Se estaba terminando de arreglar cuando tocaron la puerta.
Alma frunció el ceño. No esperaba a nadie todavía. Abrió apenas… y lo vio.
—¿Qué rayos haces aquí? —dijo.
Sebastián ya estaba entrando.
—Filtré dos aguas —respondió—. Vas a probarlas.
—¿Estás loco? Es sábado.
—No me importa.
—¿Y de dónde sacaste mi dirección?
—De la empresa.
—Eso no se da, así como así.
Sebastián miró alrededor, evaluando el espacio.
Vestía con ese descuido calculado de ingeniero que parece casual, pero no lo es del todo. Una camisa de cuadros, usada por fuera de unos jean oscuro. Los botines de cuero, gastados lo justo. Su cabello estaba despeinado, y hacia juego con la barba de varios días que le daba un aire áspero, casi cansado, que contrastaba con la precisión de sus gestos.
—Nadie sabía que existías —dijo—. Tuve que buscarte yo mismo en el sistema para que me creyeran.
—Trabajo directamente con los accionistas —replicó ella—. No con Recursos Humanos.
—Es pequeño.
Dice concluyendo su análisis.
—Vivo sola. Es perfecto para mí.
Sebastián sonrió apenas.
—Nunca dudé que eras una solitaria sin vida.
—Sí tengo vida —dijo ella—. De hecho, iba a salir a una cita.
—Nada de citas —respondió—. Estás en un proyecto importante. Hay que trabajar.
—No en mi día libre.
—Llevas dos días sin ir a la oficina.
—Solo voy cuando se me requiere —dijo Alma—. Si no hay muestras nuevas, no tengo nada que hacer.
Sebastián miró la mesa. Un plato con pollo blanco y arroz.
Tomó un bocado sin pedir permiso. Hizo una mueca.
—¿Por qué te castigas con esta cosa horrible?
—¿Por qué pruebas mi comida?
—No tengo problema con la comida de otros —dijo—. Durante mucho tiempo comí de la basura y no me pasó nada.
—¿Por qué comiste de la basura?
Sebastián se quedó quieto. Luego negó.
—No tiene sabor.
—No soporto la comida con sabor.
La sentó en un banco sin delicadeza. Sirvió dos vasos.
—Haz tu trabajo.
—Eres un solitario obsesionado con el trabajo.
—Y tú una catadora. Bebe.
Alma probó el primer vaso.
—Está muy bien —admitió—. El sabor es perfecto.
Sebastián puso mala cara.
Le pasó el segundo.
Alma bebió… y frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Algo hay en esta agua.
—¿Cómo que algo?
—Pone triste.
Sebastián soltó una risa incrédula.
—Eso es una locura.
—No lo es.
—No tiene niveles de nada que alteren emociones.
Ella volvió a probarla. Asintió.
—Pone triste.
—Estás inventando cosas.
—No invento nada. Hay algo en esta agua que altera negativamente las emociones. La otra es perfecta.
—La primera es un agua que ya esta en el mercado —dijo él.
Alma se puso de pie
—Bueno, demuestra que mi paladar es perfecto, ahora te marchas.
Sebastián la miró de arriba abajo.
—Estás mal vestida para una cita.
Ella miró su vestido amarillo. de manga corta y falda plisada.
—¿Por qué?
—Es un color agresivo para una primera cita.
—Vaya —dijo ella— hablas mucho para alguien que de seguro su ultima cita fue con su terapeuta.
—No fue mi última cita —replicó—. Te doy la opinión de un hombre.
—No necesito tu tonta opinión. Ni tu agua deprimente.
—Esa agua no tiene nada —dijo—. Vamos ahora mismo al laboratorio.
—No —respondió Alma—. Tengo una cita.
—Es normal que tengas miedo de estar equivocada.
—No es miedo.
Sebastián ya estaba abriendo la puerta.
—Vamos.
Alma tomó su abrigo.
La cita podía esperar.