Los mellizos aún no habían nacido cuando le dieron el primer diagnóstico a su padre. Siempre agradeció por ello. Aquel suceso había marcado su infancia y el resto de su vida.
Ver a su madre derrumbarse en el pasillo del hospital, sin nadie más que él —un niño de seis años— para apoyarla.
El rostro pálido y ojeroso de su padre.
Sus dedos delgados y helados.
La sensación de que jamás volvería a verlo.
Era extraño, pero cada recuerdo que tenía de su niñez era gris.
Menos aquellos recuerdos en los que él estaba.
—¡Arthur!
Nabil corrió hacia él, sin dejar de sonreír a pesar de que le faltaban tres dientes delanteros. Hizo una mueca de fastidio al ver que tenía unas piedras extrañas en su mano derecha.
—Nabil, te dije que no quiero buscar piedras contigo.
—Lo sé, lo sé —exclamó, con una enorme sonrisa—. ¡Por eso te traje otra cosa hoy!
—¿Qué?
—¡Un sapo! —Sacó su mano izquierda detrás de su espalda y le enseñó el enorme sapo que sujetaba.
Lo que horrorizó a Arthur, fue ver que el sapo estaba completamente ensangrentado. Palideció al ver que la roca que Nabil tenía en la mano también lo estaba.
—¡¿Pero qué fue lo que hiciste?!
En respuesta, Nabil comenzó a carcajearse sonoramente.
—¡Lastimó a un sapo y me dijo que lo hizo para que yo lo curara! —Su padre se carcajeó al escucharlo. Arthur lo observó, indignado—. ¡¿Por qué te ríes?! ¡Pensé que ibas a horrorizarte!
El pecho de su padre vibró, pero su risa fue demasiado como para que su cuerpo débil soportara y comenzó a toser. Arthur se aproximó a la camilla, preocupado. Se sintió culpable.
—Lo siento, ha sido mi culpa. No debí contarte.
—Patrañas —siseó su padre. Sujetó la mano de su hijo y le sonrió débilmente—. Nunca dejes de contarme de tu vida, Arthur, ¿de acuerdo? —El niño asintió, con un nudo en la garganta—. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Su padre sonrió, satisfecho con su respuesta. Sabía muy bien lo bueno que era su hijo. Jamás faltaría a una promesa.
—Ahora bien, en cuanto a tu amigo el maleante de sapos…
—No es mi amigo…
—Tenle algo de paciencia. Hace lo que puede con lo que tiene.
—¿A qué te refieres con eso?
—Cada… “familia”…, es diferente, Arthur —intentó explicarle—. Aunque no fue lo correcto, tu “no amigo” te demostró, a su extraña y perturbadora manera, que te aprecia.
Arthur agachó la mirada, pensativo.
Desde que su padre había sido diagnosticado con cáncer, lo único que había recibido de sus amigos era consuelo y lástima. No reían cuando estaban junto a él por temor a hacerlo sentir mal y siempre cuchicheaban, preocupados por hacer algo que le afectara.
Era extraño. Ningún niño a esa edad debía comprender lo que significaba morir, pero Arthur ya lo sabía. Se había familiarizado con la muerte. Quizá por eso logró salvar al sapo sin parpadear antes de llevarlo al consultorio de su padre (atendido por su asistente).
Nabil había sido el único que —a su extraña manera— le hacía olvidar por un momento que era un niño familiarizado con la muerte.
Aquel niño sin dientes delanteros se convirtió en el único recuerdo colorido de su infancia. Aunque siempre guardó esperanzas, una pequeña parte de él continuamente esperó perder a su padre, pero al menos en cada suceso fatídico que se imaginaba, Nabil siempre estaba a su lado.
Siempre que tenía una pesadilla en la que vestía completamente de negro y el día era lluvioso, Nabil estaba a su lado, dándole fortaleza.
Nunca imaginó que aquella pesadilla se hiciera realidad de la peor forma posible.
Caminó entre el pasto húmedo y observó con pavor la montaña de tierra removida y el enorme hueco que había sobre el terreno. Tembló.
—Su muerte ha sido demasiado repentina —escuchó a una mujer decir. A pesar de que la familia real se había esforzado para que el funeral fuese privado, había camarógrafos con banderas que ni siquiera conocía cubriendo el suceso.
Alguien sujetó su mano. Alzó la mirada y vio como su padre le sonrió, en un intento de tranquilizarlo. Desde su última quimioterapia, había mucha más vitalidad en su mirada. Había recuperado el color en su tez y sus manos ya no eran delgadas y frías, sino cálidas y fuertes. Estaban muy lejos del ataúd. Fueron invitados solo porque su madre era concejal de la capital, pero no eran lo suficientemente cercanos a la familia real para atreverse a ir más allá.
Entonces lo vio, sentado en la primera fila. Con la mirada perdida y fría.
No se sorprendió de verlo allí. Su padre había hablado con él en casa, antes de salir.
«Supongo que ya has escuchado sobre el fallecimiento de la princesa Louisa, la hija del príncipe soberano. Arthur… Su alteza…, era la madre de Nabil».
La familia real de Barley era conocida por su pragmatismo. Era como si en la cronología de su historia hubieran pasado de las leyendas escandalosas de amoríos, peleas legendarias, muertes trágicas y apasionadas, a un silencio repentino que los convirtió en un completo misterio.
Saber que aquel joven que siempre jugaba con rocas y gozaba del sufrimiento de los animales era un príncipe, le sorprendió, pero no tanto como el impacto que le generó saber que había perdido a su madre.
Nabil ahora conocía la muerte mejor que él.
«Te lo digo, porque lo verás en el funeral y debemos asistir, queramos o no, pues tu madre es la concejal. El mundo solo conoce el rostro del príncipe soberano y el príncipe heredero, pero el resto de la familia real siempre ha preferido estar en el anonimato para tener una vida normal y debemos respetar eso, ¿de acuerdo? Como el amigo que sé que eres para Nabil, confío en que procurarás que él mantenga una vida tranquila y alejada de este foco. Lo necesita más que nunca…».
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Editado: 30.06.2026