Constance
No quiero salir, pero tampoco me puedo encerrar en el vestidor hasta que él se duerma.
«¡Ya no puedo evitarlo más!», grito internamente.
—Me voy a volver loca —le musito a mi reflejo.
Todo estaba bien; bueno, no todo. Desde ayer Frederick anda raro: primero su mirada casi obsesiva sobre mí, luego el beso, al día siguiente lo encuentro durmiendo en mi cama, y ahora sale con que le gusta mi olor… ¡¿Qué carajo le pasa?!
Sé que no debería de pensar tanto en su acciones, ¡pero no puedo! Lo que hace y dice me afecta más de lo que quiero admitir.
Libero un poco de aire de mi pulmones y meneo con suavidad mi cabeza. Tengo que salir de aquí, pero tengo que hacerlo relajada y con evidente desinterés. Honestamente, no creo que funcione; lo he evitado desde que salí huyendo de la habitación, e incluso cuando ya no podía escapar, lo primero que hice al regresar a la recamara fue entrar directo al baño y luego al vestidor.
—Vamos Constance…. ¡No lo pienses tanto y sal de aquí!
Pego un grito interno y salgo del vestidor sin pensarlo más, pero mis propios ojos me traicionan: lo primero que hacen es buscarlo.
Frederick está en el sofá cama, observando algo en su celular; muy tranquilo mientras mi mente está hecha un caos.
¡Esto es increíble!
Entornando los ojos camino hasta mi cama…
—¡Hmmm!
Inhalado con todo mi ser para contener mi grito. ¡Me pegué! ¡Me pegué con el borde del buró en el dedo chiquito!
Aunque me late el dedo, sigo mi camino, pues siento la mirada de él sobre mí. Fingiendo absoluta tranquilidad, me acuesto en la cama, me arropo y tomo mi celular de la mesita de noche y finjo demencia.
Controlo mi respiración agitada. Como ya no siento su mirada, procedo a responder el mensaje de Royce donde me dice que me extraña. Aunque hoy estuvimos toda la tarde juntos —bueno, no solos completamente, porque después de dejar a Genevieve en el aeropuerto, regresamos a casa y ayudamos a mi hermana a organizar los muebles que se compró ayer—, ni un besito pudimos darnos.
Suelto un suspiro, uno largo y profundo.
Espero que mañana sea un día menos caótico…
Miro de reojo a Frederick. Como no puedo verlo bien, sigilosamente ladeo la cabeza…
¿Qué está viendo? ¿Por qué está tan concentrado en el celular…?
Miro el cielo raso de golpe. Espero, realmente espero que no se haya dado cuenta… pero si volteó a verme, es porqué quizá sintió mi mirada.
¡Aargh!
Frustrada conmigo misma, dejo mi celular en la mesita de noche y, de paso apago la lampara, asegurándome de que mi mirada no se desvíe. Y, para no pecar, me doy la vuelta, dándole la espalda.
Duerme, Constance. ¡Solo duerme!
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«¿Por qué estás triste, Frederick?», le cuestioné a un Frederick de once años.
«Porque todos prefieren a Ashton. Todos lo quieren más a él que a mí», respondió con la voz quebrada.
«No digas eso. En esta casa todo te queremos… yo te quiero.»
Frederick me miró con una incertidumbre que me hacía doler mi corazón.
«Constance, ¿a quién quieres más? ¿A Ashton o a mí?»
«¡A tí! Yo te quiero más a ti Frederick», confesé sin titubear.
«¿De verdad?»
«¡Si! Yo siempre te he querido…» aseguré con voz fuerte y clara, y agregué: «No puedo recordar lo mucho que te quería antes, pero desde que regresé a casa después de haber estado en el hospital y te ví, mi corazoncito te quiso al instante. Te quiero… no, yo te amo Frederick. Después de mi papi y mi mami, tu eres mi persona favorita.»
Esbozando una sonrisa lo abracé siendo correspondida de inmediato.
«¡Te quiero con todo mi corazón!», exclamé, y recosté mi cabeza en su pecho.
«Yo también te quiero Constance.»
Cerré mis ojos, feliz por lo que acababa de escuchar.
«Pero yo te quiero mucho, mucho, mucho más. Yo te amo Frederick…», dije y abrí mis ojos para mirar su bonito rostro.
«¿Me vas a amar siempre Constance?»
«¡Sí!»
«¿Siempre seré tu persona favorita?»
«¡Sí!»
«¿Siempre me vas a elegir a mí?»
«¡Sí! ¡Siempre te voy a elegir a tí!»
Frederick terminó el abrazo y se acuclilló frente a mí, dejando a la vista su cachete, así que, como de costumbre besé su mejilla recibiendo una sonrisa llena de felicidad.
«Siéntate. Jugaré contigo.»
Me senté y comencé a jugar con mi muñeca. Como Frederick estaba en silencio, dejé de jugar y lo miré; Frederick no solo me sonreía, él me miraba con adoración.
—Constance…
Abro los ojos de golpe. Me siento de inmediato, clavando mis ojos en el susodicho que me llamó.