Nabil observó su teléfono mientras caminaba de un lado a otro, pensativo. Su guardaespaldas ingresó a la sala. Al ver al príncipe dramáticamente desesperado, entornó los ojos.
—¿Ahora qué estás haciendo?
—Necesito que me compres otro teléfono. Este se descompuso.
—Lo veo perfecto.
Nabil negó enfáticamente, serio—. No recibe mensajes.
Otro sacó su teléfono del bolsillo, tecleo en su pantalla y luego miró el teléfono de Nabil. Suspiró al ver que sonaba.
—Funciona.
—Posiblemente, es porque estamos bajo el mismo techo, pero no están llegando los mensajes de largas distancias —replicó Nabil, señalando el móvil—. Por esa razón no me ha llegado ningún mensaje de Odile.
Otto suspiró, cansado. —Conque era por eso… —masculló—. ¿Pensaste en la posibilidad de que simplemente no quiere escribirte?
—Esa es una posibilidad muy, muy, muy baja —sonrió con sorna—. ¿Quién no querría escribirme a mí?
—Eeeeh, ¿Odile? —cuestionó, sarcástico. Dejó de sonreír al ver el rostro rígido del príncipe—. Honestamente, nunca he visto que posea un gran interés por—
—Si te atreves a terminar la frase, estás despedido —le interrumpió, amenazante—. Fingiré que no tuvimos esta conversación y me marcharé. Iré a buscar un lugar donde haya mejor señal.
—Después del castillo, este es el lugar con mejor señal en Barley.
—¡No te escucho, soy de palo!
Otto se lamentó al oír el estruendo de la puerta.
—Este capricho se está saliendo de control.
Nabil caminó apresurado. Una vez que había corroborado que la señal era óptima y que su teléfono estaba perfecto, se dijo que la única razón por la que Odile no había contestado sus mensajes era porque algo le había ocurrido.
—Más le vale que haya sido así —dijo, empuñando sus manos, molesto.
¿Quién se creía para dejarlo en visto? ¿Una celebridad?
Si en esas estaban, ¡él era un príncipe!
Su departamento se encontraba en el centro de la ciudad. Por esa razón atravesó todos los locales tan rápido como pudo, llevándose una que otra mirada atontada de turistas y locales que pensaban que se trataba de alguien famoso.
Sí, esa era la reacción que siempre causaba. Aunque no podía ver sus rostros, podía reconocer sus emociones.
¿Por qué no podía provocar algo así en esa pelinegra obstinada?
Se detuvo de golpe frente a uno de los locales. Como si el destino intentara decirle algo, la tienda donde se había detenido era una floristería. Pero no era un simple local de flores.
Era el más antiguo de todos.
Su mirada se tornó afilada.
Era la floristería de las Dríades.
Muy pocos estaban al tanto de ese hecho, pero como familias enemigas declaradas, siempre estaban informadas sobre las propiedades de las otras para evitar enfrentamientos.
Nunca había entrado, pero siempre pasaba por ella. A pesar de que había sido inculcado desde pequeño a detestar a los Dríades, ahora su corazón solo guardaba odio profundo para una sola persona. Sin embargo, en ese momento, el resentimiento fue opacado por una pregunta.
“¿A Odile le gustarán las flores tanto como los hongos?”, meditó.“¡¿Y si venden hongos?! Es lo más probable. Los Dríades son conocidos por ser unos lunáticos de la naturaleza”
Con aquel pensamiento en mente y una sonrisa maliciosa, ingresó a la tienda. Aunque por fuera parecía una cabaña encantada, su interior era completamente moderno. Había flores por todos lados y, tal como lo había supuesto, también había hongos de diferentes colores, tamaños y texturas. Además de ser un vivero, también era una hermosa cafetería frecuentada por turistas y locales de Barley. A pesar de ser un lugar tan popular y frecuentado, tenía solo unos tres trabajadores. Sintió curiosidad por saber cuál de ellos era un Dríades o si todos lo eran.
—¡Bienvenido a la cafetería y vivero Dríades! ¿En qué podemos…? —la mujer pelirroja que se había puesto frente a él para saludarle con una enorme sonrisa, por un breve instante dejó de sonreír.
La amabilidad que Nabil percibió, abruptamente, se convirtió en sorpresa y luego en una hostilidad que jamás en su vida había experimentado.
—Yo…
Tuvo que retroceder ante aquella potente sensación.
—¿Eres uno de esos influencers que quiere comer gratis por una recomendación en su perfil? —inquirió, con la mirada sombría.
—No-no, señora.
—¡Gracias al cielo! —exclamó ella, jovial. Nabil se recuperó casi al instante y volvió a encararla. Si aquella aversión imponente no le había sorprendido, sí lo hizo lo que sintió luego.
Vacío.
No pudo sentir absolutamente nada proveniente de aquella mujer de cabello rojizo.
¿Cómo era posible?
»Es que eres muy guapo y pensé que eras uno de esos “famosos” influencers. Últimamente han venido mucho. Supongo que es porque Barley está de moda —continuó ella—.¿Buscabas algo en particular, jovencito? —inquirió con voz dulce.
Nabil se encontró aturdido. Siempre se había burlado de la creencia de que las Dríades eran unas hechiceras, pero en ese momento, comenzó a replantearse cientos de años de historias y leyendas.
Si ella no era una Dríades, al menos una de ellas le había hecho algo extraño a aquel lugar.
—Buscaba algunos hongos —balbuceó.
Se sintió expuesto. No solo no podía reconocer su rostro, sino que tampoco podía saber sus intenciones. Aunque la hostilidad que sintió en primer lugar fue una gran pista.
—Hongos, ¿de qué tipo? —Su voz sonaba cálida y suave—. ¿Es un obsequio?
—Sí. Es para una persona experta en hongos.
—¿Quieres enamorarla o impresionarla?
Su pregunta le tomó desprevenido. Miró su rostro, intentando ver que tramaba, pero sólo percibió un genuino interés y una melena rizada y rojiza.
—Pa-para impresionarla. Nada más.
—Ya veo… En ese caso, te recomiendo la “melena de león” —le hizo un ademán para que la siguiera a la parte trasera de la cafetería, donde se encontraba el vivero comercial. La entrada principal tenía dos enormes troncos a cada lado y justo allí brotaba un hongo que parecía un pequeño glaciar derritiéndose o una melena de león blanco. La pelirroja las señaló—. Este hongo es uno de los favoritos de los micólogos por su morfología. Además, puede comerse.
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Editado: 26.12.2025