La cancha estaba en silencio absoluto. Jazmín estaba frente al micrófono, el sol pegándole directo en la cara como si la señalara para su fracaso. Respiró hondo y comenzó a hablar, con voz firme pero sin la seguridad de antes.
-Bueno... ya que todos están mirando como si esperaran que me tropiece... supongo que lo mínimo que puedo hacer es admitirlo... -bajó ligeramente la cabeza-. No voy a fingir que no pasó nada.
Algunos alumnos se miraron entre sí, murmurando apenas. Jazmín tragó saliva.
-Sí, hablo de lo que dije hace meses. Lo recuerdo. Lo leí. Lo volví a leer. Y sí... fue impulsivo. No fue inteligente. Me equivoqué... y eso me dejó en ridículo. -Su voz tembló apenas, cada palabra parecía pesar más que el sol en su cara.
Sameme susurró desde las gradas: "Ok... empezó fuerte."
Ume la observó con ceño fruncido: "Por ahora no está en modo defensiva..."
-No vine a que me perdonen -continuó Jazmín, bajando la mirada unos segundos-. Vine a decir que cuando uno habla desde el orgullo... termina aprendiendo desde la vergüenza. Y hoy... hoy estoy aprendiendo demasiado.
Un silencio absoluto recorrió la cancha. Nadie se rió; nadie aplaudió todavía. Daxer murmuró casi para sí mismo: "Eso... no suena actuado."
Jazmín respiró hondo y continuó, con un hilo de voz que intentaba mantenerse firme:
-Durante mucho tiempo pensé que tener estándares era lo mismo que tener razón... y no lo es. A veces solo es miedo disfrazado de elegancia.
Un murmullo lejano se levantó del fondo. Jazmín lo escuchó, se quedó quieta y respiró lento.
-Si alguien quiere reírse, puede hacerlo... ya lo hicieron antes. No voy a desarmarme por eso.
Pero sus hombros traicionaban su confianza. Cada palabra costaba más que la anterior.
-Lo que sí voy a decir es que equivocarse no te hace plano... te hace humano. Y yo... yo prefiero eso antes que seguir fingiendo perfección.
El silencio continuó. Luego, un pequeño aplauso aislado rompió la tensión. Después otro. Y finalmente, más aplausos, moderados, tibios. Jazmín bajó lentamente el micrófono y cerró los ojos por un momento. La sensación de derrota era casi física.
En las gradas, Sameme murmuró: "Ok... no esperaba eso."
-Yo tampoco -dijo Ume-.
Daxer simplemente respiró: "...Habló como persona."
Juan Cazuario cruzó los brazos, serio: "No canten victoria todavía."
Después, el club volvió al salón. La puerta se cerró con fuerza detrás de ellos. La energía que Jazmín había tenido se desinflaba lentamente.
-Bueno, sí... fue un discurso -dijo Sameme, caminando hacia el grupo-. Pero eso no cambia todo lo demás.
-¿Todo lo demás como qué? -preguntó Jazmín, con voz más baja que antes.
-Como que aquí todo gira alrededor de tu imagen -respondió Daxer-. Hoy hablaste bien, sí... pero el club sigue siendo tu vitrina personal.
-Porque alguien tiene que mantener el nivel -musitó Jazmín, todavía medio encogida.
-Nivel no es lo mismo que controlarlo todo -agregó Ume-. A veces parece que estamos trabajando para tu marca.
Sameme frunció el ceño: "Exacto. Vinimos a crear, no a convertirnos en extras de La vida perfecta de Jazmín."
Jazmín bajó la cabeza, sintiendo por primera vez el peso real de su derrota. No hubo aplausos enormes, ni ovaciones. Solo un silencio que gritaba: "Hoy no ganaste."
-Exacto -dijo Sameme con los puños cerrados-. Vinimos a crear, no a ser extras de La vida perfecta de Jazmín.
Jazmín frunció el ceño, su orgullo golpeando las paredes del salón:
-Entonces... váyanse si tanto les molesta.
Sameme se levantó de golpe, la cara roja como un tomate.
-¿Sabes qué? ¡SÍ! ¡ME VOY! -gritó, mientras todos los demás la miraban con ojos abiertos.
Un silencio tenso llenó el aire. Sameme respiró profundo, levantó la voz aún más:
-Abandonaré tu club de porquería. ¡Oficialmente!
Daxer se quedó mirando el cartel rosa en la puerta, como si de repente todo se volviera más real.
Sameme agarró un marcador grueso y, con un trazo decidido, escribió encima:
"POWERPOINT DE BENJAMÍN".
Jazmín dio un paso adelante, con los ojos chispeando de indignación:
-¿En serio? ¿Eso es lo que son? ¿Niños rayando carteles porque no saben discutir?
-No -respondió Daxer, con calma tensa-. Somos gente que ya no quiere fingir que esto es un espacio libre.
-¡NO LOS NECESITO! -gritó Jazmín, casi temblando.
En un impulso extraño, se acercó a su amiga, le tomó el rostro y la besó.
-Te necesito a ti. Y con eso me basta -susurró, dejando al grupo completamente congelado.
Ume, desde un rincón, murmuró bajito:
-Ok... eso sí fue giro de trama.
El grupo caminaba por el pasillo, todavía procesando lo que acababa de pasar.
-Bueno... eso escaló rápido -dijo Sameme, sacudiendo la cabeza.
-No pensé que iba a terminar así -murmuró Daxer, todavía sorprendido.
-Siempre termina así cuando nadie quiere soltar el orgullo primero -agregó Ume, encogiéndose de hombros.
-Entonces... ¿ahora qué? -preguntó Xhozi, mirando a su alrededor.
Olin señaló una puerta vieja al final del pasillo.
La puerta estaba oxidada, con un cartel torcido que parecía olvidado por años.
-Este salón lo dejaron abandonado hace años -comentó Olin, dando un paso hacia ella.
-Perfecto. Me encantan las decisiones impulsivas -dijo Sameme, con una sonrisa traviesa.
Abrieron la puerta. Polvo flotaba en el aire, y la luz entraba por la ventana rota iluminando el suelo.
-Será nuestro hogar -sentenció Daxer, con determinación.
-Sin poses. Sin vitrinas. Sin slogans raros -añadió Ume, cruzando los brazos mientras miraba el salón vacío.
El salón de Galaxy X estaba en pleno caos creativo: mesas torcidas, cables por todos lados, mochilas desperdigadas. Aún así, el lugar vibraba con energía.
-Ok, oficialmente esto huele a polvo, pintura vieja y decisiones impulsivas. Me encanta -dijo Sameme, respirando hondo.