Besar al príncipe

Capítulo 42

Agachó la mirada y observó la fotografía—. Hay ocasiones…, en la que pienso que debí irme en su lugar.

Nabil la miró como si lo que acababa de decir fuese una abominación.

—Jamás vuelvas a repetir eso en tu vida —le reprochó.

—No en el sentido que piensas —repuso—. Quiero decir, mi madre era la persona más maravillosa que he conocido. Era valiente, honesta, justa y además tenía un corazón enorme.

—También eres valiente, honesta, justa y con un corazón enorme —declaró él. La naturalidad de su réplica conmovió a Odile, aflorando su corazón—. Y eres la persona más magnífica que conozco.

—Eso es porque no la conociste a ella —sonrió, restándole credibilidad a las palabras de Nabil. Sabía que lo decía solo para animarla y le agradeció por el gesto aunque realmente no lo sintiera—. Era realmente fantástica y, sobre todo, amaba intensamente a mi padre. Estoy segura de que, de haberlos conocido a ambos, los admirarías tanto como admiras a esos ancianos de Broadway —afirmó, orgullosa—. De haberme ido yo, se tendrían uno al otro, soportando el dolor con amor. Pero, en cambio… —su voz se apagó, al mismo tiempo que sus ojos se clavaron en el rostro de su madre.

Nabil observó cada acción hecha por ella en completo embeleso.

La forma en que sus dedos delgados abrazaron la foto y luego la dejaron sobre el soporte de madera caoba y como se deslizaron lentamente por el rostro de su madre. Su pecho subiendo y bajando lentamente, su cabello rebelde cayendo sobre su barbilla perfilada y su postura firme, a pesar de que la tristeza volvía a arroparla.

La sensación de pérdida que emanaba era insoportable y dolorosa. Le oprimía el pecho y le dificultaba respirar.

¿Cómo podría lucir tan normal cuando llevaba a cuestas un dolor así?

La razón por la que Nabil siempre tomaba cualquier conflicto con ligereza, era porque los enfrentamientos siempre le provocaban un terrible malestar. Las emociones le afectaban el doble que a las personas normales. Era como un hormigueo físico. Incluso podía sentir que sus extremidades se adormecían y un vértigo terrible alteraba sus nervios. Por esa razón odiaba los conflictos y las emociones de los demás.

Enfrentar un sentimiento siempre suponía una ola intensa de sensaciones que lo sobre estimulaban a tal punto de abrumarlo. Por eso las evasivas y la despreocupación eran sus mejores aliados.

Por esa razón quiso poner una enorme distancia de Odile cuando la conoció.

Pero ahora…

Le dolía más no poder vivir aquel dolor con ella.

—¿Ves la forma en la que están tus padres en la fotografía? —Odile lo observó, confundida—. Mantienen el contacto físico entre ellos como evidencia inequívoca de que no pueden estar sin el otro. Pero ambos te abrazan e inclinan sus cabezas hacia ti. Y, sin riesgo a equivocarme, estoy seguro de que ambos te miran a ti en vez de a la cámara. — El pecho de Odile se oprimió. Asintió, dándole la razón—. Eres la personificación de su amor. Te aseguro que no hubieran podido continuar sin esa personificación. Un hijo se prepara para las pérdidas de sus padres y un esposo para la pérdida de su esposa. Pero es antinatural enfrentar la pérdida de un hijo. Ella no hubiera deseado que tuvieras pensamientos así.

—Lo sé, Nabil, pero no puedo evitar tenerlos —espetó.

—Lo siento —se disculpó—. Lo que dije no fue con la intención de minimizar lo que sientes, yo…

—Lo dijiste con la intención de querer desaparecer lo que siento porque no quieres lidiar con ese sentimiento.

—Te equivocas —replicó él, sereno—. Es porque no quiero que lo tengas.

El gesto de Odile se suavizó al escucharlo.

—Lamento la forma en la que te respondí —dijo, avergonzada—. Hablo desde mi propio corazón, ignorando que tú tienes que lidiar con más de uno. No sé cómo podría reaccionar si pudiera experimentar tu dolor, pero creo que es justo que lo compartas conmigo.

Su propuesta repentina fue algo que Nabil no esperó.

Compartir sus sentimientos verdaderos.

Forzó una sonrisa.

—La víspera de exámenes es la menos idónea para algo así y más aún lo es la noche —expuso él, cambiando sin disimulo alguno el tema—. Las personas se abren de más durante la noche y cuando llega el día suelen arrepentirse.

—¿Te arrepentirías de abrirte conmigo?

—Me arrepentiría que repruebes por causa de mi trágica vida —intentó bromear—. Descansa esta hora que queda, ¿sí? Te despertaré.

—¿Qué hay de ti?

—No tengo sueño.

Odile asintió, poco convencida.

Se recostó en el mueble y Nabil se encargó de arroparla.

—Aguarda, debo lavar la ropa de Arthur para entregársela.

—¿Lo que traías puesto era ropa de Arthur? —Ella asintió, somnolienta. Nabil resopló, repentinamente malhumorado—. La lavaré en mi casa y luego te la entrego. No te preocupes.

—Pero…

—Duerme ya…

—¿Te vas a ir?

—Lo haré cuando duermas.

—¿Realmente crees que pueda pasar el examen, Nabil?

—¿Crees que echaría a la basura nueve horas de sueño de belleza y juventud de no creerlo?

—Gracias por eso.

—Para mí es un gusto, muñeca cabezona.

Odile murmuró algo inaudible y cerró sus ojos, quedando profundamente dormida.

Nabil sonrió, embelesado, pero al mismo tiempo, temeroso de todo lo que Odile le estaba generando.

Le encantaban todas las sensaciones que le provocaban los enamoramientos.

El cosquilleo en el estómago, las ansias de ver a esa persona todos los días, su cercanía y los momentos felices. Todo eso era como un ungüento frío y relajante ante el escozor que experimentaba con las confrontaciones, el tener que mostrarle su verdadero yo a alguien bajo el riesgo de que se marchara, que le desilusionara o peor aún, que rompiera su corazón.

Odile llevaba sobre su espalda una sobrecarga de sentimientos que él evitaba en las chicas e incluso en sí mismo. Además, por su personalidad siempre crítica, era evidente que estaba dispuesta a descubrir quién era él más allá de sus chistes malos, su personalidad despreocupada y su sonrisa coqueta.




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