El teléfono vibró justo cuando Alma estaba por mandar un mensaje. Dudó un segundo antes de contestar. Ya sabía quién era y por qué la llamaba.
—Hola, mamá.
—Hijita —dijo Rocío, con una ligereza casi festiva—, no sabes el día que he tenido ayer. Fiestas todo el día.
Ella sonríe
—Me alegro, ma. De seguro, debes estar pasándola bien.
—No te imaginas. Estoy saliendo con alguien.
Alma cerró los ojos.
—¿Otra vez?
—No seas así. Este es distinto. Es guapísimo.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Alma, cansada antes de oír la respuesta.
Hubo una pausa orgullosa.
—Dieciséis.
Alma abrió los ojos de golpe.
—¿Dieciséis? Mamá, eso es un niño. Podría ser tu hijo.
—Estás exagerando —respondió Rocío, ofendida—. Además, no digas tonterías. Yo nunca me acosté con el padre de ese chico.
Alma se quedó mirando la ventanilla del avión y suspiró. Ya la había tenido que sacar de prisión por meterse con un chiquillo, la última vez este tenía 14 años. Los padres del muchacho denunciaron a Rocio, y Alma tuvo que pagar la fianza. Contó mentalmente hasta tres. No aprendía.
—Mamá, sigue siendo menor de edad — le susurra — recuerda que tienes antecedentes, no puedes meterte en problemas.
—Siempre tan dramática —bufó su madre— ¿crees que no pensé las cosas? Este no vive con sus padres.
Silencio. Luego, el verdadero motivo de la llamada se deslizó con suavidad calculada.
—Hijita… ¿podrías ayudarme un poquito este mes? Solo hasta que me acomode.
Alma suspiró.
—Mamá, ya te di dinero. Mucho. Este mes.
—¿Y? —respondió Rocío— Sabes que no te pido por gusto, no tengo dinero. Debo pagar las deudas al banco de…tu sabes.
Esa frase le lleno el pecho de culpa.
—Está bien —dijo finalmente—. Te voy a transferir.
—Sabía que podía contar contigo —respondió Rocío, aliviada—. Eres una buena hija.
Colgó sin despedirse.
Alma abrió la aplicación del banco. Sus dedos se movieron de memoria.
—Tu madre es una vividora —dijo Armando sentado en el asiento de al lado viendo su celular.
No levantó la vista.
—No es así.
—Lo es —replicó él—. Y tú lo sabes.
Mientras confirmaba la transferencia, habló en voz baja.
—Es complicado. Está endeudada por mi culpa.
—No entiendo por que crees que las deudas que tu madre tiene son tu culpa.
—Ella no tenia a mi padre para que le ayudara, y tuvo que enfrentar muchas cosas sola.
—Alma, no te esta pidiendo dinero para comer. Te esta pidiendo dinero para salir de fiesta con un chiquillo, ¿eso no es ser vividora?
—Bueno, tuvo que cuidarme toda su juventud. Es normal que quiera salir ahora.
—La justificas demasiado. No es saludable esa relación. Tu eres la madre de tu madre, eso trauma a cualquiera.
El dinero salió de su cuenta. Un número menos.
Alma apoyó la frente contra la ventanilla del avión. Las luces de la ciudad se iban apagando como si alguien cerrara un libro desde arriba. Abajo, todo parecía pequeño. Controlable.
Armando, la vio pensativa.
—¿Cómo te va con el niño prodigio?
—Sabes como me va, es un fastidio. Me cae fatal, no deja de llamarme catadora.
—Es un apodo dulce.
Ella se endereza y lo ve irritada
—Mira, sé que no es el mejor. Pero solo te pido paciencia, obviamente eres una experta, dado que tu madre es insoportable y la toleras.
—Armando, te estas pasando.
—Lo siento
Pero por su tono no lo sentía.
Le extiende una carpeta
—Lee esto, necesito que estes preparada, para este nuevo cliente. Es una empresa chica —dijo—. De provincia. Nada sofisticado. Pero su agua de manantial es excepcional. Mucho mejor que lo que estamos probando ahora.
Alma sonrió apenas, mientras leía.
Armando siguió.
— Podríamos tener por fin el producto que buscamos.
Ella siguió mirando el paisaje que cambiaba. Montañas, sombras, una promesa de aire distinto. Lo mejor de ese viaje es que había conocido muchos lugares del interior del País.