Volvió del viaje con la mirada cambiada.
Armando ya no era el jefe impecable, el hombre seguro que parecía tener todas las respuestas. Ahora era un idiota infiel, cómodo en su dinero, convencido de que podía hacer lo que le diera la gana.
Pero el viaje le vino bien, debió haber subido unos cinco kilos de todo lo que comió. Al menos su silencio salió caro.
Llegó a la oficina un poco tarde. Se puso la bata blanca con fastidio.
Apenas cruzó la puerta, sintió la mirada.
Sebastián la observaba desde su escritorio, cejas ligeramente fruncidas, como si una variable inesperada hubiera regresado al sistema.
—¿Sigues trabajando aquí? —preguntó, sin rodeos.
Alma se detuvo.
—Sí —respondió—. Tuve un viaje con la empresa.
Alzó una ceja.
—Creí que Armando te había dicho.
Sebastián apoyó la espalda en la silla.
—Lo leí —dijo—. Pero no entendí por qué te llevarían de viaje. Pensé que era una forma cordial de decir que te habían botado.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Y por qué me botarían?
Sebastián se levantó.
—Se me ocurre una razón —admitió.
Se acercó sin pedir permiso, tomó la taza de café de ella y bebió un sorbo. Hizo un gesto de desaprobación inmediato.
—¿Por qué nunca le pones azúcar? —dijo—. Es exasperante.
—Porque es mi café —respondió Alma, seca.
Sebastián ya estaba abriendo el sobre de azúcar.
—Que descortés eres, catadora.
—No sé si te han dicho, pero sin café soy una persona desagradable.
No la escuchó. Vertió el azúcar con lentitud deliberada.
—Si vas a trabajar aquí —dijo—, al menos trae café decente.
Alma apretó la mandíbula.
—Si vas a tomar café ajeno —replicó— al menos no lo destruyas con tu adicción a la azúcar.
Este alzo la vista y le sonríe con frialdad. Ella se preguntó que habrá dicho para que la vea así.
—Siéntate —ordenó—. Estamos trabajando.
Ella obedeció, sin bajar la mirada.
Él volvió a su mesa, rebuscó entre unos papeles y regresó con una hoja y un lápiz. Los dejó frente a ella.
—Colorea algo —dijo—. Así no interrumpes mientras pensamos.
Alma alzó lentamente la vista.
Lo miró como si evaluara distintas formas de asesinato que no dejaran rastro. Sebastián ya se alejaba, seguro de su pequeño acto de poder.
Las horas pasaron.
El laboratorio había caído en ese silencio espeso que aparece cuando todos trabajan demasiado y nadie quiere ser el primero en hablar. Alma seguía sentada, el papel frente a ella, el lápiz inmóvil entre los dedos.
Sebastián se acercó al fin.
—¿Y bien? —preguntó, inclinándose apenas—. ¿Coloreaste algo bonito?
Alma levantó la hoja sin decir una palabra.
El dibujo era simple. Preciso.
Ella, de frente, sosteniendo un arma.
Él, de espaldas.
Sonrió con calma.
—¿Quieres que se lo muestre a un psicólogo? —preguntó.
Sebastián observó el dibujo un segundo de más.
—Mejor a un policía —respondió.
No sonrió.
Tomó un vaso de agua del mesón y se lo extendió.
—Bebela—le ordenó—. Ya pasó todos los controles
Alma no tomó el vaso.
—Solo me la das para comprar mi paladar con tu máquina.
—Haz tu trabajo —replicó él—. Y bebe el agua.
Ella lo sostuvo unos segundos más, como midiendo el peso de la orden. Finalmente lo aceptó. Llevó el vaso a los labios y dio un sorbo pequeño.
Demasiado pequeño.
Se quedó quieta.
—No sabe a nada —dijo.
Sebastián cruzó los brazos.
—Porque es pura.
Alma negó despacio.
—No. Es algo más.
Volvió a probarla, esta vez con más intención.
—Está vacía —continuó—. No tiene nada que ofrecer. No quita la sed.
Sebastián soltó una risa seca.
—Eso es lo más tonto que he escuchado en mi vida. Esa agua es perfecta. Yo mismo la filtré. Es agua pura.
—Tal vez por eso no sirve — respondió segura.
Él niega en señal de desaprobación.
—Volviendo a lo nuestro, el agua no tiene sabor.
Alma alzó la mirada.
—Sí lo tiene. Y mientras más sabrosa es, más quita la sed. Esta no hace nada. No invita a volver. No crea hábito.