Los chicos se detuvieron frente a la puerta del salón.
En el cartel, de un rosa exageradamente brillante con letras doradas pretenciosas, se leía:
Club de Excelencia: El Lienzo de Jazmín.
Alrededor del cartel había pegatinas que decían "Calidad Pro", "Arte Premium" y, curiosamente, un pequeño logo de Xiaomi pegado en una esquina.
-Esto grita "problemas" -murmuró Daxer.
-Y marketing agresivo -añadió Samuel.
Entraron.
El salón estaba demasiado ordenado para ser real. Todo blanco. Todo limpio. Todo sospechosamente perfecto.
En el centro, Jazmín estaba sentada detrás de un escritorio impecable. Tenía las manos juntas bajo la barbilla, posando como si estuviera en una portada de revista.
A su lado, su Amiguita sostenía una tablet con una funda rosada de gatito y miraba a todos como si estuviera vigilando una cárcel.
Jazmín sonrió lentamente.
-Bienvenidos, mis pequeños saltamontes de la creatividad. Han entrado al único lugar de esta escuela donde la estética y la gama alta son ley.
Daxer se inclinó un poco hacia Samuel y susurró:
-¿Dijo saltamontes? Huele a hipocresía... y a perfume de catálogo caro.
Samuel ni siquiera miró a Jazmín con paciencia.
-Venimos por el registro del cuaderno, Jazmín. Ahorra el discurso de operadora de telefonía.
La sonrisa de Jazmín se tensó.
Se levantó lentamente de su silla y caminó hacia Samuel.
Le quitó la hoja de registro de las manos con dos dedos, como si estuviera agarrando algo sospechoso.
La observó en silencio.
Luego frunció la nariz.
-Ay, Samuel... ¿así escribes?
Levantó la hoja como si estuviera examinando una reliquia defectuosa.
-Tu caligrafía es tan... caótica.
Samuel cruzó los brazos.
Jazmín continuó con una sonrisa falsa.
-Bueno, supongo que para alguien con tu energía de clase baja es lo esperado.
Le dio un pequeño golpecito a su celular.
-Mi Xiaomi tiene mejor fuente que tu mano.
Silencio.
Daxer miró a Samuel.
Samuel miró a la hoja.
Muk miró al techo.
Rubén simplemente pensó que todo esto estaba escalando demasiado rápido.
En ese momento, Sameme sacó su celular para revisar una notificación.
Era un modelo viejo, funcional, con una pequeña grieta en una esquina de la pantalla.
Jazmín lo vio.
Y reaccionó como si alguien hubiera soltado un animal salvaje en la habitación.
Se llevó la mano a la nariz dramáticamente.
-¡DETENTE!
Todos la miraron.
-Mi sensor de calidad acaba de detectar un dispositivo de gama baja.
Sameme parpadeó.
-¿Qué?
Jazmín lo señaló con horror teatral.
-Por favor, Sameme, oculta esa pobreza. Me da una ansiedad estética que tu cerebro de 4 GB de RAM no podría procesar.
Sameme bajó lentamente el celular.
-Es... un teléfono.
-Es un crimen visual -respondió Jazmín.
Entonces sacó su propio celular.
Un Xiaomi Ultra Pro Max con una carcasa brillante que reflejó la luz de la ventana.
El brillo fue tan fuerte que Muk entrecerró los ojos.
-Esto es tecnología -dijo Jazmín con orgullo-. Esto es estatus.
Levantó el teléfono como si fuera un trofeo.
-Si van a estar aquí, aprendan que lo barato contamina mi flujo creativo.
Sameme miró su celular.
Luego el de Jazmín.
Luego otra vez el suyo.
-...El mío también manda memes.
En ese momento, la Amiguita de Jazmín se acercó sigilosamente por detrás.
Se inclinó sobre el hombro de Sameme para mirar su pantalla.
Demasiado cerca.
Demasiado intensa.
De repente gritó:
-¡JAZMÍN!
Todos saltaron.
-¡Está usando el teclado!
Silencio.
La Amiguita señaló la pantalla como si hubiera descubierto una conspiración internacional.
-¡Seguro está planeando una controversia o una funa contra el club! ¡Es un espía!
Sameme dio un salto hacia atrás.
-¡Cálmate, loca!
Le mostró la pantalla.
-¡Solo estaba viendo un meme!
Daxer se inclinó para mirar.
-Es un gato cayéndose de una silla.
Muk asintió.
-Confirmado. Nivel de amenaza: cero.
Samuel suspiró.
-Este club duró exactamente treinta segundos antes de convertirse en un circo.
Y apenas acababan de entrar.
Jazmín se cruzó de brazos, dejando escapar una risita cínica que resonó en el lugar. Sus ojos recorrieron a los chicos con una mezcla de asco y superioridad, como si estuviera observando insectos bajo un microscopio.
-No me mientas, niño -escupió con desprecio-. Sé perfectamente quiénes son. Un par de metiches inmaduros que viven saltando de servidor en servidor porque su propia vida es un desierto. Son tan... básicos. Tan predecibles.
Daxer no retrocedió. Al contrario, dio un paso al frente, rompiendo la distancia de seguridad hasta quedar a la altura de Jazmín. Su mirada, antes tranquila, ahora ardía con una determinación afilada.
-¿Básicos? -Daxer soltó una carcajada seca-. Habla la chica que usa un avatar de anime genérico para ocultar que su personalidad es un copy-paste rancio de Twitter. ¿Qué pasa, "Benjamín"? ¿Te duele que tengamos más contenido y alma en un cuaderno viejo que tú en toda tu nube de Xiaomi de gama baja?
El rostro de Jazmín, que hasta hace un momento mantenía esa pose de "chica dulce e inalcanzable", empezó a agrietarse. Un tic nervioso apareció en su ceja izquierda. Pero Daxer no había terminado.
-Te la pasas juzgando al resto porque es el único mecanismo de defensa que te queda -continuó él, bajando el tono de voz a uno peligrosamente tranquilo-. Pero aceptémoslo: tu vida es tan plana como tu pecho. Por eso necesitas espiar la nuestra; necesitas sentir un poco de drama real porque en tu realidad no sucede absolutamente nada.
Samuel, que hasta entonces había estado observando la escena con un aburrimiento clínico, soltó un suspiro pesado y se ajustó los lentes, uniéndose a la ejecución verbal.