Beberte

3

Llegó a la oficina y, contra su voluntad, se colocó la bata blanca. El algodón le resultó ajeno, casi ofensivo. Entró al área de trabajo con el café aún caliente entre las manos.

—Llegas tarde —dijo Sebastián, leyendo informes sin levantar la cabeza.

Alma miró el reloj de la pared.

—Faltan diez minutos para las nueve.

—Yo llegué hace media hora —respondió él—. El horario de entrada es antes que el jefe.

—¿Y también pagas las horas extras? —preguntó ella, sin disimular el fastidio.

Sebastián se puso de pie. En un movimiento seco, le quitó el café de la mano, lo probó y frunció el ceño.

—Esto no tiene sabor.

—Porque es mío —replicó Alma—. Y ahora lo estás llenando de tus gérmenes.

Él la miró, visiblemente ofendido.

—No tengo gérmenes. Soy un hombre limpio.

Tomó el sobre de azúcar.

—No hagas eso —dijo ella—. No soporto los sabores dulces.

Sebastián alzó la mirada y la sostuvo, fija, incómoda.

—Qué lástima.

Y sin apartar los ojos, vertió el azúcar en la taza.

—La diabetes mata —comentó Alma, seca.

Sebastián dejó la taza sobre la mesa, serio ahora.

—¿Y por qué no me trajiste nada de desayuno?

—Porque no soy tu asistente.

—¿Entonces cuál es tu función? —preguntó—. ¿Sentarte a beber agua?

—Me pagan por lo que puedo hacer —respondió ella.

—Todos pueden hacer lo que tú haces —dijo él.

Se dio la vuelta, tomó una botella de agua del mesón y bebió un sorbo.

—Listo. Ya hice tu trabajo.

Alma cruzó los brazos.

—Perfecto. Entonces dime qué minerales tiene esa agua.

—No lo necesito —contestó, girando la botella para señalar la etiqueta—. tu trabajo lo hace una máquina.

—Si confías ciegamente en todo lo que dice una etiqueta —dijo ella—, debes tener una vida bastante triste.

Sebastián se quedó quieto.

En ese momento comenzaron a entrar los demás ingenieros. Él recuperó su compostura, los saludó con una sonrisa profesional.

—Vayan a sus puestos habituales —ordenó—. Hoy voy a inspeccionar el trabajo de todos.

Luego la miró a ella.

—Oye, catadora. Tú ve a donde no estorbes.

Alma puso los ojos en blanco.

Y pensó, con una calma peligrosa, que aquel hombre iba a ser un problema… o una guerra declarada.

La prueba comenzó sin anuncio.

Sebastián se detuvo frente a uno de los mesones, tomó una carpeta y habló sin mirar a nadie.

—Muestra B-17. Desalinización por ósmosis inversa. Resultados preliminares aceptables.

Alma, que hasta ese momento estaba apoyada contra la pared, levantó la cabeza.

—No —dijo.

El silencio cayó como una gota espesa.

Sebastián la miró por encima de sus lentes.

—¿Cómo qué no?

—No es aceptable.

Uno de los ingenieros tragó saliva.

—¿En qué te basas? —preguntó Sebastián, ya con un filo nuevo en la voz.

Alma se acercó al mesón. Tomó el vaso de vidrio con la muestra y lo sostuvo a la altura de los ojos, como si evaluara algo invisible.

—No la pruebes —ordenó él—. Aún no está certificada.

—Lo sé.

Dio un sorbo mínimo. Apenas dejó que el agua tocara su lengua. Sus cejas se fruncieron de inmediato.

—Tiene un retrogusto metálico —dijo—. Bajo. Casi elegante. Pero está ahí.

Sebastián soltó una risa corta.

—Eso es imposible. Los filtros eliminan metales pesados.

—No es un metal pesado —respondió ella—. Es plomo. En una concentración mínima, pero inestable.

—Estás improvisando —dijo él—. La máquina no reporta eso.

—Esta presente en concentraciones muy bajas. Es normal en aguas donde la contaminación humana está dejando huella —replicó Alma— tu maquina no ve eso, pero yo sí lo siento.

Sebastián avanzó hasta quedar frente a ella.

—¿Sabes lo que estás diciendo? —preguntó, bajando la voz—. Este lote pasó todas las pruebas técnicas.

—Y aun así, si se consume a largo plazo, va a generar cefaleas, náuseas y alteraciones neurológicas leves —continuó Alma—. No mata. Pero enferma. Y lo hace lento.

Uno de los ingenieros se acercó a la consola.

—Sebastián… —dijo—. El sensor secundario muestra una variación mínima.

Sebastián giró de golpe.




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