Odile corrió con todas sus fuerzas por la acera. La lluvia había cesado y el pavimento seguía húmedo. Las pantuflas de perro salchicha terminaron empapadas y tuvo que detenerse. Era mejor pedir un taxi que correr hacia la parada de autobús. Sin embargo, antes de hacerlo, observó a alguien corriendo al otro lado de la acera.
—¡Nabil!
Él alzó la mirada. Estaba empapado de agua de lluvia y sudor y su pecho subía y bajaba, agitado. Odile sonrió al verlo, emocionada. Corrió hacia él. Estaba tan emocionada que ni siquiera notó como él la miró de arriba hacia abajo, una y otra y otra vez.
—Odile… —murmuró, con los ojos abiertos de par en par—. Eres tú…
—¡No vas a creer lo que descubrí!
—¿Odile Bretson, por qué estás vestida como si fueras a enfrentarte contra Michael Jordan?
—Es una larga historia. Pero el punto es—
—¡Tus manos!
Odile agachó la mirada y observó lo raspadas que estaban. Había preferido no decirle nada a los Octopus porque luego harían muchas preguntas.
—Resbalé por accidente —explicó, pero Nabil la ignoró olímpicamente mientras la revisaba—. Tranquilo, no fue para tanto.
—¡Por Dios santo, tus brazos! —exclamó, sujetándola de los codos.
Odile se apartó, comenzando a irritarse por el dramatismo de Nabil.
—Te digo que no ha sido nada. Solo escucha lo que acabo de descubrir. ¡Es importante!
—¡¿Cómo puedes ser tan inconsciente, Odile?! —gritó, sorprendiéndola—. ¿Crees que un perro salchicha vale mucho más que tú?
La algarabía de Odile se esfumó ante su reproche.
—¿Cómo sabes del perro salchicha?
—¡Porque contraté a alguien para que te siguiera!
Odile retrocedió, estupefacta. Ni siquiera había notado el hecho de que Nabil la había encontrado fácilmente y que lucía bastante desaliñado (algo impensable para él) hasta ese momento.
—Espera… Esos hombres… ¡¿Fuiste tú?! —lo señaló, patidifusa—. ¡¿En qué estabas pensando, Nabil?!
—¡En tu seguridad, evidentemente! —respondió, sintiéndose agraviado—. Pero es obvio que tú no has pensado en ella.
—Lo que has hecho es ilegal.
—¿Según quién?
—¡Según la ley!
—Dudo mucho que conozcas las leyes del principado de Barley —replicó él, arrogante.
Odile se cruzó de brazos, descontenta. Sin embargo, Nabil no se inmutó, irritándole aún más.
—¿Cómo pudiste contratar a alguien para que me siguiera?
—¡Y gracias a Dios que lo hice! —espetó—. Si no hubiera sido por ellos, ¡quién sabe en qué hueco estarías enterrada!
—No me ocurrió nada, estás exagerando, ¡con todo! —replicó molesta—. Ni siquiera mi padre ha hecho algo así y créeme que eso es demasiado decir del hombre que casi entierra vivo a varios sujetos. Criminales, quiero aclarar.
—Parece que estar tan ilusionada del princeso de Arthur apaga aún más tu sensor de peligro, ¿eh? —cuestionó él con una sonrisa amarga. Odile entrecerró sus ojos, ofendida—. Ninguna persona, por más encantada que esté por alguien, ¡actuaría de forma tan imprudente! ¡Ningún ser de este planeta vale tanto para arriesgar tu propia vida! ¡Mucho menos si no son absolutamente nada! Dios, tus padres te hicieron un daño enorme al educarte en casa. ¡Eres muy ingenua!
—¿Disculpa? —abrió su boca, sintiéndose insultada—. ¡Quién te crees para…?! ¡Oye!
Nabil la sujetó de la muñeca y la arrastró con él hasta un auto. Le abrió la puerta y, al ver al chofer, Odile notó de inmediato que se trataba de uno de los hombres que la había seguido.
—Sube, por favor —insistió Nabil. Odile se mantuvo quieta, al mismo tiempo que él soltó una risa seca—. ¿Ahora si estás velando por tu supervivencia? ¿De verdad, Bretson?
—Deja de llamarme por mi apellido, me siento señalada y reprochada.
—¡Porque te estoy señalando y reprochando! —replicó él—. ¡Lo haré hasta el final de mis días!
—Deberías controlar tu tono de voz si no quieres perder tus cuerdas vocales.
—¿Ahora me amenazas? Vaya… —negó, incrédulo—, de verdad eres una desalmada.
—Solo me preocupo por tus cuerdas vocales y por ti.
—Si te preocuparas por mí responderías mis mensajes y dejarías de andar deambulando por el bosque en busca de un perro pulgoso que ni siquiera es tuyo —dijo, molesto. Odile resopló y prefirió hacer oídos sordos, sacándolo más de quicio—. Anda, sube ya. Si no te preocupó ser comida para bestias raras tampoco debería preocuparte que vaya a vender tus órganos.
—Subiré, pero solo porque tenemos que conversar seriamente sobre un asunto importante.
—Ya lo creo.
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Después de su altercado, Nabil no dijo una sola palabra en todo el camino. Ni siquiera se molestó en excusarse por contratar a hombres que la siguieran. Al pasar tanto tiempo con él, había notado que Nabil tenía una forma bastante estrambótica de demostrarle a las personas que apreciaba cuánto le importaban.
El chofer los dejó frente a un pequeño supermercado. Nabil le pidió que lo esperara en una de las mesitas de la cafetería y volvió tan solo unos minutos después con una pequeña cesta de compras.
—Ten —dijo él con sequedad. Dejó un kit de medicinas sobre la mesa y unos fideos instantáneos. Odile no pudo evitar sonreír al quitarle la tapa y ver que le había puesto capuchino—. ¿Qué te hace tanta gracia?
Ella alzó la mirada, enfrentándolo.
—Jamás te había visto tan amargado.
Pensó que la miraría ofendido y que volvería a darle otro sermón, en cambio, su rostro se oscureció.
Odile lo observó con cautela y notó que no estaba lidiando con el Nabil con el que solía interactuar casi todos los días.
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Editado: 20.07.2026