Besar al príncipe

Capítulo 38

Después de la discusión que había mantenido con Arthur, Odile pensó que lo correcto era renunciar a su trabajo como niñera de los Octopus.

Adoraba a la familia. Siempre contaba los días hasta que llegaba el momento de ir a su casa y pasar tiempo con ellos. Los extrañaba cuando se iba y pensaba en los chicos, en el doctor Octopus y la alcaldesa cuando no se encontraban juntos.Su cariño era profundo y sincero e influía sentirse finalmente querida y aceptada en un lugar, sin ser juzgada y señalada.

Si bien Arthur había sido la razón por la que se había acercado tanto a la familia Octopus, paradójicamente, ahora los apreciaba más a ellos que a él.

Aunque eso no borraba sus sentimientos por el basquetbolista. Por esa razón, consideraba que lo mejor era dejar de frecuentarlos.

La relación con Arthur se había vuelto insostenible y lo menos que deseaba era causar incomodidades. Además, sabía y comprendía que, tanto el doctor Octopus como la alcaldesa, siempre tomarían el bando de su hijo y el corazón de Odile ya no era capaz de resistir otro desplante más de las personas que apreciaba.

Lo sensato, era cortar relaciones ahora que su corazón no estaba tan comprometido con ellos.

Estaba lloviendo a cántaros. La casa de los Octopus apenas podía visualizarse desde el taxi. Salió del auto y corrió a toda prisa hacia la entrada de la casa, intentando en vano tapar su cabeza con sus manos.

Sin embargo, antes de poder llegar a la puerta, vio un pequeño animalito cruzar la carretera a toda prisa.

—¿Pero qué…?

—¡Orión!

Observó a la pequeña Wendy correr debajo de la lluvia. Un auto iba a toda velocidad por el tramo. Odile se aproximó a ella antes de que pudiera cruzar la carretera y la sujetó de la cintura justo en el instante en el que el auto pasó por un costado de ellas.

Odile miró el pavimento, con el corazón en la garganta. Suspiró aliviada al ver que el pequeño perro Salchicha había logrado cruzar sin salir herido, pero ahora lo había perdido de vista.

Agachó la mirada y observó a Wendy, pálida.

—¡Wen, debes tener cuidado!

—¡Lo siento, lo siento! —La pequeña niña abrazó a su niñera, con los ojos nublados—. ¡Orión le tiene pánico a los truenos, salió de la casa y no quería perderlo de vista, lo siento mucho!

—Entra a casa. Iré por él.

—¡No! —La niña la sujetó de la camisa y la miró, suplicante—. No deberías ir sola, quédate aquí. Déjame avisarle a papá y a Arthur.

—¡Odile!

Peter corrió hacia ellas, igual de espantado que su hermana melliza.

Odile le regaló una cálida sonrisa a Peter y luego a Wendy.

—Se enfermarán si se siguen mojando. Entren a casa y sírvase algo caliente. Los primeros minutos son cruciales para no perder el rastro y ya vi por dónde se fue. Vayan adentro, prometo no tardar. Avísenle a sus padres y…, quizá no deberían avisarle a su hermano. Él…, tiene muchas cosas de las que preocuparse y saber que Orión se perdió solo lo pondrá peor. Yo me encargaré, ¿de acuerdo? —Los niños asintieron, pocos convencidos—. Vayan adentro. Ahora.

Estaban renuentes, pero confiaban ciegamente en Odile y sabían que cada segundo que ella permaneciera allí, dificultaría encontrar a Orión. No tuvieron otra opción más que darle la espalda y entrar a casa. Wendy le pidió que aguardara un momento. Ingresó a casa y le dio un paraguas. Odile le agradeció y se marchó.

Afortunadamente, Orión no tenía mucho tiempo extraviado y había visto el lugar por el que había huido. Resultaría más sencillo para ella encontrarlo.

—¡Orión!

La desventaja, era que Orión odiaba a cualquier que no fuese un Octopus.

“Quizá sí debí traer a Peter y a Wendy”, pensó.

Con aquel diluvio, resultó más complejo lograr atisbar algo, pero Odile se las ingenió e intentó pensar como Orión e ir al lugar donde los truenos no se escucharan demasiado. Posiblemente, buscaría refugio en un arbusto denso, muy cerca del borde del bosque.

Las gotas dejaron de sentirse menos dolorosas. Lo que había sido una lluvia torrencial se convirtió en un leve rocío. Odile lo agradeció. De esa forma, sería más sencillo oír a Orión.

—Orión.

Sin embargo, el sonido de la lluvia fue sustituido por el de los sapos y los grillos.

Al notar que la vegetación se había vuelto más densa y que ya no podía vislumbrar alguna casa, Odile comenzó a andar con cuidado. Si bien Nabil le había enseñado muchas partes del bosque y era un excelente maestro, no podía subestimar a la naturaleza.

Alumbró con su celular cada zona, llamando una y otra vez con voz leve al perro salchicha, hasta que escuchó unos leves chillidos. Apuntó a los arbustos.

—¿Orión? —entrecerró sus ojos y apuntó hacia la densa vegetación. Se inclinó, sujetó un palo y comenzó a mover los arbustos, encontrándose con el tembloroso perro salchicha—. ¡Orión!

El perro ladró en respuesta.

Emocionada, se aproximó a él y lo sujetó con sumo cuidado. Solo cuando lo tuvo entre sus brazos recordó el odio que el canino le profesaba a los extraños, pero en cuanto sintió como él restregaba su cuerpo contra su pecho, comprendió que ya no era una extraña.

—Me alegra mucho haberte encontrado. Eres el tesoro más preciado de tu padre humano —sonrió, tenue.

Unos sonidos extraños la alertaron. Por mero impulso, abrazó a Orión y se ocultó entre los mismos arbustos donde lo había encontrado.

Aquellos sonidos inusuales se convirtieron en susurros y pisadas.

Dos hombres vestidos completamente de traje negro se detuvieron a solo unos centímetros de su escondite.

—¿Dónde se metió? —inquirió el más alto.

—No puedo creer que la hayamos perdido de vista.

—Nadie en su sano juicio entra al bosque mientras llueve. Mucho menos si eres una forastera. No fue nuestra responsabilidad.

—Espero que repitas eso frente al jefe —masculló su compañero.

Odile frunció el ceño.




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