—Odile…
—Te ves un poco demacrado.
Nabil resopló y la miró, fastidiado.
El cabello rizado de Nabil estaba desparramado sobre la hojarasca y también sobre su rostro terso. Era la primera vez que veía pequeñas bolsas oscuras debajo de sus ojos claros y cansados.
Y ahora enojados.
—Levántate ya.
—Sí-sí —tartamudeó ella, poniéndose de pie de inmediato—. Sé que estás agotado y que realmente necesitas tus horas de sueño y belleza…
—Al grano, Bretson.
—Pero esto que descubrí creo que es importante. Mira —señaló hacia la cueva que había visto horas antes.
Nabil frunció el ceño y caminó hacia el lugar. Odile le siguió y se detuvo cuando él lo hizo.
La entrada de la cueva estaba oculta entre la espesa vegetación y las enormes raíces de los árboles. Era una abertura irregular de roca, pero Odile ya había visto demasiadas cuevas como para poder identificar la entrada de una, al igual que Nabil. Además, desde allí emanaba un aire fresco, mucho más que el del bosque.
Cuando él se giró para mirarla, Odile lo comprendió de inmediato.
Era la primera vez que Nabil veía aquella cueva.
—Puedo asegurar que nadie en Barley sabe de esta cueva —dijo él, afirmando la corazonada de Odile—. Y supongo que quieres saltarte el paso de decirle a las autoridades competentes y entrar.
—Traje linternas.
Nabil suspiró—. Yo voy primero.
Odile asintió, no porque tuviera miedo, sino porque era más recelosa de lo que dejaban atrás que lo que podían encontrar al frente.
Al cruzar el umbral, la oscuridad los envolvió por completo, densa y silenciosa. Cada tanto, Nabil la llamaba por su apellido, una clara señal de que le fastidiaba estar en aquella situación, pero que lo hacía y estaba preocupado por ella.
—Bretson.
—¿Hmm?
—Toma mi mano. Así me aseguraré de que no tropieces —afirmó él, extendiendo su mano.
Odile la sujetó sin pensarlo y siendo ignorante de la enorme sonrisa que se formó en los labios de Nabil y que ocupó la mitad de su rostro.
El eco de sus pasos y de sus respiraciones rebotaban en las paredes de piedra, húmedas y frías al tacto. La cueva comenzó a ensancharse poco a poco, el sonido del agua y de las pequeñas gotas cayendo en la superficie se volvió más nítido. La brisa pasó de sentirse como un leve respiro y se convirtió en un susurro.
De pronto, la cueva se abrió completamente ante ellos, dejándolos sin aliento.
—Santo cielo —dijeron al unísono, boquiabiertos.
Frente a ellos, un lago subterráneo cubría la mitad de la cueva. El agua era tan cristalina que, de no ser por la luz del sol reflejada en ella por una pequeña abertura, cualquiera pensaría que no había lago al ver con claridad las piedras del fondo. Aquel sonido del goteo se debía a enormes estalactitas colgando del techo, cuyas perlas de agua caían sobre el lago y creaban suaves ondas en la superficie.
Odile y Nabil se miraron mutuamente, con una sonrisa de entera fascinación.
Aquel lugar parecía congelado en el tiempo y envuelto en un aire puro, fresco y místico que los sobrecogió.
—Odile, creo que encontramos el lugar idóneo para hacer apnea gratis.
Después de echarle un vistazo rápido al sitio, Odile tomó asiento junto a Nabil, quien se hallaba tomando fotos y anotando en su libreta cada roca que se encontraba.
—¿Crees que deberíamos avisarle a alguien?
—Si quieres seguir viniendo al sitio, será mejor que no —respondió él, sin dejar de observar una roca—. ¿Fue por aquí donde conseguiste la painita?
—Sí, ¿por qué? ¿Has encontrado más?
—Bretson, ¿cuántas veces debo decirte que es una piedra casi imposible de conseguir?
—Considero que lo idóneo es avisarle a alguien. Un experto debería ver estas ruinas.
—Literalmente, soy un experto en cuevas y piedras. Más aún en las cuevas de Barley —repuso él, con una sonrisa arrogante—. Te aseguro que estoy en marcación rápida para estos casos… —masculló para sí mismo.
—¿Qué dijiste?
—Que estamos lo suficientemente capacitados para estar en una cueva así. Incluso tenemos el equipo necesario para explorarla. Además, quien quita y esta cueva pueda ayudarnos para nuestro proyecto.
—¿A qué te refieres?
—La leyenda dice que el rey Pendragón y la bruja Dríades tenían refugio de amor secreto. ¿Y si quizás ya lo encontramos?
El corazón de Odile comenzó a latir muy rápido, aunque no sabía si era porque al lugar le faltaba oxígeno o porque la idea le emocionaba.
—Solo dices eso para que no le diga a nadie de la cueva.
—Puede ser —respondió, encogiéndose de hombros. Dejó la roca a un lado, sacudió sus manos e inclinó su rostro hacia ella—. O quizás quiero que este sea nuestro propio refugio.
—No puedes querer compartir un refugio conmigo cuando quieres salir corriendo cada vez que estoy a punto de descubrir al verdadero Nabil —dijo, sonriendo divertida. Su comentario, más que un reproche, había sido una ligera broma, pero al ver el rostro sombrío de Nabil, se dio cuenta de que se lo había tomado en serio—. Nabil, solo bromeaba. No estás en la obligación de—
—Tienes razón —le interrumpió él—. Es contradictorio y no genera confianza.
—No hablaba en serio.
—Por supuesto que lo hacías. Dijiste una verdad. Quizás no sea excusa, pero temo que no te agrade ese otro Nabil.
—¿De qué hablas? —dijo ella, sonriente—. Te aseguro que me agradará.
—¿Cómo puedes estar tan segura? Nadie quiere lidiar con los sentimientos de nadie. Apenas pueden con los suyos.
—Por eso digo que tu verdadero Nabil me agradaría mucho.
—No te comprendo.
—Sabiendo lo abrumador que puede ser cargar con el sentimiento de las personas, te preocupa el hecho de hacerle sentir eso a alguien más, aunque eso implique no mostrar tus propios sentimientos. Una acción así, habla muy bien de ti.
—Te gusta verle el lado bueno a todo, ¿eh? —cuestionó. Ella encogió sus hombros en respuesta y él sonrió, pues era una de las cosas que más le encantaba de ella.
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Editado: 20.07.2026