Todo su cuerpo se sacudió ante la afirmación de Marlee. La castaña no estaba sacando conclusiones o intentando buscar una reacción en ella. Tenía la certeza de lo que había dicho y el genuino interés de saber la verdad.
Odile tragó grueso y la miró, espantada.
—¿Cómo lo sabes?
—Arthur piensa que fui yo quien lo hizo. Que soy su “cisne negro” —respondió, sonriendo con amargura—. Para haber omitido que somos dos “cisnes negros”.
Odile meditó su declaración unos segundos.
Recordó el significado del nombre Marlee, la forma en la que él se deslumbró por la castaña desde el primer instante y el tiempo que llevaba sin escribirle por correo.
Todo tuvo sentido repentinamente.
Era evidente que no había sido la única que había idealizado a su amigo de internet.
Marlee era la personificación de lo que él esperaba de su salvadora y por esa razón nunca lo puso en tela de juicio.
Todo lo contrario a lo que ocurrió con ella cuando la vio.
Suspiró, resignada.
—¿Vas a contarle la verdad?
—La única razón por la que no lo he hecho, es porque el verdadero cisne negro aún no aparecía y tomé este vacío argumental como una ventaja para intentar conquistar su corazón —admitió sin remordimientos—. Pero si quieres revelarle la verdad, no me opondré.
—Estará muy dolido contigo —dijo, afligida.
—Es mejor que indiferencia —repuso Marle, intentando sonreír—. Podré manejarlo, te lo aseguro.
—No, no podrás hacerlo. Marlee, me atrevería a decir que jamás has sido despreciada en tu vida —dijo, preocupada por la castaña más que por sí misma—. No sabes lo que se siente…
—Odile, no te atrevas tanto —replicó, divertida—. El desprecio puede verse de muchas formas.
Los ojos de Odile se nublaron. Aunque los actos de Marlee fueran cuestionables para cualquier otra persona que los viera, para Odile no eran más que las consecuencias de sus propias mentiras.
Quería a Arthur. Apenas y estaba sanando su corazón. Le seguía doliendo el desenlace de las cosas, pero en el fondo, sintió que lo mejor era dejar todo como estaba.
—Me duele más el hecho de no poder haber alcanzado sus expectativas —admitió, avergonzada por sentirse así consigo misma—. De no ser tú.
Marlee sujetó su mano—. Odile, puedo asegurarte que Arthur te aprecia más a ti de lo que me aprecia a mí.
—Eso no es cierto. —Sonrió—. No me trates por tonta.
—Jamás trataría por tonto a alguien —replicó ella, con el rostro sombrío, como si el comentario hubiera tocado una fibra sensible.
—Lo siento.
—No te disculpes. Ahora fui yo quien contestó desde su propia frustración —suspiró—. Sé lo que te digo Odile. Aunque no lo parezca, soy bastante observadora. Quizá influye el hecho de ser vista más como una hermosa muñeca en la sala. Todo el mundo nota tu existencia, pero no tu funcionalidad. Digamos que soy…, como una estatua de afrodita. La gente siempre muestra su verdadero yo con las estatuas presentes sin siquiera notarlo —dijo, con cierta pesadumbre en sus palabras.
Odile no pudo evitar mirarla con pena e incluso enojo por la percepción que tenía de sí misma.
Entonces comprendió.
Marlee también se sentía atrapada entre todos los estereotipos que las personas habían puesto sobre ella.
Una chica hermosa.
Preciosa.
Una princesa.
Una mujer de ensueño.
Y nada más.
El mundo ya había decidido que Marlee solo podía reconfortar con su presencia, al igual que habían decidido que ella podía incomodar con la suya.
Odile sujetó su mano y le sonrió con calidez. Marlee abrió sus ojos, siendo tomada desprevenida por el acto de la pelinegra.
—Eres más que una estatua de afrodita.
La castaña sonrió, agradecida por su intento de consuelo.
—Lo sé —dijo ella—. Pero el resto del mundo no lo sabe. Y estoy bien con eso, de verdad —aclaró, sacudiendo sus manos. Miró repentinamente hacia la nada y suspiró—. Solo me bastaría con que una sola persona lo supiera.
Su teléfono sonó. Lo sacó de su bolsillo y vio la notificación de Arthur recordándole que tenían una cita en una hora. El corazón de ambas se aceleró.
—Deberías irte.
—Sí… —dijo, poniéndose de pie. Antes de cruzar el pasillo, se giró y volvió a encararla—. Nos vemos.
—Nos vemos.
Marlee le sonrió triste antes de marcharse, mientras ella se quedó con el corazón en vilo.
“El otro cisne negro” sabía su secreto y estaba segura de que era consciente de él desde hace mucho, pero, ¿acaso cambiaría algo que Arthur supiera la verdad?
A ambas le importaba su amistad y no querían perderla, pues Arthur significaba mucho en sus vidas.
Lo mejor, era continuar con esa mentira hasta el final, ¿verdad?
Arthur estaba contento con la idea de que aquella hermosa mujer era el cisne negro y ella, estaba mucho más tranquila sabiendo que su relación no estaba dependiendo de un acto desinteresado de su parte.
Por el bien de todos, lo más idóneo era permanecer donde estaban.
—Disculpe, ¿quiere que le empaque la ropa? —inquirió una de las empleadas del local.
—Oh, no. Al final no llevaré nada. Lo siento mucho.
—Pero la señorita ya lo pagó todo. Sumado a unos bolsos y dos pares de calzado.
—¿Qué…?
—Le dejó esta nota. —Le tendió un papel azulado.
Ni pienses en pagarlo. Si quieres, toma esto como un método sucio para intentar limpiar mi conciencia por mis actos egoístas.
Miró el lugar por donde Marlee se había marchado, estupefacta.
Aquella tienda era muy costosa, ¿cómo había pagado todo eso una joven estudiante de intercambio de Australia?
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Editado: 20.07.2026