Gretel abrió y cerró su boca una y otra vez, habiendo sido tomada desprevenida.
—Estoysaliendoconhamlet —dijo una palabra detrás de la otra de forma apresurada.
Odile sonrió.
—Lo sabía.
—¡¿Lo sabías?!
—Los vi una vez, en el bosque —admitió, apenada. El rostro de Gretel se tornó de todos los colores. Odile se apresuró a sacudir sus manos al darse cuenta de lo que había dicho—. ¡No vida nada raro, lo juro! Pero era evidente que tenían que ser más que amigos.
Gretel suspiró, avergonzada—. Sé que Hamlet tiene una terrible reputación, pero es un buen chico. Adora a los animales y tiene un enorme talento para la música —dijo, emocionada—. Ya no me importa si es el príncipe Pendragón o no. Realmente lo quiero.
Sus ojos brillantes al hablar sobre él fue el único gesto que Odile necesitó para estar más tranquila.
—Me alegro por ti, Gretel.
Aun así, se mantendría alerta. Hamlet le seguía pareciendo muy sospechoso.
—Gracias, Odile. Por ahora, hemos decidido mantenerlo en secreto. Temo que las cosas se salgan de control si mi familia se entera. ¿Podrías no decirle a nadie?
—Claro —afirmó Odile, nerviosa. Comenzó a pensar en una forma para evitar que Nabil abriera la boca.
—¿Estabas con alguien en el bosque? Eres nueva y no lo conoces. ¿No necesitaste a alguien para recorrerlo?
Fue el turno de Odile de abrir y cerrar la boca sin saber qué decir.
—¡Mucho oxígeno desperdiciado por las pocas calorías que están quemando! —Eleanore se interpuso entre ambas y quedó frente a ellas, interrumpiendo su conversación—. ¡Si no se van a tomar el ejercicio físico en serio, pueden quedarse durmiendo en sus casas!
—Santo cielo, Eleanore, no estamos entrenando para la Superbowl —masculló Gretel.
—¡Firmes, ya! —Ambas chicas se enderezaron al escuchar el grito atronador de la jugadora de fútbol americano—. ¡Quiero treinta burpees, para ayer!
—¡¿Treinta?! —se quejó Gretel.
—¡Qué sean cuarenta!
👑👑👑👑
Después de darse una ducha en los baños del campus, Odile atravesó la facultad de ciencias mientras continuaba secando su cabello. Eleanore había tenido que llevar a cuestas a Gretel a su próxima clase porque había dejado de sentir las piernas. Odile le agradeció a sus padres por haberla incentivado a hacer ejercicio físico desde pequeña o de lo contrario hubiera permanecido en el suelo luego de los sesenta burpees que Eleanore las obligó a hacer (les dijo que hicieran veinte más por holgazanas).
Sacó su teléfono del bolso y frunció el ceño al ver diez llamadas perdidas de Nabil. No estaba acostumbrada a que las personas le escribieran con frecuencia. Solo su padre lo hacía.
Y Arthur, en su momento.
Por esa razón, cargar siempre con el teléfono no era imprescindible para ella.
—¿Por qué me llamó tanto? ¿Le pasó algo? —murmuró para sí misma, confundida. Antes de poderle marcar, él volvió a llamar. Contestó—. ¿Diga?
—¡¿Dónde has estado todo el día, mujer de Dios?!
Odile alejó la bocina de su oreja—. ¿Ocurrió algo?
—Que si ocurrió algo… —masculló Nabil—. ¡Casi llamo a la policía por tu culpa! Sí, cancela el helicóptero. Ya la encontré.
—No bromees —dijo ella, sonriente—. Deja de ser tan exagerado.
—Oye, te escuchas de muy buen humor para casi haberme sacado el corazón del pecho con tu abrupta desaparición de la faz de la tierra —dijo, haciéndola reír—. Bue-bueno. No rías así a través del teléfono… ¡Me enoja más!
Odile se carcajeó al oírlo. Aunque ya se encontraba de buen humor, escuchar a Nabil siempre lo mejoraba todo.
—No estoy evitándote, lo juro. Así que no pienses en afeitarme la cabeza.
—Qué bueno que lo has aclarado. Estaba a punto de encender la máquina —Odile volvió a carcajearse, sintiéndose relajada—. Ve por donde caminas, almejita. Podrías tropezar con alguien si vas por la vida así.
Odile se detuvo en seco y alzó la cabeza para mirar a su alrededor. Justo frente a ella a menos de dos metros, Nabil se hallaba frente a una fuente de agua, con una sonrisa radiante mientras sacudía su mano.
El castaño corrió hacia ella, como un pequeño niño que acaba de descubrir el lugar donde se encuentra su atracción favorita.
La pelinegra colgó y lo observó, estupefacta.
—¿Cómo me reconociste? —balbuceó.
—Te puse un GPS —respondió. Ella lo miró, horrorizada—. Es broma. Fue por tu atuendo. Eres la única que viste así en la facultad —se aproximó a ella y le sonrió, galante—. Tienes un estilo único.
—¿Quieres que te haga un favor?
—¿Por qué interpretas mis halagos como pedidos? —inquirió, ofendido—. ¿Debo recordarte quién se ofreció a ser tu tutor?
—Te agradezco por eso. De verdad —El rostro de Nabil se suavizó al experimentar aquella sensación de gratitud y cariño reflejado por la pelinegra—. Me alegra verte.
Su pecho se infló al escucharla. Carraspeó y tomó una distancia prudente al sentir que sus fuertes latidos lo delatarían.
—¿Ahora quién halaga por pedidos?
—Solo soy sincera. Quería decírtelo antes de que pudieras sentirlo y averiguarlo por ti mismo —admitió, mirándolo fijamente—. Para dejar en claro que no quiero alejarme de ti.
El corazón de Nabil se paralizó por un breve momento, como si aquel órgano vital también hubiera querido detenerse para admirar y enmarcar ese preciso instante.
Fue la primera vez que el príncipe sintió la tortuosa necesidad de ver un rostro.
Quiso ver la sonrisa y los ojos de quien lo había dicho. Con todas sus fuerzas.
Sonrió, embelesado, en vez de horrorizarse por aquella revelación.
—Odile, tengo algo para ti.
Ella alzó sus cejas, confundida. Hasta ese momento no había notado que Nabil llevaba sus manos detrás de su espalda. Lo observó, curiosa.
Antes de que él pudiera mostrarle lo que tenía detrás, un grito desgarrador les heló la sangre.
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Editado: 26.12.2025