Besar al príncipe

Capítulo 41

—Entonces, el amiguito de Arthur sí consumió algo y ese algo lo consiguió en la galería más famosa de la ciudad —afirmó Nabil, tomando asiento frente a ella—. ¿Crees que el resto de los afectados haya hecho lo mismo?

—Es lo más probable —respondió Odile, tendiéndole una taza de té.

Cuando Odile lo invitó a su casa, su corazón —que ya de por sí estaba latiendo desbocado— enloqueció.

Nabil sujetó la taza de té y miró hacia todos lados—. Por cierto, ¿estás sola en casa?

—Mi papá está de guardia en el hospital.

—¿Y aun así me invitaste a tu casa? —inquirió, patidifuso. Una sonrisa pícara se formó en sus labios—. Vaya, Odile, no sabía que eras una chica mala —ronroneó. Odile frunció el ceño, confundida. Ante el gesto, él suspiró—. Olvídalo. —Tomó un sorbo y cerró sus ojos, fascinado—. Qué delicia. ¿Lo haces tú misma?

—Lo hace mi padre.

—¿El mismo que desenterraba cadáveres de forma ilícita?

—Descuida, las bolsitas ya no tienen tierra de cementerio.

—¿“Ya no tienen”? —cuestionó, temeroso. Odile soltó una risilla que lo hizo sonreír—. Tu casa es muy bonita. Algo… —Miró a su alrededor. No había demasiados adornos, solo una que otra fotografía familiar cuyos rostros no podía reconocer por más que quisiera y algunos muebles—, minimalista, pero linda.

—Mi padre está casi todo el día en el hospital haciendo guardias y yo en la universidad, así que no le damos tanto calor como quisiéramos. Aunque los sábados son exclusivamente para descansar y dedicarlo a la familia.

—Eso es muy bonito.

—¿Tienes familia, Nabil? Quiero decir, además de tus padres —dijo apenada, recordando que hace tan solo unos minutos le había confesado que ambos habían fallecido.

Se arrepintió de la pregunta apenas salió de sus labios, pero Nabil no se mostró a la defensiva. En cambio, sonrió.

—La tengo. Pero es un poco, ¿cómo decirlo de forma decente? —inquirió—. Complicada me parece un término idóneo. Su sobreprotección roza lo espeluznante.

—Debe ser terrible que una persona te proteja en exceso —dijo sarcástica y acusándolo con la mirada.

—En mi defensa, diré que siempre estás en los momentos y lugares más incorrectos y sería un completo dolor de cabeza buscar otra pareja para el proyecto a estas alturas.

—¿Gracias?

—Y con respecto a eso, considero que es mejor que nos concentremos más en saber sobre los amoríos entre los Dríades y los Pendragón y dejemos de lado la investigación de las convulsiones a los policías.

—¿Qué? No puedes decirme algo así, Nabil.

—Creo que estamos ahondando en algo mucho más grande que nosotros, Odile —expuso, dejando la taza de té a un lado—. Si Arthur te contó eso, de seguro su madre ya lo sabe también. La señora Octopus tiene contacto directo con la familia real, así que estoy seguro de que ellos se encargarán del asunto.

—Pero—

—Por ahora, concéntrate en aprobar química. El examen es mañana.

Odile suspiró, resignada. Entre tantos conflictos, había olvidado por completo el examen de química.

—Dudo mucho que pueda aprobar el examen.

—Descuida, para eso estoy aquí —dijo, altanero—. Haremos una vigilia.

—¿Qué?

—Estudiaremos durante tooooda la noche. Yo te enseñaré. Te aseguro que podrás aprobar el examen así que no te aflijas.

—¿Vas a quedarte?

—O puedo irme y estudiar por teléfono, si prefieres.

—No. Mejor será que te quedes. —Nabil contuvo una sonrisa boba ante su pedido y asintió como si poco le importara—. Traeré mis apuntes.

—Ve.

Odile asintió, entusiasmada. Aunque faltaban solo horas para el examen, confiaba ciegamente en la capacidad de Nabil, pues las únicas veces en las que había logrado entender la materia, fue cuando él se la explicó.

Nabil la observó marcharse. Una vez que se fue, su sonrisa se ensanchó.

—Apuesto a que Arthur no ha estado aquí —aseguró, socarrón.

Se permitió echarle un vistazo al lugar, pavoneándose como un pavo real que había conseguido una pequeña victoria contra su contrincante.

Las paredes eran blancas y grises. Había un reloj en la pared y algunas cajas de mudanza seguían apiladas. Una en particular llamó su atención, pues lucía como si la hubieran abierto una y otra vez por los pliegues marcados en el cartón. Se acercó, intrigado. Si por naturaleza era un cotilla, cuando se trataba de algo relacionado con Odile se convertía en un detective especializado. En su defensa, ella también era así, por lo que estaba en la obligación moral de dejárselo pasar si lo descubría.

Entreabrió la caja y quedó maravillado al ver el interior.

Era un cuadro de una flor real perfectamente conservada en lo que parecía gel de sílice. Había otros tres cuadros debajo que parecían poseer la misma técnica, pero continuó fascinado por el primero; un ramo de flores de (las que ahora conocía su nombre gracias a Odile) Camelias y otras que no pudo identificar, pero que eran igual de hermosas y coloridas. Había una inscripción en dorado en la esquina del cuadro, pero antes de poder leerla, los pasos de Odile le alertaron y cerró la caja de inmediato.

La pelinegra ingresó a la sala. Se había cambiado para ponerse su propia pijama, un enterizo en forma de hongo que le robó una sonrisa.

¡Se veía tan linda!

Sin poder contenerse, despeinó su cabello, tomándola desprevenida con el gesto.

—Está mucho mejor que ese atuendo de Michael Jordan que traías puesto.

Odile refunfuñó, acostumbrada a las burlas de Nabil a su costa.

—Traje todas mis anotaciones —dijo, mostrando su cuaderno y una pila de hojas.

—Santo cielo, ¿acaso escribes incluso las historias de los divorcios del profesor?

—Anoto cada paso por más mínimo que sea para poder comprenderlo todo. Pero igual sigue resultando difícil de entender.

—Descuida, convertiré treinta pasos en cinco. Toma asiento —dijo, señalándole el sofá. Odile asintió y tomó asiento—. Por cierto, ¿puedo preguntar por qué no han desempacado esas cajas? Es solo curiosidad.




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