Beneath The Alias

PARTE III

La oficina del Director General Viktor Volkov no se parecía a ningún otro lugar del Instituto Vanguard.

Aurelia lo notó apenas cruzó el umbral.

No era solo el tamaño, aunque la estancia era enorme. Tampoco eran los ventanales que ocupaban toda una pared y mostraban una Novagrad gris, lluviosa y distante, como si la ciudad estuviera hecha de acero, niebla y secretos. Era algo más difícil de explicar. Una sensación pesada, casi física, como si en aquel despacho se hubieran tomado demasiadas decisiones importantes y las paredes todavía conservaran el eco de todas ellas.

Cassian entró primero.

Por supuesto.

No porque alguien se lo hubiera pedido, sino porque parecía incapaz de permitir que otra persona evaluara una habitación antes que él. Aurelia lo vio detenerse apenas un segundo. Fue un gesto mínimo, casi invisible: sus ojos recorrieron las esquinas, las cámaras ocultas, las salidas, la distancia entre la puerta y el escritorio. Cualquier otra persona habría pensado que estaba tranquilo.

Aurelia no.

Cassian era irritantemente bueno fingiendo calma, pero no era inmune a la tensión. Nadie lo era. Ni siquiera él.

Volkov estaba de pie junto al ventanal, con las manos enlazadas detrás de la espalda. No llevaba uniforme de gala, sino un traje oscuro de corte impecable y una insignia plateada de AEGIS prendida al pecho. No necesitaba más. Algunos hombres necesitaban medallas para parecer importantes. Viktor Volkov parecía capaz de dirigir una guerra en silencio.

—Agente Bennett. Agente Vale —dijo sin volverse de inmediato.

Su voz no fue alta, pero llenó la habitación con una autoridad incómoda. Aurelia enderezó la espalda por instinto. Cassian, a su lado, no se movió. Naturalmente. Él probablemente había nacido con la columna vertebral perfectamente alineada y una expresión de desprecio hacia la humanidad.

—Director —respondió Cassian.

Aurelia tardó una fracción de segundo más.

—Señor.

Volkov se giró entonces.

Sus ojos, de un gris casi metálico, pasaron primero por Cassian y luego por ella. No parecía estar observándolos como personas. Parecía estar revisando expedientes vivos.

Aquello la incomodó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Tomen asiento.

Aurelia miró las dos sillas frente al escritorio. Cassian ya se estaba moviendo hacia una de ellas con esa seguridad insoportable que parecía decir que incluso una citación misteriosa del Director General era apenas una interrupción menor en su agenda.

Ella se sentó a su lado, dejando entre ambos una distancia prudente.

No porque Cassian le intimidara.

Bueno, quizás un poco.

Pero sobre todo porque no le apetecía rozar accidentalmente al hombre que había pasado los últimos dos años haciendo de la indiferencia una disciplina olímpica.

Volkov ocupó su silla al otro lado del escritorio. Durante unos segundos no habló. Solo los observó. Ese silencio fue peor que cualquier reprimenda.

Aurelia no lo soportó.

—Con todo respeto, señor, si hice algo malo, me gustaría saberlo antes de empezar a imaginar posibilidades cada vez más humillantes.

Cassian giró apenas el rostro hacia ella.

Apenas.

Pero lo hizo.

—¿Siempre hablas cuando estás nerviosa?

Aurelia le sostuvo la mirada con una sonrisa demasiado dulce para ser sincera.

—¿Siempre haces preguntas obvias cuando intentas parecer tranquilo?

Algo casi imperceptible cruzó por los ojos de Cassian. No fue diversión. Cassian Vale no parecía practicar ese tipo de debilidades públicas. Pero sí hubo algo. Una chispa mínima. Una reacción.

Volkov no interrumpió.

Eso fue lo peor.

El Director General los observaba como si aquel intercambio confirmara algo que él ya sabía.

—No están aquí por una falta disciplinaria —dijo al fin.

Aurelia soltó el aire que no se había dado cuenta de que contenía.

—Maravilloso. Entonces todavía tengo oportunidad de morir en el entrenamiento de esta tarde.

—Bennett —murmuró Cassian.

No fue una orden. Tampoco una advertencia completa. Fue algo intermedio, seco y contenido.

Aurelia volvió a mirarlo.

—¿Qué?

—Estás frente al Director General.

—Gracias por la información. No lo había notado por la oficina enorme, los ventanales dramáticos y la sensación general de sentencia de muerte.

Esta vez Cassian sí la miró de verdad.

Y por alguna razón absurda, Aurelia tuvo la impresión de que estaba intentando no responder.

Volkov abrió una carpeta negra sobre el escritorio.

El gesto bastó para borrar cualquier rastro de ligereza.

La carpeta no tenía nombre visible. Solo el emblema de AEGIS grabado en la cubierta y una línea roja en la esquina superior. Aurelia conocía lo suficiente de los códigos internos como para saber que aquello no era un expediente común.

Los expedientes comunes no tenían línea roja.

Los expedientes comunes no hacían que Cassian Vale dejara de parpadear durante tres segundos exactos.

—Durante los últimos dos años —comenzó Volkov—, ambos han sido evaluados dentro del Instituto Vanguard bajo distintos parámetros operativos. Rendimiento físico, pensamiento estratégico, capacidad de infiltración, respuesta bajo presión, adaptación lingüística, estabilidad emocional y probabilidad de supervivencia en entornos hostiles.

Aurelia sintió que el estómago se le hundía lentamente.

No le gustaba hacia dónde se dirigía aquello.

—Todos somos evaluados, señor —dijo Cassian, con una calma tan perfecta que resultaba casi ofensiva.

—No de esta manera.

El silencio regresó.

Aurelia miró la carpeta.

Después a Volkov.

Después a Cassian.

Cassian no la miraba. Tenía los ojos fijos en el Director General, pero Aurelia notó la tensión en su mandíbula.

Ahí estaba.

La prueba.

Él tampoco sabía qué estaba pasando.

—Sus resultados individuales son sobresalientes —continuó Volkov—. Agente Vale, usted posee una de las puntuaciones estratégicas más altas que este instituto ha registrado en la última década. Su velocidad de análisis, su capacidad de combate y su habilidad para anticipar amenazas lo convierten en un candidato excepcional para operaciones de alto riesgo.



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En el texto hay: #agentessecretos

Editado: 09.06.2026

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