El hotel era una hacienda que se integraba a un bello paisaje con una naturalidad perfecta. Muros amplios en tonos cálidos, corredores largos con arcos, madera oscura pulida. Las montañas lo rodeaban como un cerco silencioso. El aire era distinto, más limpio, más amable con los pulmones.
Desde que llegó amo el clima.
Los recibió una lluvia fuerte y constante. En la ciudad, la lluvia significaba caos, bocinas, calles atascadas, gente furiosa. Allí no. Caía sobre los techos de teja, resbalaba por los jardines amplios, oscurecía la tierra y la volvía más viva.
Le entregaron la llave de su habitación y subió sola.
Al llegar la sintió su hogar. Los pisos de madera oscura estaban tibios al tacto, pulidos hasta reflejar la luz suave que entraba por las ventanas rectangulares con marco de madera que hacían con contraste con las paredes blancas con toques de piedras natural y las cortinas transparentes que se mecían por la fuerte brisa.
No había cuadros estridentes, solo piezas discretas, texturas que se sentían más que se miraban.
La cama ocupaba el centro del espacio. Amplia, firme, vestida con sábanas blancas de algodón grueso que prometían un descanso profundo, casi excesivo. A un lado, un sillón amplio en tonos tierra miraba hacia el ventanal, acompañado de una mesa baja de madera sólida. Desde allí se veía el paisaje, el vidrio estaba tan limpio que parecía no existir.
Cinco días, pensó, iba a exprimir ese lugar hasta la última gota.
Apenas dejó la maleta cuando tocaron la puerta.
Abrió. Armando estaba impecable, como siempre.
Su estilo era Old Money. Vestía como alguien que no necesitaba demostrar nada.
La camisa era clara, de algodón fino, sin logos, sin adornos innecesarios. El cuello impecable, los puños discretos. Ningún botón llamaba la atención, y aun así todo estaba perfecto. Llevaba zapatos de cuero oscuro, bien lustrados, pero no nuevos. Tenían marcas mínimas, señales de uso real.
Como siempre, olía a un perfume caro.
—Hoy no trabajamos —dijo—. La reunión es mañana. Relájate.
Le extendió un brazalete brillante.
—Todo incluido —añadió—. Pórtate bien. Yo tengo que cerrar unas cosas importantes.
Ella asintió, todavía deslumbrada.
—Gracias, Armando.
Él le guiñó un ojo y se fue.
Alma cerró la puerta, dio dos pasos… y se lanzó de espaldas sobre la cama, riéndose sola. Hundió el rostro en las almohadas.
Por la tarde bajó al restaurante.
Era un buffet interminable. Platos que parecían esculturas, postres que daban pena tocar. Comió sin culpa. Mucho. De todo. No le importó que algunos la miraran extrañados.
Estaba sirviéndose otra porción de torta cuando alguien habló a su lado.
—¿Puedo ayudarla en algo?
Alma levantó la vista. El camarero era joven. Guapo. Sonreía con naturalidad.
—Pensé que era autoservicio —dijo ella, un poco sorprendida.
—Puedo ayudarle si quiere —respondió él—. No es obligatorio, pero me gusta hacerlo.
Ella dudó un segundo.
—Entonces… algo de beber.
—¿Jugo? —propuso—. Tenemos uno natural muy bueno.
—Sí, por favor.
Él volvió con el vaso.
—Soy Manuel —dijo mientras se lo entregaba.
—Alma.
—Es un nombre hermoso —dijo—. Nunca había conocido a alguien que se llamara así.
Ella sonrió. Hablaron. Mucho más de lo que esperaba. De cosas simples. De viajes. De nada importante. Fue cómodo. Demasiado.
—Si quiere —dijo Manuel, bajando un poco la voz—, podría verla a la salida más tarde.
Alma iba a responder cuando una sombra se interpuso entre ellos.
—Jamás —dijo Armando, seco—. Lárgate.
Manuel se quedó inmóvil un segundo, luego se fue sin decir nada.
Alma siguió comiendo su torta, como si no acabara de pasar nada.
—¿Qué te pasa? —preguntó, sin levantar la voz — era guapo.
Este niega con la cabeza
—Tus gustos son pequeños, al igual que ese departamento miniatura que escogiste.
—Es el que podía pagar, ¿por qué lo espantaste?
—La mayoría de esos chicos están metidos en cosas raras —dijo Armando—. Esto es un lugar turístico. Puedes terminar drogada, abusada. No seas ingenua. No es un sitio para conocer gente.
Alma lo miró, incrédula.
—Eso es exagerado.
—Es realista.
Entonces Armando giró y llamó a alguien.
—Alma, ¿recuerdas a Mónica?
Apareció una mujer despampanante, con más curvas que moral, su cabello ondulado en tono cobrizo estaba algo húmedo, la miro con sus chispeantes ojos marrones.