, con voz firme—. Soy inmune. Pero puedo detectar el tipo y la cantidad exacta.

Él la miró con un interés nuevo, casi científico.

—Interesante —dijo—. Acepto el reto.

Alma chasqueó la lengua. Ya le había caído mal.

Por la expresión del resto del equipo, no era la única.

Sebastián volvió a mirarla y añadió, con burla:

—Oye, catadora. Desde ahora vienes con bata blanca.

—Alma no tiene horarios ni uniforme —intervino Armando—. Trabaja cuando se le requiere.

—En mi proyecto todos tienen horario y uniforme —replicó Sebastián—. Y se ganan el dinero. Aunque sea llevando café.

Lo miró, molesta.

—Si no te gusta —añadió él—, siempre puedes buscar un trabajo de verdad.

Ella se mordió la lengua al ver a Armando hacer un gesto claro en el aire, como cortando con unas tijeras invisibles. Córtalo. No cedas.

En su mente, ya lo había mandado al carajo varias veces.

Asintió con una sonrisa hipócrita.

—No tengo problema con cumplir horarios —dijo

—Me da igual si tienes problemas, también a partir de mañana, agradecería que no usaras perfumes tan dulces. Odio los olores florales.

—¿Quieres revisar también mi shampoo? —respondió ella, con una risa irónica

—Va para todos. Las flores me dan asco.

Cuando por fin salió de allí, Alma fue directa a Armando.

—Es un idiota.

—Lo sé —respondió él—. Por eso es difícil trabajar con Sebastián.

—Difícil no —corrigió ella—. Es imposible. Si tengo que aguantarlo mucho, voy a armar un sindicato.

Armando intentó calmarla.

—El proyecto solo dura un año.

—¿Un año? —gritó Alma—. ¿Cómo que un año?




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