Belleza Peligrosa

CAPITULO 27

Llego a casa sola después de despedirme de Gabriel. El sonido del portón al cerrarse detrás de mí resuena en el silencio como un golpe seco, innecesariamente fuerte. Me quedo unos segundos de pie, sin moverme, con la mochila colgando de un hombro y el certificado apretado contra mi costado, como si ese papel pudiera sostenerme o darme alguna respuesta. La casa se siente fría, ajena, demasiado grande para una sola persona.

—¿Mamá? —llamo en voz baja.

Mi voz se pierde entre las paredes. No hay respuesta. Avanzo despacio, casi arrastrando los pies. Paso por la cocina, miro el fregadero vacío, la mesa sin nadie sentado. Todo está en su lugar y, al mismo tiempo, todo parece fuera de sitio. El silencio pesa. Me oprime el pecho. Me recuerda que ya no somos los mismos.

Entonces la veo. Sobre la mesita de la sala está la foto de mi papá. No sé quién la dejó ahí ni por qué hoy duele más que otros días. Él sonríe, como siempre, con esa expresión tranquila que me hacía sentir segura incluso cuando todo iba mal. Parece mirarme directamente, como si supiera que estoy a punto de derrumbarme. Me quedo quieta. Siento un nudo apretándose en mi garganta, un dolor que sube lento pero imparable. Me acerco con cuidado, como si temiera que, al tocar la foto, el recuerdo me termine de romper. Tomo el marco entre mis manos y noto que me tiemblan los dedos.

—Papá… —susurro, y decir su nombre ya es demasiado.

Los recuerdos me caen encima sin aviso. Su risa llenando la casa. Su voz llamándome desde la puerta. La forma en que me escuchaba incluso cuando no sabía qué decir. Cómo me hacía creer que yo podía con todo, aunque ahora sienta que no puedo con nada. Las lágrimas se me acumulan en los ojos, pesadas, calientes. Aprieto la foto contra mi pecho y el aire empieza a faltarme. No lloro todavía. Es un dolor contenido, uno que quema por dentro, que me deja rígida, atrapada entre lo que fue y lo que ya no va a volver. Dejo la foto en su lugar con cuidado, como si fuera un altar, como si moverla fuera una falta de respeto, y doy media vuelta. Mis pies avanzan por el pasillo casi por inercia, llevándome a un lugar al que no quería volver… pero al que siempre termino regresando. Mi habitación. La puerta está entreabierta, igual que siempre. Empujo despacio y el dolor me golpea de inmediato. Y ahí, finalmente, me rompo. Las fuerzas me abandonan sin aviso y me dejo caer al borde de la cama. El pecho me duele tanto que siento que me parte en dos. El llanto sale de golpe, desordenado, sin control, como si hubiera estado esperando este momento todo el día.

—Perdóname… —digo entre sollozos, inclinándome hacia adelante—. Perdóname, papá.

Me cubro el rostro con las manos, pero no sirve. La culpa me atraviesa igual, pesada, constante, imposible de ignorar.

—Todo es mi culpa —sigo, con la voz rota—. Si hubiera sido mejor hija… si no hubiera discutido tanto… si te hubiera escuchado más… tal vez todo sería diferente.

Las palabras se quiebran antes de terminar de salir. Me siento pequeña, insuficiente, incapaz de cargar con todo lo que siento. Me recuesto de lado y abrazo la almohada con fuerza, como si pudiera abrazarlo a él, como si ese gesto absurdo pudiera devolverme un poco de paz. El llanto se vuelve más lento, más cansado, pero no menos profundo.

—Te fallé —susurro—. Y daría lo que fuera por volver atrás… por arreglarlo todo… por escuchar tu voz una vez más diciéndome que todo va a estar bien.

Cierro los ojos con fuerza. El pecho me arde. La cabeza me duele de tanto pensar, de tanto recordar, de tanto culparme. Me quedo ahí, sola, en la habitación que ya no le pertenece a nadie, con el cuerpo encogido y el corazón hecho pedazos. Aferrada a la culpa como si fuera lo único que me queda de él, repitiendo su nombre en silencio, una y otra vez, como una oración que nunca obtiene respuesta. La noche se sentía pesada, como si hubiera caído especialmente para mí. Afuera escuchaba voces, motos, música… el ruido de siempre. Pero en mi habitación, ese ruido no alcanzaba a entrar. Todo era un silencio que dolía, un silencio que parecía burlarse de mí, recordándome lo que acababa de vivir. Estaba sentada al borde de la cama. Sentía los puños tensos, las uñas marcándose en mi propia piel. Me ardían los ojos, todavía húmedos; cada lágrima que había derramado me quemaba como si llevara dentro todas las humillaciones de mi vida.

Todo esto es culpa de la maldita pobreza. Si tuviéramos dinero, nada de esto hubiera pasado.

¿Por qué tenía que doler tanto? No era justo. Pero en mi mundo, nada lo era.

En ese momento la puerta se abrió despacio. Escuché los pasos de mi madrina antes de verla. Ella siempre entraba así, con cuidado, como si temiera romperme con un movimiento brusco. Y tal vez tenía razón: estaba rota.

—Ay, mi niña… ¿otra vez llorando?

Quise decir que no, quise ser fuerte, pero al verla… todo se me vino encima de nuevo. Apenas intenté limpiarme las lágrimas, otras salieron, traicionándome. Y cuando ella me abrazó, sentí como si algo dentro de mí se deshiciera. Ese abrazo tibio, ese refugio… me dolía porque me recordaba lo que no tenía afuera.

—Es que siempre es lo mismo, madrina —escuché mi propia voz quebrarse—. La pobreza, la maldita pobreza… No sabes cuánto la odio. Por culpa de ella se murió mi papá.

Ella empezó a negar con la cabeza.

—No, mi niña. La pobreza no tiene nada que ver con esto. El doctor dijo que, de igual manera, nada hubiera salvado a tu padre.

Eso era mentira. Una vil mentira.

—Claro que no, madrina. Si él hubiera ido con los mejores médicos, si se hubiera cuidado… estaría aquí conmigo.

Mi madrina comenzó a abrazarme más fuerte.

—La pobreza no es la causante de todos nuestros problemas.

Me levanté de golpe. Sentí la rabia arderme por dentro, mezclada con un dolor tan grande que apenas podía contenerlo.

—¡Claro que sí! Todo esto es por la pobreza… —dije, sintiendo mis lágrimas caer de nuevo, pero esta vez calientes, furiosas—. ¡La pobreza es la que me obliga a pasar por todo esto! Si yo tuviera dinero, si tuviera poder… nadie se atrevería a humillarme. Nadie.




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