Se miró al espejo. Aún no se sentía lista para usar las prendas que Marlee le había regalado, así que prefirió acudir a su antiguo armario. Optó por un vestido de tela jean largo y una chaqueta de cuero negra que su madre le había regalado en su última Navidad. Luego de tomar unas cuantas bocanadas de aire, salió de su habitación.
—¿Dónde vas?
Se detuvo en seco al escuchar la voz de su padre. Se hallaba en la cocina, preparando una lasaña. Era una lasaña enorme.
—Iré a la galería. Estoy recopilando datos para un proyecto final de una materia que me fascina.
—¿Ah sí? ¿De qué es la materia?
—Es de la que siempre te hablo.
—¡Ah! Con esa arqueóloga increíble que siempre habla de cuentos de hadas y de su veracidad científica. Lo consideraba una ridiculez al principio, pero sus argumentos me han terminado convenciendo un poco. Sabe argumentar muy bien científicamente y eso merece ovaciones.
Odile sonrió satisfecha. Que su extravagante y meticuloso padre dijera eso de alguien era indicio de que esa persona era realmente increíble.
—Es estupenda. De hecho, es hija de uno de los mejores arqueólogos de Barley. Su nombre es Everest.
—Vaya nombre para un arqueólogo.
—Es el nombre de mi profesora.
—Eso tiene más lógica —razonó, haciéndola reír. Su padre se llevó una mano al mentón, pensativo—. Everest…, ¿por qué me suena…? —Miró a su hija, perplejo—. Oh, ya recordé.
—¿Qué recordaste?
—Nada, nada. —Sacudió sus manos, restándole importancia—. ¿Vas a ir sola a esa galería?
—¿Por qué estás preparando tanta lasaña?
Su padre agachó la mirada. Inmediatamente, su mirada inquisidora se suavizó. Odile frunció el ceño, esperando que aquella pregunta desviara su atención, aunque en realidad sí estaba genuinamente interesada en la respuesta.
—He tenido demasiadas guardias últimamente y de seguro no has podido comer nada decente.
—Papá, sé cocinar.
—Pero nada como la sazón paternal. Decidí preparar una enorme lasaña para que puedas comer un poco toda la semana.
Ella sonrió, conmovida—. Eres el mejor.
—Disfruta tu paseo a la galería. No desactives tu ubicación y llámame cuando estés allí.
—Puedo quedarme a preparar la lasaña contigo si quieres.
Aunque no quería cancelarle a Nabil, tampoco quería que su padre se sintiera solo.
—Descuida, cariño. Estaré bien. Disfruta tu época universitaria. No se repite dos veces.
Ella le sonrió y se aproximó a él para dejar un beso en su mejilla.
—Gracias, papá.
—Ven temprano. —Ella asintió.
Su padre era sobreprotector, pero confiaba ciegamente en ella y lo agradecía. A pesar de eso, prefería omitir que iría a la galería con un chico.
Para evitar cualquier intento de homicidio, Odile decidió esperar a Nabil en la parada de autobús. Se detuvo al verlo recostado en su motocicleta, justo en la acera de la calle. Sujetaba dos cascos sobre su pierna. Pudo escuchar el suspiro colectivo de las personas que estaban esperando en el autobús.
Nabil era el centro de atención y no era para menos. Su cabello rizado estaba completamente suelto, tenía una chaqueta roja puesta con una camiseta color negro que resaltaba sus…
Pectorales.
Tosió al darse cuenta del rumbo que estaban tomando sus pensamientos.
¿Desde cuándo se fijaba en los pectorales de las personas?
¡En los pectorales de Nabil!
Demasiadas personas lo estaban viendo.
Aquellos ojos también se posarían sobre ella en cuanto se acercaran.
Observó como Nabil alzó la mirada para buscarla entre la multitud. Se quedó quieta, sabiendo que no la reconocería si no se movía. Lo último que deseaba era que su amigo gritara su nombre y alzara su mano con entusiasmo como estaba acostumbrado a hacerlo.
Sacó su teléfono y le escribió.
Te espero en la esquina de la parada del bus.
Vio como Nabil agachó la mirada y frunció el ceño al leer su mensaje mientras ella comenzaba a retroceder lentamente. Entró en pánico al ver como marcaba y se llevaba el teléfono a su oído. Su teléfono comenzó a sonar, al mismo tiempo que él volvió a levantar la mirada. Quedó paralizada en cuanto aquellos ojos claros se posaron en ella y no se desviaron.
—¡Oye, Odile! —Nabil fue tras ella, confundido. Al ver como Odile se abría paso entre las personas con la cabeza hundida entre sus hombros, comprendió lo que ocurría y ralentizó el paso.
Odile caminó hacia la esquina, con el corazón latiendo a mil por hora.
Estaba aturdida por sus propias acciones. No lograba comprender por qué repentinamente se sentía tan agitada y turbada por la cercanía con Nabil.
Jadeó al sentir como alguien la jalaba de la chaqueta, como si fuese una marioneta. Levantó la mirada, temblorosa.
Nabil la miró con incredulidad y chasqueó la lengua.
—Me sigue sorprendiendo tu nivel de crueldad, almejita —suspiró—. ¿Dejarme plantado en medio de la multitud sabiendo lo indefenso que soy ante los rostros?
—Ha-había muchas personas.
—Ya lo creo —dijo él, sonriente—. Déjame ayudarte.
—¿Co-co-con qué?
—¿Por qué tartamudeas más de la cuenta? —inquirió mientras intentaba ponerle el caso—. Usualmente te trabas unas dos veces ¿Acaso es la primera vez que sales conmigo?
Odile contuvo la respiración al tenerlo tan cerca. Por primera vez, se dedicó a detallar cada facción de Nabil.
Su cabello rizado lucía más largo. Se lo había recogido en una media coleta, pero algunas hebras rebeldes caían sobre su rostro. Su nariz era fina, pero sus labios eran gruesos. Aunque su tez era como la del bronce pulido, había una hilera de que surcaban de mejilla a mejilla de un tono más oscuro.
Y sus ojos…
Repentinamente, se entrecerraron, sacándola de sus pensamientos.
—Odile. —Se exaltó al escucharlo—. ¿Por qué hueles a perfume de madera oscura con lúpulo? Es un perfume masculino.
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Editado: 20.07.2026