Odile suavizó el gesto e intentó calmarse al escuchar la exclamación dle turista.
Lo que menos deseaba era llamar la atención.
Tendría que tragarse todo su coraje y fingir demencia ante lo irrespetuosa y parcial que había sido aquella guía.
“Es tan injusto”, pensó.
—¿Es usted historiadora…, Nathaly? —inquirió Nabil con una sonrisa amigable luego de leer la pequeña placa pegada a su uniforme.
Odile lo miró, confundida.
La chica, que tenía un hermoso cabello rubio y sedoso le sonrió con entusiasmo y un deje de coquetería y egocentrismo.
—Así es.
—Supongo entonces que sabe qué significa el término damnatio memoriae.
—E-eh. Sí…, creo haberlo escuchado en alguna clase —dijo, nerviosa—. Pero no lo recuerdo.
—Vaya, es una pena —dijo, fingiendo estar afligido—. Odile.
—¿Sí? —Lo miró, nerviosa.
—¿Tú sabes qué significa?
Todos los turistas posaron su atención en ella — incluyendo a la guía que apenas y cabía en su propia rabia por aquellos impertinentes—, dejando a un lado aquel temor que sintieron en un principio por ella.
Odile entrelazó sus dedos, nerviosa.
Por supuesto que lo sabía. Había sido la segunda clase de la profesora Peterse.
—Es una práctica que se asociaba más al mundo romano. A lo largo de la historia, muchos personajes y acontecimientos no quedaron registrados porque los cronistas escribían desde perspectivas concretas y con intereses políticos, religiosos o dinásticos. Además, la mayoría de la población era analfabeta y las tradiciones se transmitían oralmente, por lo que innumerables relatos pudieron desaparecer antes de ser escritos —explicó ella—. Pero en el caso del damnatio memoriae, ciertos individuos eran minimizados o silenciados deliberadamente por resultar incómodos para el poder en ese entonces.
—Algo así como “La historia la escriben los vencedores” —comentó uno de los turistas, fascinado—. ¡Qué jovencita tan inteligente!
Odile se sonrojó, mientras que Nabil miró al turista como un adúltero en plena época medieval. El hombre le sonrió nervioso y apartó la mirada, asustado.
—Hay cientos de personajes olvidados o tergiversados por quienes escribieron la historia que de seguro influyeron positivamente en el mundo en el que vivimos ahora —afirmó Odile, sintiéndose más segura que hace varios minutos—. Ahora que el mundo es más consciente y sabemos lo que los prejuicios son capaces de hacer en la vida de las personas, es evidente que no podemos confiar del todo en las leyendas o en la historia que nos cuentan. Después de todo, detrás de cada relato, había alguien humano. Y juzgarlo ahora con base en lo que sabemos cientos de siglos después, sería como juzgar a alguien por su forma de vestir o por los rumores que escuchas sobre ella —expuso, mirando a la guía directamente a los ojos.
—Por esa razón la historia juzga por hechos tangibles y medibles a esas personas —replicó la guía, desafiante.
—¿Tienes un hecho tangible y medible de la mujer a la que acabas de señalar como la responsable de una epidemia?
—¿Lo tienes tú?
—No. Por ahora. Pero cuando los tenga, confirmándolo o no, traeré personalmente esas pruebas aquí, para que hables como una historiadora y no como una vieja chismosa de patio.
La chica abrió su boca, estupefacta. Mientras que el resto de los turistas aplaudió, eufórico.
Odile sonrió, victoriosa.
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Miró sus zapatos hundiéndose en aquel pasto verde intenso.
Los habían sacado casi a patadas de la galería, prohibiéndoles la entrada durante dos años por “desorden público”.
Se suponía que debió sentirse muy bien al escuchar los aplausos de todos los turistas en la galería.
»¡Así se defiende la historia!», le había gritado uno.
Pero no fue así.
Realmente no estaba defendiendo la historia, solo había actuado desde su propia herida.
Ni siquiera tenía las pruebas suficientes para avalar su argumento y tampoco estaba segura de que lo que dijo hubiera ocurrido realmente.
—Vaya, eso estuvo de locos —exclamó Nabil, tendiéndole un helado que había comprado—. Cuando entré a la tienda todo el mundo se me acercó. Es algo a lo que ya estoy acostumbrado, pero no esperaba que preguntaran por ti en vez de preguntar por mí.
—¿Qué?
—Querían saberlo todo de ti. Incluso preguntaron si eras la hija del doctor Peterse y si realmente estábamos investigando la leyenda.
—¿Qué les dijiste?
—Les dije que solo eras una Dríades que quería limpiar el nombre de sus ancestros —Odile lo observó, perpleja. Él le sonrió en respuesta—. Tuve que escabullirme porque todo el mundo quería tomarse una foto contigo. Pero descuida, son turistas, así que pensarán que estaba mintiendo.
—¿Desde cuándo…? —Abrió y cerró su boca una y otra vez—. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el día antes del examen. Cuando te quedaste dormida, sentí curiosidad por la firma en el cuadro de tu madre —respondió—. Me dijiste que tenía el nombre de las mismas flores que te obsequié. Camelia Dríades… Vaya. Eres más ciudadana de Barley que esa rubia desquiciada que nos dio el tour.
—Nabil —le reprochó, haciéndolo reír. Lo miró con culpa—. ¿Estás enojado conmigo por ocultarlo?
—Más bien debería pedirte disculpas por descubrirlo antes de que tuvieras la oportunidad de decírmelo. —Rascó su nuca, avergonzado—. Comprendo las razones por las que lo hiciste, Odile. Es un apellido con bastante peso… —dijo, meditabundo—. Pero no me interesa qué apellido tengas. Para mí… —alzó su mano y le enseñó el brazalete que estaba en su muñeca. Era de oro y tenía una piedra en el medio que reconoció de inmediato. Era la painita que le había obsequiado—. Siempre serás mi painita.
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Editado: 20.07.2026