Beberte

9

Llegaron al laboratorio sin hablar.

Sebastián tenía llave de todo. Puertas, gabinetes, sistemas. El lugar respondió a su presencia como si lo reconociera. Las luces se encendieron una a una, el zumbido de las máquinas llenó el aire con una vibración baja, constante.

—He estado filtrando muestras todo el día —dijo mientras activaba la máquina principal—. Y por tu culpa ahora todo me sabe a sal… o no quita la sed.

Alma tomó asiento con calma exagerada.

—No sabía que era tan fácil meterme en tu mente.

Sebastián ni la miró.

—Arruinas y estorbas mi trabajo —respondió—. Voy a pedir un aumento si tengo que seguir trabajando contigo.

Le lanzó una sonrisa breve, casi amable. Luego dejó frente a ella una hoja y un lápiz.

—Dibuja algo mientras trabajo.

Alma alzó una ceja.

—Te tomas muy en serio tu trabajo.

—Algunos lo hacemos. Por qué…

—Si vuelves a decir que yo no tengo un trabajo real — lo interrumpió—, te filtro a ti en esa máquina.

Sebastián soltó una risa corta.

—Estás muy estresada para alguien que casi no trabaja.

Ella le hizo mala cara.

El silencio volvió a instalarse mientras la máquina trabajaba. Agua circulando. Filtros activándose. Tiempo pasando.

Sebastián regresó con un vaso.

—Prueba.

Alma lo tomó. Bebió despacio. Cerró los ojos un segundo.

—El nivel de sal sigue ahí —dijo—. Altera el sabor. No quita la sed. Y… —abrió los ojos— sigue poniéndome triste.

—Eso es una locura —respondió él—. Esa agua no tiene ningún componente que haga lo que dices.

Alma miró su celular.

—Tengo una cita. El agua no ha cambiado.

—No tienes ninguna cita.

Ella levantó la cabeza.

—No puedes decidir eso.

—Sí puedo —dijo—. Soy tu jefe. Haces lo que yo diga.

Alma se puso de pie.

—Mi jefe es quien paga mi salario. Y ese es Armando.

Se encaminó hacia la salida.

Sebastián la siguió.

—Eres una persona sin compromiso laboral.

Ella se detuvo.

—Hice exactamente lo que me pediste.

—Debes quedarte hasta que todas las muestras del día estén filtradas.

—¿Por qué soy la única del equipo aquí?

—No puedo molestar a los demás —respondió—. Necesitan descansar. Tienen jornadas duras.

Alma lo miró con incredulidad.

—No tienes idea de lo que hago en el día a día.

—Claro que sí —dijo él—. De seguro duermes hasta tarde, comes algo deprimente, tomas café compulsivamente, lees libros de romance que no existen y luego ves televisión.

Alma se quedó en silencio.

—En las tardes practico natación —dijo finalmente.

Sebastián la miró por primera vez con atención real.

—Impresionante —admitió—. Es un deporte de mucha disciplina. Lo sé porque tengo una medalla olímpica.

—Lo dices con soberbia.

—No hay forma humilde de decir que tienes una medalla olímpica.

En ese momento, un hombre pasó a su costado. Rápido. Silencioso. No llevaba uniforme.

Sebastián se tensó.

—¿Qué hace él aquí?

Sin esperar respuesta, comenzó a seguirlo.

Alma fue detrás, más despacio.

—No debería estar aquí —dijo Sebastián, sin mirarla.

Sebastián lo siguió intrigado, tratando de no hacer ruido.

El hombre caminaba con seguridad, como si el edificio también le perteneciera. Alma se acercó un poco.

—¿Quién es? —susurró.

—No debería estar aquí —respondió Sebastián, tenso—. Y menos yendo a la oficina del jefe.

Alma frunció el ceño.

—¿Quién es, Sebastián?

—No hables —dijo él sin mirarla—. Interrumpes una conversación que tengo conmigo mismo. Y no me llames Sebastián, no somos amigos.

—Algo me dice que no tienes de esos.

Sebastián apretó la mandíbula cuando vio al hombre entrar al despacho de Armando.

—Ese tipo es peligroso. ¿Qué hace hablando con él?

—No sé —dijo Alma—. Tal vez es el marido de la amante… o algo así. Pero dime quién es.

Sebastián dudó un segundo.

—Fernando Berg.

—¿Y?

—Ex gerente de una de las empresas de energía más grandes del mundo.




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