Besar al príncipe

Capítulo 39

Cuando su madre le dijo que Orión se había escapado de casa y que Odile había ido por él bajo aquel aguacero, un tope de adrenalina fue inyectado en su cuerpo.

Durante todo el trayecto quiso convencerse de que aquella pesadumbre en el corazón era por Orión y no por aquella terca y desafiante pelinegra que lo había sacado de su zona de confort desde que llegó y que se había metido debajo de la piel de toda su familia.

Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba y no había rastro de ella ni de Orión, sus pensamientos se llenaron de su nombre.

Su corazón comenzó a buscarla desesperadamente.

El pequeño perro salchicha restregó su cuerpo contra su pecho, rendido al sueño. Arthur acarició el puente de su nariz y terminó de abrigarlo luego de bañarlo y secarlo.

Miró el umbral de la puerta, impaciente. Después de encontrar a Odile y a Orión, Arthur los llevó a casa. Peter se encargó de darle todo lo necesario para que la pelinegra pudiera asearse y ponerse ropa seca mientras que Wendy se encargó de lavar su ropa enlodada (ya que a Odile no podía con la vergüenza de que alguno de los chicos viera su ropa íntima), mientras que él se encargó de Orión y de prepararle un té caliente.

Habían pasado varios minutos desde que Wendy le había gritado a Odile que su ropa interior se había secado y que podía usarla, así que suponía que la razón por la que no había entrado a la cocina era porque estaba enterrándose en su propia pena.

Dejó sobre la silla a Orión y sujetó la taza de té con ambas manos. Al notar que estaba fría, lanzó el agua a las plantas y volvió a hacer uno nuevo. No sabía si era la preocupación y la adrenalina aun corriendo por sus venas, pero se sentía inquieto.

“Quizás porque la abrazaste como si fuera un peluche de tu feliz infancia”.

Sintió su rostro arder y cerró sus ojos ante la vergüenza que lo sacudió.

¡¿Por qué la había abrazado así?!

¡¿Acaso había perdido la cabeza?!

“De seguro está aterrada”, se lamentó.

—Arthur.

Respingó al escuchar su voz y alzó la mirada, quedando completamente paralizado.

Las pijamas de Wendy eran muy pequeñas y las de su madre eran tan extravagantes que estaba seguro de que Odile se hubiera mantenido encerrada en el baño hasta que su ropa estuviera seca. Por esa razón, Arthur le dio una de sus camisas y un short del equipo de básquet.

Odile estaba bajo el umbral, vistiendo su ropa e incluso sus pantuflas de perro salchicha. Su cabello aún estaba húmedo y marcaba su rostro con más suavidad que cuando estaba alborotado.

Repasó la imagen frente a él.

Odile estaba usando su ropa.

Con el cabello húmedo.

Odile pudo sentir su mirada intensa y enterró la cabeza entre sus hombros, cohibida.

—Wendy me dijo que podía usar esto mientras esperaba mi ropa, pero si te sientes incómodo—

—No —se apresuró a decir, aún consternado—. Solo…, es la primera vez que veo a alguien que no sea Peter usando mis shorts y mis pantuflas.

—Disculpa.

—No tienes que disculparte. Más bien, debería agradecerte por encontrar a Orión. De no haber estado aquí, seguro las cosas no hubieran resultado tan bien.

Odile le sonrió—. Estoy segura de que cualquiera lo habría hecho.

Un silencio tenso se formó entre ellos.

Hace tan solo unas horas habían discutido fuertemente, dispuestos a desaparecer de la vida del otro. Y ahora, se encontraban bajo el mismo techo.

Arthur tenía muchas cosas que decir. Sus emociones se lo gritaban, pero su mente lo contenía.

Incluso su miedo.

Le aterrorizaba lo impredecible que podía ser Odile y la forma en la que se había integrado a su familia. Sobre todo, le aterrorizaba haberse acostumbrado a su presencia y sentir aquel miedo avasallante en su ausencia.

Con todos aquellos sentimientos atormentándolo, lo único que pudo decir fue—: Te preparé té. —Odile alzó sus cejas, impresionada. Arthur le hizo un ademán para que tomara asiento. En cuanto lo hizo, Orión saltó hacia ella y se acomodó sobre sus piernas, dejando estupefacto a Arthur—. Supongo que ya te considera una Octopus.

Aquel comentario estremeció a Odile.

Había ido precisamente para evitar fortalecer el lazo con la familia Octopus, pero al parecer, el destino se empeñaba en todo lo contrario.

—Solo está agradecido. Por eso los animales son tan maravillosos —repuso, acariciando el puente de la nariz del perro salchicha. Arthur dejó la taza sobre la mesa y le regaló una sonrisa a boca cerrada que ella le correspondió—. Gracias.

—Tu cabello sigue húmedo. Lo secaré.

—A-aguarda. No es necesario que—

Antes de que pudiera terminar la oración, Arthur rodeó la isla de la cocina y salió del lugar. Unos minutos después, llegó con la secadora, la conectó al lugar más cercano y la encendió a pesar de las protestas de Odile.

—Mantener el pelo húmedo después de lo empapada que quedaste aumentaría el riesgo de un resfriado —explicó él, sujetando un mechón de su cabello. Deslizó sus dedos lentamente por aquellas hebras oscuras y largas—. Tu cabello es…

—Demasiado voluminoso, lo sé. Secarlo es un completo martirio —se apresuró a decir ella, apenada.

—Iba a decir bonito —comentó, dejándola pasmada. Carraspeó al darse cuenta de sus palabras—. Descuida, si he podido con la bestia peluda que Wendy tiene en la cabeza, podré con este. No quiero decir que tú tengas una bestia peluda en la cabeza, sino que—

—Comprendo —le interrumpió Odile con una risilla.

Afortunadamente para ambos, el sonido de la secadora de cabello logró opacar aquel silencio incómodo entre ambos.

Una vez que se aseguró que todo el cabello estaba completamente seco, Arthur apagó la secadora y la dejó sobre la mesa.

—Estás lista.

Odile se puso de pie casi de inmediato, como si lo hubiera estado esperando desde el instante en el que Arthur se posó detrás de ella.




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