¿Ir a la galería juntos?
«Ahora que mencionaste la galería Fay, recordé que hay una pintura que acaban de traer que me gustaría que vieras. Olvídate de investigar, ¿de acuerdo? Solo veremos la pintura».
¿Solo ver la pintura?
¿Qué significaba eso?
¿Y por qué razón estaba en la calle de tiendas exclusivas de Barley con su tarjeta de ahorros?
“Es una galería de arte. Debo lucir presentable para la ocasión. Eso siempre decía mamá”.
Se detuvo frente a la vitrina de una de las boutiques. Un maniquí tenía un hermoso vestido de color negro. Podía verse a simple vista que era de alta costura. El encaje era transparente con la espalda descubierta, escote asimétrico de un solo hombro con plumas similares a la de un cuervo cayendo como un suave caudal en una silueta de sirena con cola voluminosa.
—Es hermoso —murmuró, fascinada.
Evidentemente, nunca se pondría algo así para ir a una galería. Para ningún lugar al que frecuentaba, de hecho. Además, era muy costoso.
Pese a eso, no pudo evitar imaginarse envuelta en él.
—¡Odile!
La pelinegra se exaltó al escuchar aquella voz repentina.
Marlee le sonrió con aquella dulzura que le caracterizaba. Tenía puesto un hermoso vestido floreado que le llegaba hasta las rodillas y su cabello castaño y ondulado estaba recogido en una media coleta. Frente aquel espejo de la tienda, ambas parecían personajes del cuento de la bella durmiente.
—Oh, ho-hola, Marlee.
La joven castaña miró la vitrina y luego a ella, curiosa.
—¿Estás buscando una prenda en específico?
—No-no, yo solo… —enrojeció, apenada—. La verdad, no tengo ropa para…, ocasiones especiales y quería… Estaba caminando por aquí…
—Comprendo, comprendo, ¿dónde están tus amigas?
—Me daba vergüenza escribirles para esto. No quiero ser una molestia.
—Dudo mucho que te consideren una molestia, pero viendo que ya estás aquí, yo podría ayudarte.
—¿Harías eso por mí?
—Por supuesto. Soy la mejor estilista. Seré como tu hada madrina.
Odile no dudaba de sus capacidades. Marlee no solo era hermosa, también tenía un estilo único y deslumbrante. Con justa razón todos los chicos del campus morían por ella.
Se alegraba por Arthur.
—Gracias.
—Entremos.
—Pero esta tienda luce muy costosa —dijo, preocupada.
Había ahorrado, pero no lo suficiente. Sabía que su padre le daría cualquier cosa que le pidiera, pero no quería abusar demasiado. Las deudas del hospital de su madre, la nueva casa, la mudanza, el papeleo y su universidad eran suficientes mortificaciones.
—Descuida, solo echaremos un vistazo.
A Odile le costaba decir que no. Más aún cuando se trataba de personas amables. Entró junto con ella, cohibida.
—Está bien.
—Veo que te gusta lucir colores oscuros, ¿qué tal si hacemos una mezcla? Siento que te quedaría perfecto una paleta de azul rey con una prenda con algo de rosado. ¡Oh! O quizá con un borgoña —comentó, mirando cada una de las prendas en el interior—. Dime, ¿cuáles son tus intenciones?
—¿Qué? —inquirió ella, patidifusa.
—El cerebro es maravilloso, Odile. Si lo conoces, puedes usar ese conocimiento a tu favor para cualquier cosa que quieras conseguir. Incluso para la forma en la que te ven las personas —explicó ella despreocupada mientras observaba las prendas—. Hay estereotipos de los que jamás escaparemos —dijo con un deje de amargura. Forzó una sonrisa—. Pero podemos usarlo a nuestro favor.
—¿Cómo?
—Los colores ayudan mucho. Cada color actúa diferente en nuestro cerebro, así que podemos usarlo para una ocasión en específico. Por ejemplo, si quieres que alguien sienta empatía o dulzura por ti, el rosado está bien. En cambio, si quieres que las personas sientan cercanía contigo, podrías usar tonos naranjas. El negro y el azul son por naturaleza atrayente, pero mezclarlo con esos otros colores causa una buena primera impresión si lo mezclamos con otros factores, claro está.
—Vaya, Marlee. Eres increíble.
—Nada que ver. Son cosas muy sencillas que uno lee en las revistas —sonrió. Se giró para mirar a Odile fijamente a los ojos—. Y bien, ¿vas a conquistar, seducir o atraer?
—¡E-eso no, yo…!
Marlee se carcajeó. Era la primera vez que Odile la veía tan suelta y despreocupada. Odile y ella mantenían una relación cordial. Si bien al principio se había sentido dolida y muy inferior a ella, la castaña tenía un enorme corazón y siempre la había tratado con gentileza, pero con una delicadeza propia de los atributos de una princesa que todo el mundo le adjudicaba.
Sin embargo, justo en ese momento, lucía mucho más relajada y menos recatada.
—Pruébate este conjunto —comentó Marlee, tendiéndole unas cuantas prendas que había estado recolectando durante su paseo por toda la tienda.
—Está bien —accedió. Siguió a una de las empleadas de la tienda hacia los vestidores, como un cerdo que iba al matadero.
Se giró para ver a Marlee, asustada. La castaña le hizo un ademán para que continuara caminando, con una enorme sonrisa.
La primera combinación de prendas que Marlee había preparado para ella eran un jersey de color azul petróleo profundo en tono frío con un pantalón de vestir de pierna amplia color ciruela intenso y un blazer del mismo color.
Se miró al espejo. Al principio, le encantó lo que vio y los colores. Marlee no había intentado cambiar su estilo, al contrario, buscó colores cómodos para ella que le fascinaron. Pero las palabras de Arthur seguían grabadas en su mente y, aunque las había superado, en realidad las recordaba por temor a que, en algún momento, pudieran salir de los labios de Nabil.
Él era una celebridad. Era guapo, carismático y estaba segura de que había tenido cientos de citas con chicas hermosas. No quería decir que aquella visita en la galería fuese una visita. No. Sin embargo, no deseaba avergonzarlo.
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Editado: 20.07.2026