La simulación comenzó exactamente a las ocho de la mañana.
En Vanguard, la puntualidad no era una virtud.
Era una obligación.
El enorme complejo urbano artificial ocupaba varias hectáreas detrás del edificio principal y había sido diseñado para replicar prácticamente cualquier entorno imaginable.
Calles.
Tiendas.
Edificios residenciales.
Estaciones de transporte.
Incluso ciudadanos holográficos capaces de reaccionar a las decisiones de los reclutas.
Todo existía con un único propósito.
Prepararlos para fracasar.
Porque en Vanguard no aprendían cuando ganaban.
Aprendían cuando cometían errores.
Y los instructores se aseguraban de que hubiera muchos errores.
—Equipo diecisiete.
La voz del supervisor resonó por los altavoces.
—Punto de entrada sector norte.
Aurelia soltó un suspiro.
—¿Por qué siempre me toca contigo? —preguntó mientras ajustaba el comunicador de su uniforme.
Cassian ni siquiera levantó la vista de la tableta táctica que sostenía.
—Porque el sistema nos asignó.
—Qué respuesta tan inspiradora.
—Lo sé.
—Entonces estamos progresando.
Aurelia rodó los ojos.
Era imposible conversar con él.
Absolutamente imposible.
A veces se preguntaba si Cassian había nacido con aquella personalidad o si algún instructor especialmente cruel la había desarrollado durante su infancia.
Lo peor era que resultaba difícil enfadarse completamente con él.
Porque nunca parecía actuar con mala intención.
Simplemente...
Era así.
Reservado.
Directo.
Implacablemente lógico.
Como si hubiera sido programado por una inteligencia artificial.
La misión era simple.
Al menos sobre el papel.
Ingresar al edificio.
Localizar un paquete clasificado.
Extraerlo.
Abandonar la zona.
Nada complicado.
Por supuesto, en Vanguard las cosas simples duraban aproximadamente tres minutos antes de convertirse en una catástrofe.
Aurelia lo descubrió cuando una explosión simulada sacudió el segundo piso del edificio.
—Perfecto. —murmuró.
—Ya empezamos.
Cassian observó el mapa táctico.
—Ruta bloqueada.
—Lo noté.
—Debemos cambiar de acceso.
—También lo noté.
Los ojos azules de él se posaron brevemente sobre ella.
—¿Te levantaste con ganas de discutir?
—No.
Aurelia sonrió.
—Simplemente me esfuerzo cuando trabajo contigo.
Algo parecido a una exhalación escapó de Cassian.
No era una risa.
Probablemente estaba genéticamente incapacitado para reír.
Pero era lo más cerca que cualquiera había estado de escucharlo hacerlo.
—Muévete, Bennett.
—Qué romántico.
—Muévete.
—Ya voy.
Desde una sala de observación ubicada tres pisos por encima del campo de simulación, varios instructores observaban las pantallas.
Entre ellos se encontraba Viktor Volkov.
El Director General rara vez visitaba Vanguard.
Y cuando lo hacía, nadie estaba autorizado a preguntar por qué.
Los reclutas jamás lo veían.
Los instructores tampoco.
Simplemente aparecía.
Observaba.
Y desaparecía.
Como un fantasma administrativo.
Volkov contempló una de las pantallas.
Aurelia estaba avanzando por una escalera de emergencia.
Cassian cubría su retaguardia.
Nada extraordinario.
Excepto por los resultados.
Siempre los resultados.
—Curioso. —murmuró uno de los analistas.
Volkov no apartó la vista de la imagen.
—¿Qué cosa?
—Nunca hablan de estrategia.
—No.
—Ni parecen coordinarse.
—No.
—Entonces no entiendo cómo siguen obteniendo los mejores resultados.
Volkov tampoco respondió inmediatamente.
Porque conocía la respuesta.
O al menos parte de ella.
Algunas personas necesitaban años para desarrollar confianza operativa.
Otros jamás lo conseguían.
Ellos dos parecían haber nacido entendiendo los movimientos del otro.
Y eso era exactamente lo que lo preocupaba.
Aurelia localizó el paquete dieciséis minutos después.
Un nuevo récord.
No que ella lo supiera.
Porque en ese momento estaba demasiado ocupada intentando no caer por una ventana rota.
—Lo tengo. —anunció por el comunicador.
—Lo sé. —respondió Cassian.
—¿Cómo?
—Porque te escuché celebrar.
—No celebré.
—Dijiste "sí".
—Eso no es celebrar.
—Lo es para ti.
—No me conoces tan bien.
La respuesta llegó tan rápido que por un instante la sorprendió.
—Es difícil no hacerlo.
El silencio que siguió fue breve.
Apenas unos segundos.
Pero suficiente para que Aurelia frunciera el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que hablas mucho.
—Ah.
—Muchísimo.
—Ahora sí te reconozco.
Cassian volvió a concentrarse en el operativo.
Como si aquella conversación nunca hubiera ocurrido.
Como si no hubiera dicho nada extraño.
Y Aurelia tampoco insistió.
Porque tenían cosas más importantes que hacer.
Sin embargo, una pequeña parte de ella continuó pensando en aquella frase.
Es difícil no hacerlo.
Qué comentario tan raro.
La simulación terminó cuarenta minutos después.
El equipo diecisiete obtuvo la puntuación más alta del día.
Otra vez.
Aurelia ya ni siquiera se sorprendía.
Lo que sí la sorprendió fue ver a uno de los asistentes administrativos esperándola al salir del complejo.
Aquello era extraño.
Muy extraño.
Los asistentes administrativos no buscaban reclutas.
Mucho menos durante las evaluaciones.
—¿Agente Bennett? —preguntó el hombre.
Aurelia se detuvo.
—Esa soy yo.
El asistente consultó una tableta.
Su expresión permaneció completamente neutra.