Beberte

7

Sebastián no pidió permiso.

La tomó del brazo y la condujo por el pasillo con pasos largos, precisos, como si arrastrara una prueba defectuosa que necesitaba ser corregida. Alma no se soltó, pero tampoco lo siguió de buena gana.

Entraron a la oficina de Armando.

—Es imposible trabajar con ella —dijo Sebastián apenas cruzaron la puerta—. Sus criterios de medición son completamente subjetivos.

Armando levantó la vista de los documentos. No parecía sorprendido.

—¿Subjetivos? —repitió.

—Ella dice que el agua no tiene sabor —continuó Sebastián—. Como si eso fuera algo malo.

Alma se soltó el brazo con un movimiento seco.

—No quita la sed

Sebastián giró hacia ella.

—El agua siempre quita la sed.

Armando se recostó en la silla, cruzando los dedos.

—Para una persona promedio —dijo con calma—, no sabe directamente a nada. Pero sí varía en su capacidad de quitar la sed. Algunas aguas no quitan la sed.

Sebastián frunció el ceño.

—Eso es justamente lo que el paladar de Alma identifica —continuó Armando—. Y es algo que una máquina no puede detectar.

—Eso es absurdo —replicó Sebastián—. Si ya existe un agua comercial exitosa, basta con medir sus componentes y emularlos. No necesitamos que ella decida, de forma subjetiva, si algo se vende o no.

Alma no respondió. Caminó hasta el escritorio de Armando y dejó un vaso frente a él.

—Es el agua que filtró Sebastián —dijo—. Pruébala.

Armando tomó el vaso, dio un sorbo pequeño, luego otro. Frunció el ceño apenas.

—Sigue teniendo un sabor salino —murmuró—. Algo extraño. No sabría decir qué.

Levantó la mirada hacia Alma.

—Pero confío en ella.

Sebastián apretó la mandíbula.

—La gente no siempre sabe por qué no le gusta algo —continuó Armando—. Pero al final, sabe si le gusta o no. Y eso es lo que importa.

Sebastián soltó una risa corta, sin humor.

—La próxima vez que haya un viaje corporativo —dijo—, mándenla. Así no fastidia en la empresa.

—Eso es grosero —respondió Armando, sin elevar la voz—. Y no lo digas delante de ella.

Alma lo miró fijo.

—No deberías decirlo en absoluto.

Armando suspiró.

—Para ser más realistas —corrigió—, al menos no delante de ella.

Sebastián dio un paso hacia Alma y volvió a tomarla del brazo.

—Volvamos al laboratorio.

Ella se soltó de inmediato.

—Deja de jalonearme.

El silencio cayó pesado.

—Si vamos a trabajar juntos —dijo—, hazlo sin tocarme.

Volvían discutiendo por los pasillos, con voces contenidas y pasos tensos, cuando alguien dijo su nombre.

—Alma.

Se detuvo de inmediato.

La mujer de Armando estaba allí.

—Isabel —dijo, sorprendida—. Qué gusto verte.

Era una mujer que sabía que era bella y no tenía problema con eso.

Con un cuerpo impecable incluso después de tres hijos. Había sido modelo y eso se notaba en la postura, en la mirada, en la forma en que ocupaba el espacio. Esa temporada llevaba el cabello color cacao, perfectamente cuidado, y su piel lucía tratada con dedicación casi estratégica. Vestía siempre de manera hermosa, eligiendo prendas que no solo le quedaban bien, sino que reforzaban su presencia.

Nunca fingía modestia.

Se acercó y la abrazó con afecto genuino.

—Te ves bien —comentó—. Me dijeron que estuviste de viaje con la empresa.

—Sí —respondió Alma.

La mujer la observó con atención, como si buscara algo más allá de la respuesta.

Se conocían desde hacía años. Antes del laboratorio, antes del proyecto, antes incluso de Armando como jefe. Alma había sido profesora de sus hijos. En más de una ocasión, tutora por dinero extra. Así fue como descubrieron su talento. Así empezó todo.

—¿Viste algo raro en el viaje? —preguntó Isabel, con un tono que pretendía ser casual.

Alma sostuvo la mirada apenas un segundo de más.

—No —dijo—. Nada fuera de lo normal.

Isabel asintió despacio. No parecía convencida.

—Me alegra —respondió—. Cuídate.

Se despidió con una sonrisa suave y siguió su camino por el pasillo. Ignorando la presencia de Sebastián.

Este esperó a que estuviera lo suficientemente lejos.

—¿Ella es la engañada? —preguntó, sin rodeos.

Alma se detuvo en seco.




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